Seguir con el aplauso


  • Editorial Univadis
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Ahora que estamos en la desescalada, descovificación o como le queramos llamar, pareciera como si tuviéramos que empezar de nuevo con nuestras vidas. Como si fuéramos de nuevo adolescentes, nos hacemos las preguntas de los quinceañeros: ¿puedo salir? ¿hasta qué hora? ¿puedo irme el fin de semana con mis amigos? Y no sólo con la vida social, también respecto a los hábitos personales, de pareja y, por supuesto, en el trabajo.

Se ha repetido en muchos foros que estos meses hemos tenido más tiempo para pensar y reflexionar sobre qué es lo que más nos importa, de manera que al volver a la vida ´normal´, lo reflexionado nos llevaría a vivir una vida más auténtica. Sin embargo, no está claro ni que vayamos a volver a tener una vida normal (si por normal entendemos la vida pre-COVID19) ni que estos meses nos hayan servido de aprendizaje para ser mejores. Le respuesta a estas cuestiones la encontraremos con el paso del tiempo. Lo que sí resulta evidente es que, si no tomamos las riendas de nuestras vidas ahora, en la descovificación, la vida continuará y nosotros nos quedaremos atrás.

Además de las dudas y cuestiones sobre nuestra vida personal y social, una pregunta que se hacen los médicos en el regreso a quién sabe dónde es cómo será la nueva medicina post-COVID. ¿Cómo será la medicina post-COVID? Distante. Los centros sanitarios, públicos y privados, grandes hospitales y Atención Primaria, se están preparando para marcar distancia con los enfermos. Para la telemedicina, fundamentalmente a través de asistencia telefónica y de videoconsultas, pero también por correo electrónico y mediante páginas web sanitarias. Este tipo de servicios ya estaban aumentado de forma exponencial en la era pre-COVID (prisiones, atención a domicilio, emergencias, medicina humanitaria y militar, atención privada, etcétera), pero ahora se están convirtiendo en el nuevo paradigma de la medicina. En la nueva normalidad.

Los servicios de telemedicina se justificaban porque permitían eliminar determinadas barreras, bien por distancia geográfica o por falta de recursos.  En ambos supuestos, la telemedicina suponía una mejora en la prestación de servicios sanitarios en contextos donde resultaba difícil acceder a la tecnología o a una medicina especializada. En la era post-COVID la justificación es otra. No se trata de falta de recursos ni de distancia geográfica; se justifica por la necesidad de mantener otro tipo de distancia, la interpersonal. Los enfermos y usuarios no deben saturar los centros sanitarios y cuando acudan han de mantener una distancia física de seguridad. Si se atiende a los enfermos por teléfono o por videoconsulta se evita que las salas de espera se saturen y que los pacientes de alto riesgo, víctimas potenciales de contagio, se acerquen a los centros sanitarios. Podemos imaginar la medicina del futuro, al menos en el corto plazo: médicos convertidos en telefonistas y teleconsejeros, y nada de contacto personal con los enfermos. 

Dejando a un lado los problemas técnicos, deontológicos y legales que esto puede suponer (seguridad e identidad de los interlocutores, consentimiento para aceptar este tipo de consultas, confidencialidad de los datos, etcétera), lo más importante, y que no podemos olvidar, es que la telemedicina disminuye la calidad asistencial. La relación clínica es terapéutica porque permite un mejor conocimiento de los enfermos y de la enfermedad y, al ser generadora de confianza, mejora la adhesión y la continuidad asistencial. Que tengamos que aceptar que la medicina post-COVID tiene que incorporar la telemedicina no significa admitir que esto sea mejor o igual que la atención personal de los pacientes. Con la telemedicina la información no es igual, ni son equiparables las explicaciones de los profesionales, los pacientes no se comunican ni pueden aclarar sus dudas como si estuvieran delante del médico, sin olvidar que, si ya es difícil cotejar lo que el paciente entiende en una consulta presencial, es mucho más difícil si la consulta se produce por mail o teléfono. Un último detalle: se ha observado que, con el fin de facilitar el proceso, en la telemedicina existe tendencia a generar menos pruebas complementarias y a simplificar el tratamiento y el seguimiento. Todo ello reduce la calidad asistencial.

Si queremos seguir aplaudiendo al sistema sanitario, este tiene que continuar siendo de calidad. Más aún, debe mejorarla. La medicina se basa en una relación clínica que es personal, confidencial y terapéutica. De acuerdo, aceptamos que provisionalmente tengamos que incorporar la telemedicina para asegurar la distancia social en los centros sanitarios; pero hay que recalcar su provisionalidad, porque muchos médicos (especialmente aquellos a los que no le gustan los pacientes, que por supuesto los hay), gestores y empresas del sector de la telemedicina ya sueñan con que este apaño provisional se convierta en definitivo, con que la telemedicina llegue para quedarse. Los médicos deben tener claro que la medicina se practica con el enfermo. Que para que la medicina sea buena y de calidad es preciso interactuar y tocar. Si declinan de esto olvidan la esencia de su profesión. Conforme vayamos recuperando la ´normalidad´ deberemos ir volviendo a la medicina presencial. Si tenemos esto claro y no dejamos que pasen por encima de nosotros (y de los enfermos) aquellos interesados en que veamos a los enfermos desde la distancia, una vez más tendremos un motivo para seguir aplaudiendo.