PowerPoint… ¿o nada?


  • Editorial Univadis
El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados. El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados.

Nos han invitado a un curso perfecto. Es en un horario complicado, justo al acabar el trabajo, pero hacemos un esfuerzo sacando tiempo de donde no lo tenemos porque queremos aprender sobre quiénsabequé. Con el sandwich en la mano, sedientos y pensando en todas las cosas que hemos dejado a medias por ir al curso, y en todo lo que tenemos que hacer al acabar, entramos en la sala ya a media luz. Cuando al fin fijamos la atención en el orador, nervioso, vemos cómo simplemente está repitiendo las mismas palabras que figuran en las diapositivas. Nos preguntamos: ¿por qué nos dan la información por duplicado? ¿es que piensan que somos estúpidos y que si sólo oímos o leemos no lo comprenderemos? Por suerte, el orador es un afinado informático y encontramos que su increíble presentación está llena de gráficos circulares, lemas y viñetas, a menudo en mayúsculas para enfatizar. Cuando creemos que hemos entendido un gráfico ya estamos cuatro diapositivas adelante y mientras pensamos en cómo habrá realizado esa increíble animación aparece una preciosa frase de Paulo Coelho. Y es que… ¿qué sería un PowerPoint si no aparecen Groucho Marx, Einstein o el susodicho Paulo Coelho?

Desde hace unas décadas se ha impuesto la tiranía del PowerPoint. No hay presentación en sesión clínica, en centro de salud y hospital, en congreso o curso, que no tenga un maravilloso PowerPoint. La tiranía de las presentaciones en PowerPoint, tan amadas por los médicos, es tal que incluso hay presentaciones de PowerPoint sobre cómo hacer una presentación de Power Point. Al final, un medio como es el PowerPoint, se ha convertido en un fin en sí mismo. El PowerPoint realmente es un medio para comunicar con eficacia, pero pareciera que lo que realmente importa es cómo se usa el dichoso programita: si tiene animaciones, cómo es el fondo, la tipografía de la letra y, sobre todo, si al final hay fotos del último viaje del ponente en cuestión. Lo cual, en general, al respetable le importa poco.

Antes del PowerPoint los ponentes también usaban apoyos para realizar presentaciones eficaces: filminas, transparencias, diapositivas, lecturas literales de la conferencia, etcétera. Pero todo ello, insistimos, eran medios y lo importante era lo que se comunicaba. Cuestión aparte es si el comunicador, sea a capella o con el PowerPoint más sofisticado, sabe comunicar o si es un plomo. Esto merecería un análisis separado. En una conferencia hay cuatro partes, el conferenciante, el medio que se emplea, el mensaje y el receptor; y en este editorial nos centramos en el medio: el dichoso PowerPoint.

Existen cantidad de trabajos que muestran cómo, si no se emplea adecuadamente, el PowerPoint puede ser mas un incordio que una ayuda en la comunicación, ya que sólo podemos procesar una cantidad limitada de información a la vez, y el PowerPoint muchas veces sobresatura esta capacidad de procesamiento. En 2007 la Universidad de Nueva Gales realizó un estudio, liderado por el psicólogo John Sweller, en el que se observaba cómo cuando se mostraba a la audiencia en una pantalla las mismas palabras que se estaban pronunciando, no mejoraba la comprensión del discurso. Al revés, empeoraba. Según John Sweller, existe una explicación científica para que una sala llena de televidentes acaben bostezando y mirando sus relojes después de un par de minutos: “Si alguna vez te has preguntado por qué tus ojos comienzan a brillar mientras lees esos datos en la pantalla, al mismo tiempo que se pronuncian las palabras, es porque es difícil procesar la información si viene por escrito y de forma hablada al mismo tiempo”. John Sweller explica que no tiene sentido leer en voz alta las notas escritas en una pantalla, ya que al doblar el mensaje no se duplican las posibilidades de que se transmita. Al revés, este tipo de repetición hace que el cerebro se apague debido a que se está poniendo demasiada información en la mente y, por tanto, disminuye la capacidad de comprensión. En resumen, si la información en la pantalla es la misma que se verbaliza, el PowerPoint puede ser contraproducente y la atención de la audiencia se divide o se apaga.

Jeff Bezos, CEO de Amazon, ha prohibido el uso de PowerPoint en las reuniones. Inc ha resumido las tres claves por las que Bezos ha sustituido el PowerPoint por la narrativa y las historias. La primera razón es que nuestro cerebro está diseñado para entender y contar historias, y las presentaciones en PowerPoint, en general, no cuentan historias. Se dedican a exponer datos y datos o a servir como guía de lectura para el ponente, al que más bien habría que llamar ´lector´. Otro motivo es que los bullet points (los innumerables listados que aparecen en los PPT) realmente no funcionan. El cerebro no puede hacer frente a tanta información a la vez y si alguien habla y señala simultáneamente una pantalla llena de datos y cifras, el cerebro se apaga, ya que no está preparado para retener tanta información simultánea y menos aún si es en forma de listas. En cambio, una historia, una foto o una idea es más fácil de retener. Pero la razón más potente para sustituir el PowerPoint por la narrativa es que ésta es más entretenida. Se capta mejor la atención si se cuentan historias persuasivas que si se exponen largos listados con datos y mas datos. 

Aristóteles, el padre de la persuasión, reveló hace 2.300 años los tres elementos para una adecuada persuasión: el ethos, que sería al carácter del narrador y su credibilidad; el logos, que es la capacidad argumentativa y la lógica expositiva; y el pathos, es decir, la emoción. El ethos y el logos, carecen de sentido si el discurso no emociona, que es lo que han conseguido hacer los grandes oradores de la historia, como Jesús de Nazaret, Ghandi o J. F. Kennedy. El ponente tiene la obligación de comunicar de forma entretenida, porque el tiempo del que gozamos es escaso y para aburrirnos es preferible leer un ensayo o hacer otra cosa. Y para comunicar amenamente hay que emocionar. El verbo francés émouvoir proviene del latín emovere, que a su vez se forma de la unión de ex (hacia fuera) y movere (sacar de un lugar, retirar, pero también sacudir). Por tanto, el significado original de emocionar es mover el alma o el ánimo. La emoción sacude y nos mueve, que es lo que busca el buen el comunicador, provocar una sacudida en la audiencia que conduzca a un cambio en quien escucha. Y este impacto no lo puede lograr el PowerPoint, por muchas frases de Groucho Marx y fotos de las vacaciones que pongamos. Sólo lo logra un buen comunicador.