Silbar en la ducha...


  • Editorial Univadis
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No se puede afirmar que siendo optimistas nos curaremos de una enfermedad; pero una buena actitud, al menos, puede hacer más llevadero el tránsito entre batas blancas y hospitales inhóspitos. ¿Es realmente importante la actitud ante la enfermedad? ¿Resulta útil ser positivo ante la enfermedad?

Cuando alguien enferma, no hay cosa que peor le siente que escuchar el consabido: ¡sé positivo, hombre! Bastante tiene ese joven con neumonía, o ese anciano con cáncer de pulmón con su enfermedad como para tener, además, que esforzarse en parecer optimista. El enfermo tiene una carga extra añadida a la propia enfermedad: recibir continuamente consejos fáciles y sabidos por todos para una situación difícil, a veces irrepetible, que le ha puesto contra las cuerdas. Sin embargo, aunque es cierto que resulta difícil animar a un enfermo, también lo es que según éste se tome la enfermedad, la sobrellevará mejor o peor, por lo que muchas veces resulta inevitable pasarle la mano por la espalda y decir: sé positivo.

Dejando a un lado las posibles explicaciones fisiológicas acerca de la relación entre el estado de ánimo y el sistema inmunológico, los neurotransmisores o determinadas hormonas, ya que existen datos al respecto, una cosa es afirmar que nuestro estado anímico, el cual condiciona nuestras actitudes (y viceversa), está en relación con determinadas moléculas, como causa o consecuencia de ellas, y otra muy diferente pensar que una actitud optimista nos puede curar. La sofronización (relajarse y aprender a modificar nuestros estados de conciencia y ánimo) está muy bien para sentirse a gusto con uno mismo, pero no cura enfermedades. Volviendo a la pregunta original: ¿para qué sirve entonces tener buena actitud?

Una actitud adecuada influye en muchos aspectos, pero sobre todo conduce a hacernos responsables de la enfermedad. Tener buena actitud implica estar informado y, tras ello, actuar en consecuencia. Este actuar en consecuenciano significa seguir a pies juntillas lo que le diga el médico: una persona informada y responsable puede discrepar del médico, pero lo hará sabiendo qué quiere y por qué. Eso es la buena actitud, lo cual, sin embargo, no es tan común. En un trabajo reciente se evaluó el conocimiento sobre la diabetes y la actitud de los pacientes para el autocuidado: el 77,7% no tenía conocimiento suficiente de la enfermedad y el 85,6% tenía un ajuste psicológico negativo ante la enfermedad. En otro estudio se observó cómo el conocimiento de los pacientes respecto a la enfermedad celíaca y la dieta sin gluten generalmente es deficiente, a pesar de que el conocimiento de la enfermedad celíaca y de la dieta sin gluten se asocia de forma clara y significativa con la adherencia a la dieta sin gluten.

El conocimiento de la enfermedad va ligado a la responsabilidad (en medicina, al autocuidado) y todo ello facilita tener una buena actitud como enfermo. Los médicos tenemos la obligación de conocer y considerar los puntos de vista y las experiencias de los pacientes, porque así les apoyamos en la gestión de su autocuidado. El primer paso para apoyar al paciente en el autocuidado pasa por dar una información adecuada, tanto en el momento del diagnóstico como más adelante. Después, hay que hacerles partícipes de la toma de decisiones, para que se puedan atender sus necesidades individualmente, incorporando así los cuidados a su vida (dieta, rutinas y hábitos, estilo de vida), un aspecto que con frecuencia pasa desapercibido a los profesionales, pero que resulta esencial para los enfermos.

Estas reflexiones nos traen las populares experiencias de paciente, que ponen de manifiesto que una intervención centrada en el paciente produce un efecto positivo en sus cuidados. Según la Cleveland Clinic, la experiencia del paciente no es hacer feliz al paciente, sino hacer lo que es correcto para el paciente. Es poner primero al paciente, su seguridad y los cuidados, haciéndole partícipe de todo el proceso, lo que al final se traduce en mayor satisfacción y mejora su actitud respecto a la enfermedad. 

Si recapitulamos, una actitud positiva no cura la enfermedad, pero la hace más llevadera. ¿Cómo lo conseguimos? Tal y como han mostrado las experiencias de paciente: informando, haciendo partícipe al enfermo de las decisiones y aceptando éste el reto de hacerse responsable de suenfermedad. Este trayecto, aunque requiere un esfuerzo por parte de los profesionales y del sistema sanitario, al final mejora la calidad asistencial, produce mayor satisfacción y facilita que los enfermos sean verdaderamente positivos. 

Son las 8:00 h. de la mañana y antes de ir a la sesión clínica quiero ver cómo está Francisco. Hace dos días le dije que tenía una esclerosis múltiple. Tras informarle con detalle, tanto del proceso actual como de las opciones futuras, no he dejado de pensar cómo estará. Estando en casa lo imagino solo en la habitación, llorando y pensando que su vida se ha acabado. Llamo a la puerta y no contesta. Abro sigilosamente y le escucho en la ducha. Está silbando y cantando una canción de los Beatles. Pienso: ¿lo habrán cambiado de habitación? No puede ser Francisco. “¿Francisco? Soy el Dr. Barón”. “¿Doctor? Perdone, enseguida salgo”. A los pocos minutos, Francisco sale enérgico y con una sonrisa que, aunque parece ensayada, no puede ser más sincera. Cuando le pregunto cómo está me dice que por suerte sabemos lo que tiene, que sabe que está en las mejores manos y que nos agradece mucho la oportunidad que le damos con la terapia que le hemos ofrecido. Le pregunto por su ánimo: “Al final, doctor, por muchas cosas que me digan usted y mis familiares, estoy yo solo en la ducha, y lo mejor que puedo hacer es cerrar los ojos, disfrutar del agua caliente y silbar una canción. Es importante cargar las pilas para enfrentarse con energía a la realidad. Al final, el que tengo que ser positivo, soy yo”.