Tiempo después

  • Miguel Álvarez Deza

  • Editorial
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El pasado sábado 30 de enero se cumplió un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la emergencia sanitaria internacional por coronavirus, el nivel más alto de alerta. Entonces había 82 casos fuera de China y ninguna muerte, mientras que hoy se superan los cien millones de contagios y los dos millones de fallecimientos en todo el mundo.

La mayoría de los países miembros no hicieron caso de la alerta que recomendaba con urgencia hacer pruebas diagnósticas, trazar a los contactos y tomar medidas de distanciamiento social y no empezaron a reaccionar hasta el 11 de marzo.

Un año después de la declaración de la emergencia internacional por la Covid-19, la pandemia ha impactado las vidas de prácticamente todos los habitantes del planeta con confinamientos en multitud de países, pérdida de vidas, obligatoriedad de llevar mascarillas o secuelas psicológicas y emocionales, cuando no físicas.

El primer caso de coronavirus en España se confirmó el 31 de enero de 2020, un turista alemán que estaba de vacaciones en La Gomera (Canarias) y que se convirtió en el primer confinado. El 9 de febrero llegó la confirmación del segundo caso, un británico afincado en Mallorca que se infectó con su familia cuando esquiaba en Francia, y estuvieron los cuatro aislados en el hospital en Mallorca.

Meses más tarde, el 14 de marzo, el Gobierno de España decretó el estado de alarma y con él  un confinamiento que  al principio  solo iba a ser de dos semanas pero que acabaron siendo catorce, aunque parecieran años. Los españoles se encerraron obedientemente en sus casas mientras los hospitales se colapsaban, los sanitarios curaban y muchos contagiados morían en la más absoluta soledad.

Con un año de retraso el equipo de científicos de la OMS acaba de llegar a Wuhan para investigar el origen de este virus. Tendrán que considerar a los murciélagos, mercados de carne, alimentos congelados y laboratorios. Todas las hipótesis están sobre la mesa.

En una iniciativa insólita que debería convertirse en cotidiana, la OMS ha encargado una revisión interna a sus expertos y otra a científicos independientes para evaluar su propia actuación durante la pandemia. Es un examen al que deberían someterse todos los gobiernos, que de momento, no dan signos de vida inteligente. En sus conclusiones hay una gran cantidad de datos y detalles útiles para los especialistas, pero un mensaje común de ambos informes es que el mayor error de la OMS no ha sido la OMS, sino el nulo caso que le hicieron sus países miembros.

Tiempo después, la humanidad ha puesto sus esperanzas en que las diferentes vacunas contra la Covid-19 puedan cambiar el rumbo incierto y moribundo en el que nos encontramos inmersos.

El programa Covax de la OMS, una alianza impulsada por actores públicos y privados con el objetivo de garantizar el acceso equitativo a las vacunas que se logren desarrollar contra el coronavirus, que garantizaba que las vacunas llegarían a los países más vulnerables sin burbujas económicas especulativas, se ha convertido en un auténtico fracaso. A día de hoy no se ha suministrado ninguna vacuna y en el acceso han primado criterios mercantilistas y de subasta al mejor postor. El Reino Unido es uno de los países más avanzados en cuanto a la vacunación, junto con Israel y Emiratos Árabes Unidos.

Los contratos firmados por la Unión Europea con los laboratorios farmacéuticos se mantienen en secreto, dicen que por razones de confidencialidad.

Ahora sabemos que la vacunación no va a ser rápida. Ni tampoco justa. Lo que habría que hacer es liberar las patentes para que las vacunas se pudieran fabricar en más laboratorios a lo largo y ancho del mundo.

Por otra parte, la administración de las vacunas debería estar en modo virus, hay que vacunar 24 horas, 7 días a la semana sin descanso y con agilidad logística. Y si se acaban las dosis, hay que moverse y conseguir más, esto es lo que deberían hacer los responsables políticos, ese es su cometido y su responsabilidad. 

Y mientras las cepas continúan campando a sus anchas, intercambiando ARN solo con la mirada, los ciudadanos tienen miedo. Los descerebrados siguen sin sentir en sus propias carnes la gravedad y los prosélitos de causas y aprendices de Mesías argumentando mentiras descontroladas. El personal sanitario hace tiempo que pasó la barrera del colapso y el cansancio extremo mientras los políticos siguen pensando en sus intereses partidistas a las puertas de una campaña electoral, en la que el gobierno catalán pretende saltarse las medidas permitiendo votar a los casos que están en aislamiento domiciliario. Terrorífico.

“Nunca gana el ganador, siempre pierde el perdedor. Desde que se ha muerto el mar, la vida no tiene sabor.Servidumbre y jerarquía.Pan de ayer y sopa fría.Vacuna contra la quimera.Muera la melancolía...” (Tiempo después, J.Sabina)

El Dr. Miguel Álvarez Deza es médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública.