Por qué la aplicación de rastreo de coronavirus ha fracasado en Australia.


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La aplicación COVIDSafe forma parte de la estrategia del gobierno de Australia para el control de la epidemia de coronavirus. Está pensada para advertir a sus usuarios de la posibilidad de que hayan estado en contacto con algún infectado, y también permite que las autoridades sanitarias contacten rápidamente con cualquier persona que pueda haber estado expuesta al patógeno. Es un sistema de rastreo digital, y facilita la posibilidad de encontrar personas que hayan estado en contacto cercano con alguien con Covid-19, intentando reducir la posibilidad de transmitir el virus a su familia, amigos o personas con las que se haya coincidido. 

Funciona mediante tecnología bluetooth. Lo que hace es detectar por cercanía a aquellos otros usuarios de la aplicación que hayan estado en contacto con algún afectado. Cuando la aplicación reconoce a otro usuario como potencialmente contagiador, anota la fecha, la hora, la distancia, la duración del contacto y el código de referencia del otro usuario. Se asemeja, en este sentido, a una especie de dominó. Si yo la tengo activada y me acerco a una persona que igualmente le usa y que a su vez haya estado en contacto con un caso de coronavirus, recibiré una alerta y también las autoridades sanitarias podrán dirigirse a mí para proponerme un test o que guarde cuarentena. No utiliza geolocalización, se activa sin necesidad de aportar información personal, y la traza de los contactos y el resto de la información queda almacenada sólo en el móvil, de manera cifrada, y se borra automáticamente cada 21 días.

COVIDSafe es la única aplicación de rastreo de contactos aprobada por el gobierno australiano, presuntamente útil y de uso seguro y confidencial, y está dirigida a los ciudadanos de un país en el que la tasa de penetración de los dispositivos móviles es casi absoluta y cuyo nivel de formación y conciencia social es elevado. Sin embargo la aplicación apenas ha servido de nada, y su uso ha sido muy minoritario. ¿Por qué? 

La aplicación se presentó como un instrumento clave para poder aligerar las restricciones del confinamiento. Se llegó a decir que era como un protector solar que protegía a los australianos del coronavirus, justo en el país en el que existen mayores tasas de melanoma. Incluso el ministro de salud, Greg Hunt, comentó en Twitter que de su éxito dependía que los australianos volvieran a disfrutar de los deportes de competición. También empresas como McDonald's la promocionaban dentro de su propia app, y varios equipos deportivos hicieron campañas para que la gente se la descargara. Pero la realidad ha demostrado que el papel de la aplicación ha sido bastante reducido.

Problemas de desconfianza y problemas técnicos.

Se partía del objetivo de que el 40% de la población australiana usara la aplicación, lo que era el límite estadístico para que fuera efectiva en términos generales. A día de hoy sólo seis millones de australianos tienen instalada la aplicación, y la cantidad de nuevas descargas ha disminuido bastante en las últimas semanas. Muy por debajo del objetivo marcado.

A pesar de que el gobierno de Australia se empeñó en convencer a los ciudadanos de la utilidad de la app, el problema más mencionado por quienes han estudiado el fracaso ha sido el de que no se ha transmitido con claridad el uso que se pensaba hacer de los datos. En concreto, hubo que aprobar primero una instrucción administrativa y después una norma legal para determinar que sólo los funcionarios de salud en los estados pueden acceder a los datos. Por ello, las actitudes de los australianos hacia la aplicación han sido ambivalentes. Las encuestas revelaban que poco más de la mitad de la población (55%) creía que la aplicación limitaría la propagación del coronavirus, y casi otra mitad (48%) pensaba que facilitaría la reducción de las restricciones. Pero sin embargo, también los australianos pensaban que era más útil el uso de sistemas basados en los metadatos de las operadoras de telecomunicación  para rastrear contactos cercanos (79%) que descargar una aplicación (69.8%en una primera encuesta, 64% en una segunda).

Así que la caída en el uso de la app probablemente estuvo influenciada por el debate público que se estableció sobre qué tipo de sistema era mejor, y tal vez también por que las personas a las que iba dirigida eran los grupos poblacionales que percibían un menor riesgo de infección. A esto se unió que los sistemas de rastreo tradicionales, mediante encuestas epidemiológicas, también ofrecían unos buenos resultados y sin necesidad de comprometer el uso de un dispositivo en el que no se acaba de confiar.

Donde la aplicación ha fallado ha sido, por tanto, en la transparencia. Las primeras versiones se liberaron con algunos fallos técnicos, y el gobierno se negó al principio a responder preguntas al respecto. Sólo al cabo de unas semanas algunos responsables públicos admitieron que tales fallos existían y estaban en proceso de corrección. Las actualizaciones se lanzaron con cierto sigilo, pero los problemas persistieron en distinta intensidad. Sobre todo, que se necesitaba tener la app en primer plano para que el bluetooth funcionara correctamente, lo que limitaba mucho su funcionalidad.

Australia fue uno de los primeros países en crear su propia aplicación. Posteriormente se conoció la iniciativa de Apple y Google de habilitar de manera nativa sus sistemas operativos móviles para permitir los rastreos, y ofrecer acceso a esta funcionalidades través de una API de la que “beberían” las aplicaciones oficiales. Acoplar la app australiana a este nuevo soporte supondría una revisión importante de la misma.

No obstante estos problemas, muchos expertos en salud pública y epidemiología están a favor de este modelo de traza digital, al menos como complemento a los sistemas de encuesta epidemiológica habituales. Sobre todo, aportan inmediatez, y aportarían ubicuidad si su uso se generalizara más que lo que ocurre en Australia.