Razón... ¡y corazón!


  • Editorial Univadis
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El ser humano enfermo es una realidad psicofísica muy compleja, por lo que un buen médico tiene que saber mezclar la razón y el corazón, la ciencia con la conciencia, los conocimientos y los sentimientos. Trabajamos con un material muy delicado y complejo, con seres humanos compuestos por biología y mucho más: miedos, valores, contextos sociales, afectos, etcétera. Sobre la conciencia del médico está el hecho de que las vidas de sus pacientes, en un sentido muy amplio, están en sus manos. Esto ha tenido dos consecuencias evidentes: la primera que, desde que la medicina se instauró como profesión, ha habido muchos médicos que se han dedicado a las humanidades o ciencias humanas, denominadas por Wilhelm Dilthey a finales del siglo XIX como “ciencias del espíritu”, ya que ser médico supone tratar con lo más íntimo y propio del ser humano, con su proyecto vital, con sus sueños y temores más profundos; la segunda consecuencia ha sido la dificultad para clasificar a la medicina dentro de las ciencias. 

Wilhelm Dilthey dividió las ciencias en dos categorías: las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu, porque las ciencias de la naturaleza (hasta entonces las Ciencias con mayúsculas) ofrecían una versión muy parcializada del ser humano. Para comprender mejor al hombre era preciso añadir el estudio de su realidad histórico-social, de aquello que nos hace únicos y permite conocernos. Bajo el amplio epígrafe “ciencias del espíritu” Dilthey unificó disciplinas como la historia, la política, la lógica, la estética, la ética, la teología, la literatura o el arte. La medicina no podía clasificarse como ciencia natural ni como del espíritu. 

En el siglo XX ha habido más propuestas de clasificación de las ciencias, dejando fuera de lo científico gran parte de las ciencias del espíritu de Dilthey. Mario Bunge, por ejemplo, divide las ciencias en formales y factuales. Las formales trabajan con la sintaxis de los signos, por ejemplo las matemáticas, y no son empíricas (no estudian hechos). Son construcciones de la razón humana que estudian sistemas de signos y sus relaciones. Las ciencias factuales estudian hechos o realidades y se subdividen en ciencias naturales (física, astronomía, química, biología, psicología) y sociales (historia, economía, sociología, lingüística, política). Si analizamos la clasificación de Mario Bunge, la medicina también queda fuera: no es una ciencia formal ni factual. 

Así sucede con todas las clasificaciones de las ciencias: la medicina queda excluida porque es mucho más que una ciencia. La medicina es científica sólo en parte: en la investigación (básica y clínica) y parcialmente en clínica (cuando se aplica lo investigado). En su parte científica la medicina es una ciencia natural, ya que su objeto de estudio es la naturaleza (química, biología, mente) del ser humano, tanto en su estado de salud como en el morboso. Sin embargo, la complejidad para clasificar la medicina se debe al concurso de otras disciplinas científicas (de las ciencias sociales) y no científicas, precisamente porque el objeto de estudio de la medicina es la naturaleza psicofísica del ser humano enfermo, algo muy complicado. Como consecuencia, en medicina participan disciplinas tan diversas como la ética, el derecho, la sociología, la psicología o la antropología, todas ellas trascendentales en la toma de decisiones. La medicina es en parte una ciencia natural, pero convive con otras ciencias y con disciplinas no científicas, muchas encuadradas dentro de las humanidades. 

Comenzábamos este texto señalando que ser médico supone mezclar la razón y el corazón, la ciencia con la conciencia, los conocimientos y los sentimientos, ya que trabajamos con seres humanos que no son sólo biología, y tenemos sus vidas en nuestras manos. No sólo tenemos sus células, también tenemos sus temores, sueños y emociones. Así se titula un libro del filósofo Javier Sádaba, “La vida en nuestras manos”. En el texto se realiza una apuesta optimista por los avances científicos, debido a que pueden mejorar la calidad de vida de la especie humana y, sobre todo, su felicidad. Los médicos tenemos que saber aprovechar la oportunidad que brinda la ciencia médica para conseguir una realidad más feliz para los enfermos. Es decir, tenemos que ser buenos científicos, científicos responsables que saben entender y aplicar adecuadamente la tecno-ciencia a los enfermos. No podemos olvidar que los humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor, y la ciencia médica nos arma de un arsenal tecnológico tan impresionante que nos puede llegar a cegar y hacernos olvidar nuestro auténtico objetivo. 

El otro elemento del buen médico, junto a la ciencia responsable, es la conciencia, el corazón y los sentimientos. De nada nos sirve saber aplicar los últimos avances si no comprendemos al enfermo y no sabemos adaptar la información a sus necesidades. Muy alejados estaremos de la excelencia si publicamos en las mejores revistas y no somos capaces de dar una solución global a los problemas del enfermo, una respuesta que tenga en cuenta su realidad física, psicológica y social. La ciencia sin conciencia, es mala ciencia.