¿Somos corporativos?


  • Editorial Univadis
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Médicos, como cualquier otro profesional, los hay excelentes, buenos, regulares y, algunos pocos, malos; y dentro de estos últimos, excepcionalmente, puede haber uno pésimo. No es raro que a lo largo de nuestra carrera profesional nos hayamos tropezado con un compañero de estos últimos, un profesional de la medicina que no merecería llevar el báculo de Asclepio. ¿Qué debemos hacer en estos casos? ¿les protegemos, o tenemos que proteger a los enfermos?

Etimológicamente, corporativismo tiene su origen en el término latino corpus, que significa cuerpo. Históricamente el corporativismo ha consistido en una forma de organización profesional basada en la solidaridad y en la colaboración entre sus miembros, entre los que forman el cuerpo.  El corporativismo ha tenido muchas vertientes, y en medicina las instituciones encargadas de organizar el cuerpo médico han sido los colegios y asociaciones profesionales, que han coordinado el corpus de la medicina bajo la inspiración de valores como la solidaridad, la cooperación y la excelencia.

El corporativismo como mera doctrina de las corporaciones profesionales concuerda con la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE). Pero el DRAE aporta otro segundo significado de corporativismo: “En un grupo o sector profesional, actitud de defensa a ultranza de la solidaridad interna y los intereses de sus miembros”. Al señalar que es “a ultranza” se percibe un matiz negativo en esta acepción. Este es el corporativismo del que muchas veces se quejan los pacientes y usuarios. Muchos tienen el temor y el prejuicio (fundado o no) de que los médicos se protegen por encima de todo; hasta de la salud del paciente.

Este prejuicio es muy común en nuestra sociedad, señalando que los médicos y sus instituciones (colegios y asociaciones profesionales) ocultan los errores y protegen a los profesionales que se equivocan. El corporativismo médico sería un sistema de autoprotección más que de solidaridad, porque los médicos realmente se protegerían para que no se abra la caja de Pandora de las acusaciones, pues con ello todos podrían ser sospechosos de malas prácticas y pasarían a estar en la picota.

Estas ideas acerca del corporativismo no son recientes. En cierta forma han acompañado a la medicina desde sus inicios, pero en las últimas décadas han cobrado más intensidad, hasta el punto de que en 1984 el periódico El País, de gran difusión en España, publicó un editorial titulado Corporativismo médico. En el artículo se denunciaban los actos realizados por tres médicos que, en estado de embriaguez, hicieron una exploración a una paciente calificada como “totalmente anormal” en el expediente instruido. La decisión de expulsar a los profesionales del hospital por “abuso de confianza y falta de ética profesional” fue rechazada por una asamblea de médicos del hospital. El editorial denunciaba que lo “incomprensible es el intento de absolución de responsabilidades propiciado por un sector de la profesión médica” [...] “por una mal entendida solidaridad corporativa, alguna forma de auxilio, sea mediante la alteración de la veraz narración de los hechos, sea a través de la suavización de la sanción correspondiente, será la propia profesión médica, en el grado en que se movilice, la que arroje sobre sí el deshonor de este incidente”.

¿Qué hay de cierto en relación con estos temores y prejuicios sobre el corporativismo? Es importante señalar que no hay datos al respecto, porque resulta muy complicado medirlo. Y si fuera posible, tal vez muchos profesionales no estarían dispuestos a hacerlo. Como no hay datos disponibles, acudamos al Código de Deontología Médica, que recoge las normas de comportamiento que se da a sí mismo el cuerpo médico.

En el Artículo 37 del citado Código se dice que “La confraternidad entre los médicos es un deber primordial y sobre ella solo tienen preferencia los derechos del paciente”. Algo muy normal, se trata del compañerismo. En este Artículo también se exhorta sobre “la obligación de defender al colega que es objeto de ataques o denuncias injustas” y que “Los médicos se abstendrán de criticar despectivamente las actuaciones de sus colegas. Hacerlo en presencia de sus pacientes, de sus familiares o de terceros es una circunstancia agravante”. La lucha contra los ataques injustos tiene toda lógica, pero lo segundo podría dejarse a decisión de cada individuo. Sin embargo, el Código deja claro que no criticar despectivamente las actuaciones de los compañeros es una norma.

Otro Artículo importante es el 38. En él parece que se incita al ocultismo, o por lo menos a no ser del todo transparentes: “Las discrepancias entre los médicos no han de propiciar su desprestigio público. Se evitará el daño o el escándalo” […] “Se evitarán las polémicas públicas; las divergencias se resolverán en el ámbito profesional o colegial”. Esta falta de transparencia puede justificarse por el mantenimiento de la confianza social y de los enfermos, pero nunca debería servir para dejar sin denunciar actos inaceptables. De hecho, en el mismo Artículo se señala que “No supone faltar al deber de confraternidad el que un médico comunique a su Colegio, con discreción, las infracciones de sus colegas contra las reglas de la ética médica o de la práctica profesional”.

En realidad no sabemos si hay mucho o poco corporativismo, pero intentaremos al menos aportar tres ideas que quizá sean de utilidad. La primera es tranquilizar: la medicina está poblada, muy mayoritariamente, por profesionales con una alta cualificación, por personas que se entregan a su trabajo de forma admirable. Esto se debe a que la selección y el acceso a la carrera es muy exigente: habitualmente ingresan personas responsables y trabajadoras y tras ello, ya en el MIR, comprueban si realmente tienen vocación para, después de este postgrado (sin duda el mejor que hay en España), trabajar con todas las garantías dentro de nuestro sistema de salud.

La segunda idea es reforzar la transparencia. Este sistema tan garantista no es infalible y en España, como en otros países, se puede colar algún médico que realmente no debiera estar ejerciendo. No obstante, lo cierto es que hasta el médico más competente puede errar. Todo profesional está sujeto al error, desde un músico hasta un juez pero hay profesiones, como la medicina, en las que, por sus posibles consecuencias, se entiende peor el error. Por este motivo en la medicina actual se está trabajando concienzudamente en la seguridad del paciente, en evitar los errores que puedan ser previsibles. Y una cosa está clara en seguridad del paciente: cuanto más transparentes seamos, mejor para todos los implicados, por muy difícil que nos pueda resultar en determinados casos. El corporativismo, en lugar de protegernos, nos situaría ante escenarios de mayor riesgo médico-legal.

La última idea es que hay que ser valientes ante un error serio o al observar que un compañero no está capacitado en un momento dado para trabajar como médico. Escurrir el bulto y esperar a que otros lo hagan supone eludir nuestras responsabilidades. Como señala el Código Deontológico, habrá que hacerlo con discreción, pero por el bien de los enfermos y de nuestro corpus: estamos obligados a denunciarlo.