Una app para la crisis de los opioides en Estados Unidos.


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La llamada “epidemia de opiáceos” o “crisis de los opiáceos” en los Estados Unidos constituye actualmente uno de los mayores problemas de salud pública en aquel país. Se calcula que hay cerca dos millones de estadounidenses que tienen algún síntoma adictivo hacia estas sustancias, y que más de 63.000 mueren cada año por problemas relacionados directa o indirectamente con ello. Desde principios de siglo, el número de estas muertes ha aumentado cerca de un 500 por ciento, y ya figura como una de las principales causas de fallecimiento en Norteamérica. Sólo más recientemente se está apreciando una cierta disminución en los estragos causados debida a la reacción de las autoridades sanitarias, consistente principalmente en facilitar la disponibilidad de ciertos tratamientos sustitutorios, limitar las prescripciones de opiáceos y mejorar la red de recursos asistenciales. Como ya es conocido, el origen de esta crisis es una conjunción entre la sobreprescripción de analgésicos opiáceos, la aparición del fentanilo y la afluencia reciente de heroína barata al mercado ilegal.  

Esta crisis, que ha llevado a las autoridades a plantearse la declaración de emergencia nacional, está teniendo también un interesante respuesta desde la ciencia y la tecnología. Y es una respuesta muy diversa.

Algunas propuestas tienen que ver con el desarrollo de medicamentos para el dolor que no sean adictivos, un empeño en el que la farmacología fundamental y clínica trabaja desde hace casi siglo y medio. A medida que la crisis de los opioides se ha generalizado, las preocupaciones sobre la dependencia farmacológica y la naturaleza potencialmente adictiva de los tratamientos del dolor basados ​​en opioides han aumentado, pero también es sabido que la cantidad de personas que sufren de dolor no disminuye. Recientemente se han publicado resultados de nuevos compuestos de naturaleza biológica que parecen prometer esta mejora en la reducción de los riesgos de dependencia para el tratamiento de determinados dolores crónicos, con pautas de administración prolongadas y mecanismos de acción más seguros.  

Pero además, llegan ideas desde la tecnología. Por ejemplo, se vuelve a invertir en el desarrollo de dispositivos implantables que producen electroestimulación analgésica, intentando evitar otros tratamientos farmacológicos. Hay también propuestas relacionadas con la salud pública, como la posibilidad de integrar sensores en los cauces de los ríos que midan las trazas químicas de los metabolitos de los opioides, y así valorar cambios en el patrón de consumo comunitario (por ejemplo, la empresa BioBot, formada por biólogos, arquitectos, químicos e ingenieros, ya trabaja en esto). En definitiva, surgen muchas maneras nuevas de mirar un problema que viene de muy atrás.    

Lo que hace Hey Charlie.

Incluso ha sido desarrollada una app para teléfono móvil que está recabando un importante interés, al estar centrada precisamente en el apoyo a aquellos pacientes que tengan desarrollada una dependencia a los opioides y quieran ayudarse a sí mismos. Se llama Hey, Charlie.

Su planteamiento parte del hecho de que los hospitales y los centros de rehabilitación que actualmente tratan esta epidemia pueden ayudar a los adictos a aprender a mantenerse sobrios, pero no tanto proporcionarles un seguimiento continuo. Por tanto, es difícil asegurar unos niveles de control una vez que vuelven a la vida habitual. Ahí es donde entra en juego Hey, Charlie . Esta app se presenta como si fuera un amigo desinteresado y discreto que ofrece un estímulo para mantenerse libre de nuevos consumos de opiáceos.

Se trata, por tanto, de una aplicación de las que se pueden clasificar dentro del capítulo de ayuda a la modificación del comportamiento, pero que tiene como característica peculiar que es permanente, se ejecuta continuamente en el teléfono del usuario -no hay que “abrirla”-, y además es capaz de reaccionar ante determinados factores ambientales. Por ejemplo, utiliza activamente la geolocalización y los datos de los contactos del móvil, y si comprueba que el usuario visita un lugar que esté relacionado con el consumo de drogas, puede generar una pregunta o comentario como "¿estás seguro de que deberías estar aquí?". O, si se intenta mandar un mensaje a un contacto calificado como de riesgo, hace un aviso previo del estilo "Espere un momento, ¿está seguro de que quiere hablar con John Smith ahora mismo?".

Quien emplea esta app adquiere tácitamente el compromiso de tomarse un momento de reflexión antes de ejecutar una acción o incurrir en un determinado comportamiento, y ella le ayudará a ponderar mejor qué es lo más adecuado. También el usuario acepta intentar eliminar las conexiones sociales negativas para su patología. Como añadido, están trabajando para incorporar funciones de soporte positivas, permitiendo que los contactos de apoyo sepan, por ejemplo, cuándo un amigo o un familiar se encuentra en un lugar de riesgo.

Pero la app también trabaja en el otro sentido, no sólo hacia el paciente sino hacia los profesionales que le intentan ayudar. Hey Charlie puede registrar datos relacionados con los patrones de comportamiento de sus usuarios para que los médicos valoren si existe un comportamiento de riesgo. De esta manera, su función no sólo es la de avisar, sino actuar como centinela de determinadas pautas de comportamiento, hasta ponerlas en evidencia. Es obvio decir que estas aplicaciones sólo pueden ser útiles para las personas que tengan la suficiente motivación para usarlas.

La idea de esta app surgió en un hackaton en 2016 (el vídeo anexo muestra la primera explicación que de ella dieron unos estudiantes de MIT durante aquel concurso) y comenzó a ser validada clínicamente en agosto de 2017. El pasado mes de febrero, Hey, Charlie ganó un concurso auspiciado por el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos. Actualmente aún se está perfeccionando, y sus autores buscan un modelo de viabilidad que permita su distribución gratuita a potenciales beneficiarios.