VHC: La carga de los pacientes no tratados


  • Editorial
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Aunque la última evaluación de la OMS (1) sugiere que la prevalencia de la infección por el VHC está disminuyendo (71 millones de personas infectadas o el 1 % de la población mundial en comparación con 170 millones de personas hace 20 años) (2), la carga de este virus sigue siendo importante: la hepatitis (cirrosis y carcinoma hepatocelular en lugar de hepatitis aguda) se ha convertido en la séptima causa más importante de muerte en el mundo, superando a otras infecciones tales como la infección por el VIH y el paludismo (3). Hay más de 1 750 000 contaminaciones nuevas (debidas principalmente a una prevención vacunal o terapéutica insuficientes, a una hemovigilancia insuficiente y al consumo de drogas), más de una tercera parte de los casos de mortalidad relacionada con la hepatitis C (en 2015: 720 000 muertes por cirrosis y 470 000 muertes por carcinoma hepatocelular). Estas cifras infravaloran la carga total, ya que no tienen en cuenta el considerable impacto de la morbimortalidad extrahepática directamente relacionada con el VHC (vasculitis crioglobulinémica con sus manifestaciones cutáneas, renales, neurológicas o articulares y linfoma no hodgkiniano) (4‑5) o con la inflamación crónica (aumento del riesgo de diabetes, enfermedad cardíaca, cerebral y vasculorrenal o incluso cánceres extrahepáticos, en particular el colangiocarcinoma intrahepático) (6).

Esta carga explica la política de erradicación de la hepatitis que defiende la OMS y las recomendaciones (7) que indican el tratamiento con antivirales orales de acción directa para todas las personas infectadas por el VHC. Estas recomendaciones están respaldadas por los resultados de estudios de cohortes retrospectivos o prospectivos que muestran claramente el beneficio hepático (8‑9) y extrahepático (10) asociado a la curación virológica. Aunque este beneficio nunca se ha cuestionado para las poblaciones «prioritarias», que padecen cirrosis (8‑9) o vasculitis crioglobulinémica (4‑5), ahora ha quedado establecido para toda la población. La cohorte Hepather mostró, en un estudio prospectivo, y tras la corrección en función de la heterogeneidad de las poblaciones, una reducción significativa de la mortalidad total o por causas hepáticas de los pacientes tratados en comparación con los pacientes no tratados, y fue tranquilizadora con respecto a la ausencia de un aumento del riesgo de carcinoma hepatocelular (11).

El siguiente paso para el éxito de esta política de erradicación motivado por la importante carga hepática y extrahepática asociada a la hepatitis C, aunque los tratamientos pangenotípicos casi siempre proporcionan una cura, es mejorar el cribado y el acceso a la atención sanitaria de forma paralela a políticas eficaces de prevención.

 

Profesor Stanislas Pol