Pequeñas historias médicas


  • Editorial Univadis
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El núcleo de la medicina es el encuentro entre dos o más personas. Habitualmente uno es médico y otro enfermo y, con frecuencia, hay además de por medio cantidad de familiares y allegados, sanitarios de todo tipo, otros enfermos y quién sabe quienes más. Otras veces, sencillamente está el enfermo frente al médico. Solo. Sea como sea, la historia de la medicina es la historia de millares de pequeñas historias. Cada paciente tiene una historia que contar y un médico tiene que estar dispuesto a escucharla. William Osler decía que “es más importante saber qué tipo de paciente tiene una enfermedad que qué tipo de enfermedad tiene un paciente”. Conocer la narrativa de los enfermos, además de ayudarnos en su manejo clínico, nos dignifica como seres humanos, porque así reconocemos al otro que hay frente a nosotros, en esta ocasión necesitado de nuestra ayuda. 

Historias que nunca escribimos. Relatos de compasión es un hermoso libro en el que una veintena de profesionales sociosanitarios escriben relatos breves sobre su experiencia profesinal. Relatos emotivos sobre enfermos crónicos y agudos, íntimos y desconocidos. Porque cada paciente es una historia. Beatriz Moreno y Antonio Moya, editores de la obra, explican cómo los profesionales que escriben los relatos se enfrentan “cotidianamente al sufrimiento de otros. La experiencia del dolor, la dependencia o la cercanía de la muerte en las personas que asistimos, puede tentarnos a emprender la huida, pero difícilmente nos deja indiferentes”. Además de vivir las historias de nuestros pacientes, tenemos la posibilidad de contarlas, como han hecho los autores de esta obra, algo que puede resultar positivo para otros y hasta terapéutico para nosotros mismos. Según estos autores, “no tenemos la obligación de ser compasivos, pero no se entiende el ejercicio de estas profesiones sin mostrar sensibilidad ante el sufrimiento humano intentando darle una respuesta, no sólo profesional, sino también personal”. Una posible respuesta es contar esas historias que tanto nos afectan.

“Pasaba visita a diario con F.C. y nunca teníamos nada bueno que contar en esos boxes. Tampoco librábamos las guardias. Se confirmó la sordera del niño rubio, pero había que esperar. Quizá el coma fuera reversible. El padre hippie nunca protestaba. Ni se quejaba ni amenazaba con denunciar al médico del pueblo. Miraba a su hijo y se sentaba en la ventana del box que nos permitía observar la evolución, dándonos la espalda. No recuerdo haber estudiado a nadie de la familia ni de la comuna para ver de dónde venían los bacilos. Quizá se encargaron los de salud pública de la zona. O quizá nadie …”. Escrito por Concha Bonet de Luna, pediatra. Relato: Genuflexión (Historias que nunca escribimos).

La medicina está llena de relatos y tampoco se puede olvidar que el propio profesional es también un relato. El filósofo Javier Sádaba en el prólogo de Historias que nunca escribimosempatiza con el profesional cuando señala que “Hoy de los profesionales conocemos mucho. Los tratamos, acudimos a las diferentes especialidades, les estimamos o, por el contrario, los denunciamos. Nos parecen más o menos aptos para la comunicación, más o menos dotados para las tareas que deben realizar. Sin embargo, llama la atención que la interioridad del profesional de la medicina permanece escondida. Es como si la bata blanca abarcara todo”. Ciertamente, cuando nos ponemos la bata blanca parecemos todopoderosos e infranqueables. Y no es así: “Y dentro de esa bata blanca existe una vida con emociones y sentimientos que conviene conocer. Porque no existe un profesional de la medicina, sino una persona con sus dudas, desvelos y una acumulación de imágenes de los pacientes que trata, que condicionan su vida”. Sería excelente que los médicos, y en general todos los profesionales, además de contar las pequeñas historias de sus pacientes, pudieran contar las suyas propias. ¡La cantidad de angustia y desgaste profesional que se ahorraría!

“Considero que las paredes de los hospitales han escuchado oraciones más honestas que las iglesias. Han visto despedidas y besos más sinceros que los aeropuertos. Es en el hospital que ves un homosexual ser salvado por un médico homofóbico. Ves a la alegre y adinerada médica salvar las vidas de personas sin hogar. En la UCI ves juntos a un negro, un judío, un latino, un policía blanco racista y un presidiario en la misma sala recibiendo el mismo cuidado, un rico en el trasplante de hígado, y el donante es un pobre. En aquel momento, el hospital toca un nervio en la sociedad, que hace que se crucen universos con un propósito divino, y en esta comunión de destinos nos damos cuenta de que solo eres nadie. La verdad absoluta de las personas, en su mayor parte, sólo aparece en el momento del dolor o de la amenaza de pérdida. Ante ti, ves pasar toda la vida”. Autor anónimo.

Por suerte existen proyectos e iniciativas intentando que no se olvide la narrativa de los enfermos y de los profesionales; procurando que las pequeñas historias que vivimos a diario sirvan para mejorar la sanidad, para hacerla más habitable. Proyectos como Humanizando los cuidados intensivos, la Fundación Josep Carreras o Kayrós – Conversaciones que ayudan. En Kayrós se recomienda el libro de Arthur W. Frank The Wounded Storyteller. Body, Illness & Ethics, donde se aborda la experiencia de la enfermedad, un referente sobre las posibilidades que tiene conocer y analizar la narrativa del enfermo. Arthur W. Frank en el libro señala que: “Como médico y como educador médico que piensa cómo mejorar la comunicación entre pacientes y [profesionales de la salud], a menudo veo los desafíos comunicativos surgidos de experiencias culturales divergentes. Cada paciente tiene un método único de experimentar, de dar sentido, y de afrontar una enfermedad nueva o crónica. Este enfoque es filtrado necesariamente a través de los contextos sociales y familiares, así como por las circunstancias actuales de vida del paciente. [...] Los médicos también aportan sus contextos sociales y desarrollo psicosocial a sus entornos de práctica clínica”.

 “La primera vez que vi a Jeannette, nada más entrar en la consulta, me dijo con una voz grave, susurrante:

- Prefiero que me llames Jeannette. Es que aún no lo he cambiado en el Registro. José Luis no me gusta

Tenía unos rasgos muy delicados, media melena rubia, piel muy blanca y unos ojos claros que miraban fijamente hacia la ventana, detrás de mí. Parecía muy tímida.

- Sólo vengo a por las medicinas, ya nos iremos conociendo —comentó mientras me tendía la mano antes de irse. Me fijé en sus dedos amarillos por la nicotina y en un ligero temblor. “Por la medicación”, pensé

A solas ya, revisé su historia. Transexualidad, psicosis esquizo-afectiva, dependencia de drogas, depresión y varios intentos de suicidio. Me pareció un retrato muy duro para una persona tan delicada …

Escrito por Lucía Martín Vallejo, médico de familia. Relato: Al sur de Madrid (Historias que nunca escribimos).