Ser o no ser... pacientes


  • Editorial Univadis
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Durante estas últimas semanas ha estado de actualidad el dilema que plantea el polisemia de “paciente”: ¿somos pacientesguardando el confinamiento y la distancia social, o nos convertimos en pacientes que tienen que ingresar en el hospital víctimas del COVID-19? 

Paciente proviene del vocablo latino patiens, el cual deriva del verbo patior/patī, que significa sufrir y está emparentando con un sustantivo muy conocido en medicina: pathos (dolor, sufrimiento, condición). Un patiens era aquel que sufría o padecía un dolor. En el actual diccionario de la Real Academia Española paciente es una palabra polisémica con numerosos significados. Los primeros hacen referencia a la condición del que espera (que tiene paciencia; que manifiesta o implica paciencia) y la tercera acepción es la que se retrotrae a la medicina: “Persona que padece física y corporalmente, y especialmente quien se halla bajo atención médica”.

A lo largo de su historia, la medicina ha hecho gala de tratar a los dos tipos de pacientes, tanto a los enfermos como a los que, sufridamente, esperan al médico. “Para ser un buen paciente”, se decía, “hay que ser paciente”. Clásicamente, el médico marcaba el ritmo y las esperas en la relación clínica, mientras que el enfermo bastante tenía con esperar y obedecer. Los médicos nos habíamos convertido en expertos en tratar a pacientes (malheridos) y a pacientes (resignados). Pero hoy día no es así. Continúa vigente nuestra tarea con el primer tipo (los malheridos) y no tanto los resignados. Los pacientes ahora son más bien impacientes. Todos sabemos lo importante que es no alargar los tiempos en la sala de espera, denominada así por su antigua función, ni tampoco en casa esperando recibir una cita.

Centrando el tiro en la dichosa epidemia, por todos lados se ha oído lo necesario que es quedarse en casa. Había que ser pacientes para no ir al hospital. Un consejo que se terminó convirtiendo en ley, con las fuerzas del orden público vigilando por si perdíamos la paciencia. Este retorno a un Estado que rige sobre nuestras vidas privadas lo justificamos por un bien superior: el cuidado de la salud de todos. Sabemos que eso es, coyuntural y provisionalmente, lo mejor, y por eso somos pacientes. Y, ¡ojo!, que esto no es nuevo. Nos enfrentamos a la enésima pandemia letal de la historia, aunque sea la primera para varias generaciones, y a lo largo de la historia se ha repetido con frecuencia el aforismo de que “hay que ser paciente para no terminar siendo paciente”. Sólo hay que leer los consejos que se daban en 1918 para gripe española. En un cartel canadiense con recomendaciones para prevenir la gripe española, se decía: “No hay medicina que la prevenga. Permanece lejos de reuniones públicas, teatros y otros lugares con multitudes. Mantén la boca y la nariz cubierta mientras toses o estornudas. […]”. El cartel acaba mostrando a los ciudadanos cómo podían fabricar una máscara. Ya sabemos quién es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Con tanta reclusión y paciencia hemos tenido más tiempo para pensar, valorar y hacer planes. Cada uno ha sido más consciente de los lazos que le unen a los cercanos (familia, amigos, vecinos) y a la sociedad con mayúsculas. Igual eso de desarrollar la paciencia no estaba tan mal. Hemos vislumbrado qué sociedad tenemos y, tal vez, qué sociedad queremos. Los primeros días de confinamiento había un clamor de unidad: todos a una, como en Fuenteovejuna. La enfermedad nos había aterrorizado y había roto nuestras defensas y prejuicios ideológicos. Nos había hecho mirar hacia un mismo frente común: todos contra el coronavirus. Pero el aburrimiento y las redes sociales, fuente de intoxicación y desinformación, pronto nos recordaron que estamos divididos y que tenemos la obligación de odiarnos. A las pocas semanas se intuía que, finalmente, todo continuaría igual y cada loco con su tema, como cantaba Joan Manuel Serrat.

Para terminar, una reflexión acerca de los sanitarios. El consejo de ser paciente para no convertirse en paciente en realidad iba dirigido a la población general, no a los profesionales sanitarios, que han tenido que ser pacientes de otra manera. Han tenido que esperar a contar con el material necesario para poder enfrentarse a los pacientes con COVID-19, y viendo a sus enfermos se les pedía ser pacientes para no contagiarse. La otra opción era la impaciencia: no esperar el material y acercarse a los enfermos sin protección. Dando lo mejor de sí mismo, cada uno lo ha gestionado como ha podido: con paciencia o con impaciencia.