Tampoco en salud digital una buena idea es garantía de éxito.


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Es muy frecuente que los avances tecnológicos generen en algunas personas una especie de síndrome de admiración sobre las inmensas posibilidades de cambiar las cosas que puede ofrecer cualquier avance. Ciertamente vivimos en una época en la que se están logrando cosas impensables hasta hace poco, aunque también se ha visto que fallaron muchos pronósticos futuristas, como los que se mostraban en la película Blade Runner, estrenada en 1982 y cuya distópica acción tenía lugar, precisamente, en la ciudad de Los Ángeles y en noviembre de 2019. No hay todavía coches voladores de uso común, pero sí dispositivos móviles en los bolsillos de todas las personas que ofrecen funciones prácticas que nunca antes se previeron.

En el área médica ocurre algo parecido. La unión entre las aproximaciones científicas más tradicionales y la innovación procedentes de las tecnologías de la información está generando aproximaciones nuevas, muchas de las cuales llegan desde entornos poco tradicionales, como son las start-ups o los ecosistemas emprendedores. De esta manera, rara es la semana en la que no hay alguna novedad potencialmente interesante en el campo de la salud digital, una solución nueva a un problema tradicional.

Sin embargo, el campo de la salud muestra unas exigencias especiales cuando se trata de proponer técnicas o dispositivos innovadores. Las agencias reguladoras (de medicamentos o productos sanitarios) promueven modelos de análisis de la seguridad y la efectividad de las técnicas que no se dan en otros campos, como corresponde a un área tan relevante como la del cuidado de la salud. Además, cualquier innovación ha de demostrar utilidad y coste-utilidad, esto es, que realiza una determinada función con eficacia acreditada y con ventaja (o, al menos, no desventaja) respecto a sus alternativas.

El caso de la primera píldora digital.

Hace unos meses recogimos en esta sección la noticia del nacimiento de la primera píldora digital. Se trataba de un dispositivo desarrollado por la empresa Proteus que en noviembre de 2017 obtuvo la autorización de la FDA, y que consistía en un sistema de seguimiento incorporado en el antipsicótico Abilify, comercializado por la empresa farmacéutica Otsuka. 

Se trataba, recordamos, de un rastreador del consumo del fármaco. Técnicamente constituía un producto nuevo, llamado Abilify Mycite, fruto de la unión del propio medicamento  y de un llamado “marcador de eventos ingerible” (IEM), capaz de emitir una señal a un parche que se adhería a la piel del paciente a modo de sensor portátil. Este dispositivo a su vez interactuaba con una una aplicación de teléfono móvil, que finalmente transmitía datos a una consola de control en formato web, a la que pueden acceder remotamente los profesionales sanitarios y los cuidadores de cada paciente. 

El resultado de todo ello era algo tan maravilloso como que un médico podía saber si su paciente tomaba el antipsicótico, lo que es muy relevante en los casos en los se necesita asegurar una perfecta adherencia.

En efecto, el diseño del sistema y la aplicación en caso de uso en el que se pretendía emplear parecían elementos que garantizaban el éxito. Y era lógico pensar que se había abierto una frontera nueva: la de la posibilidad de hacer algo que hasta ahora no se había hecho en el tratamiento clínico.

La noticia que acaba de llegar es el final de este proyecto, al menos en su diseño original.  Proteus Digital Health, la empresa tecnológica, ha modificado su acuerdo con Otsuka Pharmaceutical, la empresa farmacéutica, cuya unión daba lugar a esta relevante novedad. No se ha informado de las razones, pero sí se ha dicho que se va a intentar redirigir el uso del dispositivo hacia otras áreas terapéuticas, sobre todo las relacionadas con el cáncer y las enfermedades infecciosas. De esta manera se cierra la etapa en la que se trabajó prioritariamente en el área que más parecía necesitar de este tipo de sistemas tan originales, la psiquiátrica. No obstante, Abilify Mycite todavía estará disponible un tiempo en el mercado norteamericano.

¿Que ha pasado? Probablemente los precios asociados a la puesta en marcha del sistema no fueron satisfechos por las compañías aseguradoras, tal vez porque no se pudo demostrar que éstos estaban compensados por la minoración de costes de otro tipo relacionados con la falta de adherencia en el paciente. 

El uso inicial que tuvo Abilify Mycite fue relativamente limitado y llegó a pocos pacientes. Algunas aseguradoras, como Magellan Health, lo adoptaron desde el primer día. Sin embargo, otras fueron más escépticas, y como consecuencia la implantación de esta novedad al cabo de dos años de ser autorizada no ha sido suficientemente alentadora. 

Sea como sea, el cierre de esta etapa es un cambio basado en una realidad: lo que se pensó de una manera, es de otra.

Como es bien sabido, el camino de la ciencia, la tecnología y la innovación está jalonado de pequeños o grandes fracasos. En su momento, el titular de “La FDA autoriza la primera píldora digital” era la expresión de que algo importante parecía estar cambiando. 

Al cabo de poco tiempo aquello que parecía perfecto deviene en menos útil de lo que se supuso. Con seguridad, la idea seguirá viva porque parece resolver una necesidades, y habrá quienes la desarrollen de otras múltiples maneras, hasta hacerla exitosa. De hecho, muchas otras compañías (como CapsoVision, Medtronic, Olympus, IntroMedic o Bio-Images Drug Delivery) se encuentran trabajando en la misma área.