Protección, protección, protección…


  • Editorial Univadis
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En una epidemia como la que estamos viviendo el médico que no se protege adecuadamente puede contagiarse y contagiar a otros. Esto ocasiona un dilema muy complejo, porque por un lado los médicos y el resto de sanitarios quieren ayudar los pacientes con COVID-19, pero al mismo tiempo sienten temor a contagiarse y a infectar a sus familias y a otros enfermos. Por este motivo muchos sanitarios se han aislado, no sólo socialmente, sino también de sus propias familias. Su día a día ha consistido en ir al centro de trabajo y aislarse,  una situación realmente estresante y difícil de gestionar.

Prestar ayuda ante una emergencia y al desamparado es una obligación ciudadana. Formamos parte de una sociedad y tenemos que socorrer al que lo necesita. Por este motivo nuestra legislación, que son las normas éticas mínimas para la convivencia, recoge el deber de socorro. El Título IX del Código Penal (“De la omisión del deber de socorro”) castiga a quien omite socorro: “El que no socorriere a una persona que se halle desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando pudiere hacerlo sin riesgo propio ni de terceros, será castigado con la pena de multa de tres a doce meses”. En el mismo título se castiga al que, no pudiendo prestar socorro, no solicita ayuda y aumenta la pena si el que no auxilia es el causante del accidente.

Este deber ciudadano de socorro es especial para los sanitarios. Su formación los hace responsables del cuidado de la salud de los conciudadanos, por lo que el Artículo 196 del Código Penal especifica que el profesional que “denegare asistencia sanitaria o abandonare los servicios sanitarios, cuando de la denegación o abandono se derive riesgo grave para la salud de las personas, será castigado con las penas del artículo precedente en su mitad superior y con la de inhabilitación […] por tiempo de seis meses a tres años”. El médico, como ciudadano y como profesional, está obligado a cumplir las leyes generales y también la normativa sanitaria y profesional.

El deber de cuidado y de socorrer al necesitado se recoge el Código de Deontología Médica. El Código señala que la lealtad del médico con el enfermo le impide abandonarlo, incluso si esto le supone un riesgo personal. Más aún, el médico se tiene que presentar voluntariamente a colaborar en las tareas de auxilio sanitario. El riesgo, como es lógico, debe minimizarse, pero, señala el Artículo 5.3, la salud del paciente “debe anteponerse a cualquier otra conveniencia”. Respecto a la epidemia, el mismo Artículo puntualiza que el médico “no puede negar la asistencia por temor a que la enfermedad o las circunstancias del paciente le supongan un riesgo personal” y esta obligación afecta a todo médico, “cualquiera que sea su especialidad o la modalidad de su ejercicio” (Artículo 6.1). Los médicos, es verdad, se han formado para ayudar a los enfermos, especialmente si la situación es crítica. Pero… ¿y su salud? ¿Qué pasa si una epidemia pone en riesgo la salud del profesional? El Código de Deontología marca el límite al deber de cuidado en su Artículo 6.2. Tras señalar que los médicos no pueden abandonar a ningún paciente que necesite sus cuidados, ni siquiera en situaciones de catástrofe o epidemia, exceptúa las situaciones en las que “fuese obligado a hacerlo por la autoridad competente o exista un riesgo vital inminente e inevitable para su persona”.

Durante la pandemia por COVID-19 muchos sanitarios se han contagiado de coronavirus. Y, por desgracia, España ha destacado por su elevado número de profesionales sanitarios infectados. Las causas son evidentes: falta de medios. No se trata de hacer una crítica política ni un alegato contra la injusticia que, en este sentido, se ha producido, pero ahora que han pasado las peores semanas (aunque no sabemos lo que está por venir), es momento de reflexionar acerca de qué sistema sanitario queremos tener, porque los déficits de planificación han sido evidentes. Los indicadores de la OMS, por mucho que pensáramos que teníamos un buen sistema sanitario, no señalaban a España entre los países mejor preparados para afrontar una epidemia. ¿Por qué? Había pocas camas de cuidados intensivos, escaso material de protección y sin posibilidad para hacerse con él en poco tiempo, los profesionales no estaban entrenados para su uso correcto, etcétera, etcétera. La consecuencia ha sido que muchos médicos, enfermeras, auxiliares y celadores se han contagiado. Algunos han ingresado y, desafortunadamente, ha habido héroes que no han podido superar la enfermedad.

Los médicos y sanitarios españoles han afrontado un dilema muy serio: ¿atender a los enfermos poniendo en riesgo su salud, o apartarse porque el deber de cuidado tiene un límite? En este contexto la Comisión Central de Deontología del Consejo General de Colegios de Médicos publicó el documento “Proceder del médico ante la dificultad para realizar su actividad asistencial en contacto con pacientes COVID, por la escasez de medios de aislamiento y protección”. En él se señala que como el médico pone en riesgo su salud y su vida, se le debe exigir más que nunca “responsabilidad, manejo prudente de la incertidumbre, precaución y protección”. También se dice que ante situaciones de riesgo extremas es normal sentir temor. ¡Faltaría más! Héroes o villanos, lo que es indudable es que los médicos son humanos. Según el documento, se trataría de protegerse y de proteger de la extensión de la enfermedad “con todo lo que tenga disponible”. Pero no hay que jugar a ser superhéroes, ni atender a los enfermos con bolsas de basura y gafas rotas. El médico “no es ni debe ser ni héroe ni mártir, lo que debe ser es un buen profesional”. Y es dudoso que un médico que no está adecuadamente protegido pueda ser un buen profesional.