Theranos quiso revolucionar los análisis clínicos y hoy es pasto de series de TV.


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La historia de Theranos es la fugaz historia de una empresa que dijo poder revolucionar el negocios de los análisis clínicos, hasta que una información periodística demostró que nada científico había tras ella. También, un ejemplo de cómo es factible que proyectos descabellados reciban inversiones millonarias y sus líderes se conviertan en protagonistas de shows de televisión y portadas de revistas de modas y tendencias.

Haciendo primero un poco de historia, hay que contar que Theranos fue fundada en 2003 por Elizabeth Holmes, cuando tenía 19 años. Desarrolló un sistema que prometía revolucionar los análisis clínicos. Holmes era una estudiante de la Universidad de Stanford, nacida en Washington, D.C, que según sus propias palabras pensó un día que había que evitar la venopunción para sacar sangre cuando se trataba de hacer análisis clínicos y alejar lo más posible las agujas de los pacientes. Ella creyó que la cantidad de sangre que se podía obtener del pulpejo de un dedo con un mínimo pinchazo, apenas una gota, debía servir para cuantificar cientos de variables biológicas, y si el proceso se automatizaba se podrían ofrecer los datos analíticos a unos precios mucho más bajos que los habituales en el mercado. Habló del proyecto con una de sus profesoras, que le dijo que era físicamente imposible tratar una cantidad tan pequeña de sangre con el objetivo de extraer una cantidad tan grande de información. La reacción de Holmes fue abandonar la universidad y fundar la empresa.

Theranos empezó a captar el interés de Silicon Valley, y en buena parte era gracias a la personalidad de su fundadora. Bien relacionada con los ambientes políticos de la capital norteamericana, en la que entonces se gestaba la reforma sanitaria de Obama, la idea de abaratar los costes de los análisis y hacerlos mucho más completos resultaba irresistible. Fondos de capital riesgo e inversionistas privados comenzaron a depositar cientos de millones de dólares en la idea, y al mismo tiempo los medios de comunicación hablaban de Theranos como el gran avance disruptivo en el mercado de los análisis de sangre, que supone cerca de 70.000 millones de dólares al año en EE.UU.

 

 

Sin comité científico asesor.

Lo que Holmes mostraba a los inversores y periodistas era una empresa de nueva planta, enclavada en el ecosistema californiano y cerca de todos los grandes gigantes tecnológicos. Ella vestía siempre con la misma ropa, de negro, y no rechazaba las comparaciones con Steve Jobs. Contaba en numerosas entrevistas que el valor de un análisis de sangre era tal que podía salvar una vida, como a ella le hubiera gustado salvar la de un tío suyo que acabó falleciendo de cáncer de próstata. No se trataba sólo de determinar el colesterol plasmático, sino de adentrarse en la biopsia líquida y la medicina predictiva. Explicaba Holmes que si los análisis fueran más baratos, se harían más frecuentemente y el caudal de información que podrían ofrecer resultaría apabullante en la lucha contra cualquier enfermedad.   

Diseñó una especie de caja negra, a la que denominó Edison, en la que se introducía una pequeña cápsula del tamaño de una punta de lápiz en la que previamente se había integrado por capilaridad la gota de sangre que una persona cualquiera podría proporcionar con un pinchazo de dedo. Dentro del dispositivo se habrían integrado reactivos y procesos robóticos suficientes como para determinar cerca de 200 variables analíticas.

Nadie supo nunca cómo funcionaban esas máquinas, ni siquiera se permitió que sus tripas pudieran verse por gentes distintas a unos pocos operarios. Según contaron años después algunos de los trabajadores de Theranos, en la empresa había dos zonas: la moqueta de los pisos superiores, donde deambulaban los inversores, y el suelo de terrazo de los sótanos, donde descansaban unas máquinas misteriosas pero a la postre inservibles.

Theranos contó con un consejo de administración formado por líderes de algunas empresas tecnológicas y por políticos retirados, como los anteriores secretarios de Estado George Shultz o Henry Kissinger, senadores retirados y militares con extensa hoja de servicios. Pero Holmes no quiso nunca disponer de un comité científico asesor, donde hubiera tenido que rendir cuentas de los aspectos sustantivos de su negocio: la funcionalidad de la tecnología y la factibilidad para escalarla hacia un uso que pudiera generalizarse y comercializarse.

 

 

El final de Theranos llegó legalmente en 2018, quince años después de su fundación, cuando se declaró su liquidación. La empresa estuvo valorada en más de 10.000 millones de dólares, de los que la mitad correspondía a la participación de Holmes. En octubre del 2015 el reportero de investigación John Carreyrou de The Wall Street Journal cuestionó la veracidad de la tecnología de Theranos, y sus aportaciones fueron rápidamente corroboradas por otros medios de prestigio. Para llegar a este punto, lo decisivo fue el testimonio de algunos ex-empleados que facilitaron la información que demostraba que todo era un gran fraude. También hubo denuncias por espionaje a los trabajadores y control abusivo de sus comunicaciones. En definitiva, llegó un momento en el que una mentira de tal magnitud no pudo ser mantenida por más tiempo.

En la actualidad, Theranos ha vuelto a la palestra por dos razones. La primera, porque Holmes enfrentará próximamente un juicio por estafa a los inversores en el que le piden 20 años de cárcel. Pero, en segundo lugar, por el documental que sobre esta historia se ha presentado en el festival de Sundance y está disponible en la plataforma HBO. Se trata de un recorrido por lo que ha dado de sí esta historia, y que tiene la virtud de contar con el testimonio de quienes fueron las fuentes informativas del reportaje que descubrió la falsedad tras el prometedor desarrollo de la compañía, y que además ofrece imágenes rescatadas de los archivos en los que se observa la manera de ser de Holmes y cómo se desempeñaba al frente de su gran proyecto. Más recientemente se ha anunciado una serie de televisión titulada 'The Dropout' y protagonizada por Kate McKinnon.

Cabe hacer una conclusión relativa a cómo los proyectos biomédicos pueden resultar tan atractivos para los profanos como arriesgados para los inversores. Sin una base real y cierta, sustentada en el mejor conocimiento científico disponible, es imposible avanzar y aportar innovación. Lo de Theranos ha sido un ejemplo de cómo todavía hay gente dispuesta a creer que existen soluciones mágicas al alcance de una adolescente caída por Silicon Valley, e incluso a arriesgar su dinero en ello. Por más que el sector sanitario necesite de visiones nuevas, lo que no funciona no puede ganar ningún futuro.