¿Rompemos el techo de cristal?


  • Editorial Univadis
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Según los datos del INE, en 2017 había 127.979 colegiadas y 125.817 colegiados.  Gracias a que 4.613 de los 5.838 nuevos colegiados registrados en 2017 eran mujeres (el 79%), por primera vez en la historia el porcentaje de facultativas superaba al de facultativos: el 50,4% eran mujeres, cuando en 2016 era el 49,7%. Las Comunidades Autónomas en las que ejercen más mujeres son Madrid (55,1%), Comunidad Foral de Navarra (54,5%) y País Vasco (53,8%), mientras que las autonomías en las que continúan siendo minoría son Andalucía (45,9%), Islas Baleares (46%) y Región de Murcia (47%). Estos datos reflejan cómo, durante los últimos lustros, hasta el 70% de los matriculados en facultades de medicina eran mujeres, ya que entre 1994 y 2011 la proporción de tituladas en medicina creció el 93,4%, mientras el incremento en los varones durante el mismo período fue del 12,6%. Como consecuencia, el 66,4% de los residentes en 2017 (18.190 de 27.402) eran mujeres.

Este incremento en las tituladas en medicina, ahora graduadas y antes licenciadas, no se ha expresado aún en los cargos de responsabilidad. ¿Es un problema específico de la medicina, que precisa de más tiempo para que los puestos de responsabilidad reflejen la actual sociología de género? ¿O se trata de un ejemplo más de lo que sucede en el resto de ámbitos de la sociedad? Resulta conveniente realizar una consulta a la historia de la medicina para encontrar alguna respuesta.

El primer documento escrito sobre una mujer trabajando en sanidad, en una tarea similar a lo que será la enfermería, es una descripción en piedra caliza procedente del reinado de Ramsés II (1250 a.C.). Se dice que determinadas mujeres fueron dispensadas de la obligación de trabajar en la construcción de los templos del Valle de los Reyes para permanecer en sus casas atendiendo a familiares enfermos. En Grecia, donde aparecen los esbozos de la medicina occidental, no se reconoce la figura femenina en el contexto sanitario. En la única acción en la que participaban las mujeres era el corte del cordón umbilical. En cuanto a Roma, destaca la aparición de las obstetrix, vocablo que designaba a las parteras romanas. Se trataba de mujeres autodidactas que aprendían por tradición oral, a través de las parteras más antiguas.

En la Edad Media sobresale la Escuela de Salerno, que comienza en el siglo IX, una escuela médica excepcional y exclusivamente laica (civitas hippocratica). Entre su profesorado y alumnado había mujeres. Una figura destacada en el medievo es la religiosa Hildegarda von Bingen (1098-1179). Abadesa del Convento de Disibodenberg, Hildegarda von Bingen fue una mujer extraordinaria: música, escritora, filósofa, científica y hasta médico. Detalló una gran cantidad de enfermedades y escribió sobre cuestiones de índole sexual (por ejemplo, unas reglas para reprimir los deseos sexuales), sobre enfermedades venéreas, o sobre el embarazo y el puerperio. 

En España, durante el medievo, se mantuvo esta actitud permisiva con las mujeres médicos hasta 1412, cuando en Castilla se prohíbe que “judío o judía, nin moro nin mora, no sean especieros, nin boticarios, nin cirugianos, ni fisicos”. Hay que tener en cuenta que las pocas mujeres que ejercían la medicina en España habitualmente eran judías. Esta norma no impidió que el verdadero cuidado de los enfermos continuase siendo asunto de mujeres, fueran o no médicos. Está documentado cómo durante el sitio de Granada, reinando Isabel la Católica, algunas damas se ocuparon de la atención de los heridos en tiendas de campaña.

Durante la modernidad y en la edad contemporánea la medicina se convierte en una profesión enormemente regulada, tanto en la universidad como en su posterior ejercicio. Las mujeres quedan relegadas al ámbito de la enfermería, con Florence Nightingale como figura emblemática, al instituir la enfermería como profesión. Elizabeth Blackwell (1821-1910) es la primera mujer del mundo que ejerce como médico desde que la medicina se establece como profesión con titulación oficial. La estadounidense fue rechazada en diez facultades de medicina, debido a que el ejercicio de la medicina por mujeres estaba mal visto y no era permitido. Finalmente se tituló en 1849 en el centro neoyorquino Geneva Medical College. A pesar de ello le aconsejaron realizar cursos de homeopatía y practicar la medicina no oficial. Las dificultades que encontró Elizabeth Blackwell para ejercer la medicina le empujaron a trabajar más en el ámbito de la enfermería. 

En España la primera mujer en licenciarse en medicina fue Dolores Aleu Riera (1857-1913), siendo además la segunda en alcanzar el grado de doctor. Dolores Aleu Riera acabó los estudios de medicina en 1879, aunque hasta 1882 no obtuvo el permiso para realizar el examen de licenciatura. Se doctoró ese mismo año con la tesis "De la necesidad de encaminar por una nueva senda la educación higiénico-moral de la mujer". Desde entonces paulatinamente, hasta los años 70 con cuentagotas, las facultades de medicina se han ido poblando de mujeres. Pero este hecho no ha tenido un reflejo análogo en los puestos de responsabilidad. En un estudio realizado en el Hospital Clínic de Barcelona, el 8% de las mujeres alcanzaba el puesto de jefa de sección, de unidad, de departamento o de instituto, mientras que el porcentaje de los varones que lograba un puesto de responsabilidad superaba el 20%.

El 76,49% de los cargos directivos en los 52 Colegios de Médicos de España está en manos de varones. La cifra de presidentes es aún más escandalosa: sólo cuatro de los 52 puestos son mujeres. Estos datos son trasladables a las jefaturas de servicio, de sección y a otros puestos de responsabilidad: directores médicos, gerentes, directores de institutos de investigación, etcétera. Las mujeres médicos son más que los varones, pero se encuentran aún en una posición más débil, no sólo por los puestos de responsabilidad, también por su situación profesional: el 63% de los médicos desempleados son mujeres, y menos del 50% de las facultativas tiene una situación laboral estable (frente al 70% de los varones).

El repaso histórico y los datos muestran cómo el actual techo de cristal de las mujeres médicos tiene varias causas: la medicina precisa de tiempo para que los puestos de responsabilidad reflejen la actual sociología de género, pero también resulta complicado que las mujeres ejerzan puestos de responsabilidad con la estructura social y de la profesión en nuestro país. Cuando Dolores Aleu Riera se licenció, la prensa de la época lo recibió así: “Felicitamos por adelantado a los enfermos que fíen la curación de sus dolencias al nuevo doctor con faldas” [sic]. Desde que se escribieron estas palabras, hace 140 años, la medicina ha cambiado para bien, pero aún queda mucho por hacer.