Saben aquell que diu…


  • Editorial Univadis
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Según casi todas las encuestas Eugenio ha sido, junto a Gila, el mejor humorista español en solitario, ya que otros han triunfado en pareja, como Tip y Coll, Martes y Trece, o Faemino y Cansado. ¿Qué tenía este catalán de aspecto vetusto que contaba chistes más serio que un enterrador? ¿Era precisamente su aspecto, vestido de negro, con gafas oscuras y barba alargada, lo que contrastaba con su humor cáustico? ¿O se trataba de su ingenio inimitable? ¿O de cómo resaltaba lo absurdo y los contrastes con los que convivimos a diario? Posiblemente era una mezcla de todo ello: “Toc Toc. “¿Quién es?”. “Soy yo”. Abrió y, efectivamente, era él”.

La medicina se presta al chiste, precisamente porque toca lo más serio de la vida, sus límites y aquello que más nos importa. Posiblemente el chiste más recordado de Eugenio está relacionado con la medicina y los galenos:

Va un hombre a una óptica, y el médico dice: 

- Dígame, caballero, ¿qué letra ve allí en la pizarra? 

- ¡La A! 

- Por favor, no se precipite. ¿Qué letra ve allí? 

- ¡La A! 

- Está usted nervioso, y me está poniendo nervioso a mi. Por última vez, ¿qué letra ve allí?

- ¡La A! 

El oculista se acerca y diu:

- Coñ, que es la A.

Eugenio se hizo popular en los años 80, llegando a convertirse en un fenómeno del espectáculo. Al parecer, prefería decir que contaba historias o cuentos más que chistes; y así era: narraba con ingenio pequeñas historias cotidianas para todos, donde mezclaba con naturalidad catalán y español, un ejemplo de diversidad, diríamos ahora. En las gasolineras se vendían por cientos sus casetes, y en televisión sus actuaciones eran celebradas por toda la familia. Eran tiempos de dos cadenas y de grandes audiencias. Eugenio era un fenómeno nacional y todo él parecía feliz de serlo.

En sus cuentos, largos y cortos, se reía de todas las profesiones, desde las más formales, como la medicina, hasta las menos reconocidas (“Es uno que va a ver a un adivino, llama a la puerta y le contestan: “¿Quién es?" Y él responde: “¡Pues vaya mierda de adivino!"). Todo trabajo tiene rutinas y clichés, hábitos absurdos que nos pasan desapercibidos y la clave del humor está en encontrarlos y sacarle punta a esos clichés. Otro sobre médicos y nuestros lugares comunes:

Un señor va al médico y diu:

- Mire, doctor: vengo porque hace una temporada que me duele mucho esta pierna.

- Ummm... esto es cuestión de la edad.

- Ah... ¡pues esta tiene la misma y no me duele, oiga!”.

Eugenio no sólo se reía de nosotros; también lo hacía de los pacientes. En ocasiones por su histerismo (“¿Hipocondríaco yo? ¡Pero si es la única enfermedad que no tengo!”) y otras por ser ingenuos y pardillos: 

Va un catalán al médico y le dice:

- Doctor: dice mi mujer que no sé decir federico.

- A ver repítalo.

- Fe-de-ri-co.

- ¡Pues lo dice muy bien! Vaya a su casa y dígale a su mujer que venga para una revisión del oído.

Una vez en casa:

- Cariño, dice el médico que estoy bien. ¡Voy a coger dos cervezas del federico y lo celebramos!

La imagen habitual era verlo sentado en un taburete, acompañado de una copa, al parecer muchas veces vodka con zumo de naranja, y un cigarrillo Ducados. Hoy sería una imagen imposible; lo impediría la ley del tabaco y otras tantas convenciones sociales del siglo XXI. Eugenio era un individuo de otra época, de finales del siglo XX, una época de menos control y rigor social. Visto ahora, más bien parece de otro planeta. Pero la laxitud de sus costumbres le salió cara, pues el humorista cayó en el alcoholismo y en otras adicciones, sufrió problemas anímicos, mantuvo una vida privada complicada y, así mismo, padeció una cardiopatía isquémica precoz.

Este catalán universal se reía de médicos, de pacientes y de la propia enfermedad, ya la tuvieran los niños (“Se encuentran dos amigas y una le dice a la otra: “Caramba, Rosario, no sabía que tenías trillizos”. “No, si no son trillizos, es que es un niño muy nervioso””); o los adultos:

- Doctor, a veces oigo voces. 

- ¿Es usted sordo?

- No. 

- Asunto aclarado.

O este otro sobre la obesidad:

Un señor muy gordo está parado frente a una escuela. El conserje, al reparar en él, le pregunta:

- Perdone ¿espera usted a un niño?

- No, siempre he sido así.

Ser humorista no implica ser necesariamente divertido en la vida privada, ni mucho menos ser feliz. Woody Allen lo ha relatado en varias ocasiones: cómo la gente espera que diga algo ingenioso al hablar con él, cuando realmente es un tipo aburrido. En el caso de Eugenio, no era aburrido, pero su vida privada fue difícil, en ocasiones dramática, tal y como se narra en el documental Eugenio(2018), de Xavier Baig y Jordi Rovira. Al límite por su forma de vivir, los médicos le advirtieron en innumerables ocasiones de que tenía que cuidarse (superó un cáncer de vejiga y un primer infarto), pero al parecer hacía poco caso. Su coqueteo con los límites entre la vida y la muerte queda reflejado en sus pequeñas historias: “Que va un tío y se muere en lunes y diu: “Coñ! pues sí que empiezo bien la semana…”). Eugenio bromeaba con la muerte propia y con la ajena:

El trabajador que está en la empresa y le dice el jefe:

- Oye, ayer te di el día libre para ir al entierro de tu suegra, y la he visto esta mañana haciendo la compra en el mercado, y luego en El Corte Inglés.

Y diu el empleado:

- Para que te fíes de las mujeres, tú...

Murió en 2001 a consecuencia de su cardiopatía. Y  aún le echamos de menos.