Vivir la muerte


  • Editorial Univadis
El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados. El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados.

Con muerte concluye la vida. Es el fin de toda posibilidad y del proyecto humano. Preguntarse por la muerte es preguntarse por la vida y su sentido, el cual siempre está matizado por la aparición del inevitable final. La muerte, a pesar de concernir a todos los humanos, afecta especialmente a los médicos. Ellos son quienes se enfrentan a diario a ella, los que la anuncian y están al lado del moribundo y de sus familias.

Hasta hace poco, prácticamente hasta el siglo XX, el médico era un simple testigo ante la muerte. Era una especie de notario en un proceso en el que poco podía hacer. Se asumía que la muerte era irremediable y que el médico no podía salvarnos de sus garras. No era un problema suyo, por lo que cuando un enfermo fallecía, la explicación podía ser humana o divina, pero en general no era responsabilidad del médico. Hay que decir “en general”, porque algunas legislaciones contemplaban castigos a médicos por malas prácticas que acabasen en muerte y la literatura universal ha dejado testimonios de cómo en ocasiones se responsabilizaba a los médicos de la muerte. Recordemos, si no, el archiconocido odio que Francisco de Quevedo profesaba a los médicos. En El libro de todas las cosas y otras muchas más (1631) describía así su trabajo: “Sangrarle y echarle ventosas; y hecho esto un vez, si durare la enfermedad, tornarlo a hacer, hasta que acabes con el enfermo o con la enfermedad. Si vive y te pagan, di que llegó tu hora; y si muere, di que llegó la suya”. Con su sardónica ironía, en otro fragmento decía: “No seas necio, que éstos sólo son los que se mueren; que a los desgraciados mátanlos las heridas, a los enfermos mátanlos los médicos; y los necios sólo se mueren a sí mismos”. 

Pero será con el desarrollo de la ciencia médica cuando se comprenda que la muerte es una cuestión biológica, producida por el cese de las funciones vitales, pasando a convertirse en un asunto de los médicos. A finales de los años 60 se introdujo el concepto de muerte cerebral (destrucción de las funciones cerebrales, lo que implicaba el cese de las cardiorrespiratorias) y se desarrollaron tecnologías que mantenían artificialmente la vida: respiradores, trasplantes, diálisis, etcétera. La consecuencia fue entender la muerte como un proceso biológico controlado por los médicos. La muerte se medicalizó. Lo médicos pasaron a decidir si un paciente moría o si se le prolongaba la vida, cómo fallecía y dónde, por ejemplo, si en cuidados intensivos o en paliativos, si con respirador o sedado. 

En suma, los médicos se convirtieron en los principales gestores del proceso biológico de la muerte. Sin embargo, la muerte es mucho más que biología y los médicos, para ser buenos profesionales, deben saberlo. Además de gestionar las cuestiones médicas (diagnóstico de la muerte y de sus causas, certificado de defunción), deben tener una idea global de la muerte, de su posible significado y de las connotaciones sociales y antropológicas que tiene. Si la tienen, podrán gestionarla y vivirla, también en primera persona, mejor. No se puede olvidar que los médicos que día a día negocian con la muerte, también lo hacen con la vida (propia) y con su sentido.

La medicalización de la muerte ha supuesto un alto coste emocional para el médico, ya que a la responsabilidad de gestionar la vida se le ha añadido la gestión de la muerte, algo para lo que no estaba preparado. Cuando Elisabeth Kübler-Ross describió en 1969 las fases del morir en pacientes terminales, no consideró que los profesionales también pasan por unas fases similares cuando se enfrentan a la muerte: negación y aislamiento, ira, pactos, depresión y aceptación. Cuando los médicos se enfrentan a un enfermo que se está muriendo, a veces niegan lo que sucede y quieren hacer más y más. No aceptan un final inevitable y piensan que, si es así, están fallando. Muchos entristecen y pactan con la tecnología médica para que esta les dé la solución soñada: prolongar indefinidamente la vida del enfermo. Como no es posible, finalmente aceptan la muerte. Si esto sucede muy tardíamente, puede haber graves consecuencias para los enfermos, avasallados por la tecnología en el final de sus días, y para ellos mismos, abrumados ante una responsabilidad que no sabían cómo asumir. 

¿Cómo puede vivir mejor la muerte el médico? Un primer paso es perderle el miedo. Según Epicuro, la muerte “no es nada para nosotros”, porque mientras vivimos no está y una vez muertos no estamos nosotros. Jesús Mosterín en Una cita con la parca refuerza este razonamiento. Señalaba que no quería morir demasiado tarde, después de haber sufrido inútilmente, acabando con una frase lapidaria: “La muerte del organismo es valorativamente neutral; no tiene nada de bueno ni de malo”, es, sencillamente, algo natural. El siguiente paso, si se consigue perder el miedo a la muerte, es responder a la pregunta por el sentido. Al vivir la muerte nos enfrentamos a la pregunta por el sentido de la vida. Una posible respuesta es reforzar el sentido que la vida tiene en sí misma. Gozamos únicamente de la vida sobre la que nos despertamos día a día, ciertamente mortal, pero la única que tenemos, por lo que hay que aprovecharla. Otros le dan sentido a través de algún tipo de trascendentalidad, sea religiosa o de otro tipo. En el artículo nombrado, Mosterín se pregunta cómo ir más allá de la muerte si no hay una realidad ulterior: a través de la reproducción de los propios genes, afirma. Javier Sádaba en Recuerdo vivo dice que se puede trascender gracias a la pervivencia de la belleza en el recuerdo. A muchos les resulta difícil encontrar un sentido a la vida y, por ende, a la muerte. Fernando Savater en Formas de duelo habla de la muerte como el tema “más intensamente personal pero también el más común”, siendo tremendamente difícil hablar y decir algo sobre lo irremediable y lo insustituible.

La muerte es un problema para el médico porque convive con ella: tiene que acompañar al moribundo, diagnosticarla y comunicarla a los seres queridos. Además de tener que despedirse de sus pacientes. Si el médico comprende mejor la muerte y se acerca a ella sin temor, podrá sobrellevarla mejor y humanizarla en su día a día, algo importantísimo para sus enfermos. La muerte no es el fracaso de la medicina. Forma parte de ella y, en lugar de esquivarla, hay que aprender a vivirla.