Pacientes anticoagulados: cosas a tener en cuenta en la vacunación contra la covid-19

  • Andrea Arnal

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Apenas una semana y media después de que se iniciara la campaña de vacunación contra la Covid-19 en España, la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN) ha publicado un documento con recomendaciones sobre la administración de la vacuna Cominarty —desarrollada por Pfizer/BioNTech— en pacientes anticoagulados, es decir, aquellos que estén recibiendo tratamiento anticoagulante o que presenten trombocitopenia o padezcan un trastorno de la coagulación (como la hemofilia). Se trata, según explica a Univadis España Vicente Pallarés-Carratalá, coordinador del grupo de trabajo de hipertensión arterial y enfermedad cardiovascular, y uno de los autores del documento, una guía que aporta “las líneas maestras a seguir para que haya las mínimas complicaciones posibles” a la hora de vacunar.

La idea surge en parte como respuesta a las múltiples informaciones promovidas por grupos antivacunas con las que se “iba preocupando exageradamente a ciertos sectores de la población, entre ellos los anticoagulados”, señala Pallarés, de los cuales se estima que hay un millón en nuestro país. “Tanto la vacuna de la Covid-19, como la de la gripe anual, como la del tétanos son intramusculares y tienen las mismas consideraciones. ¿Por qué ponemos tanto énfasis en esta? Porque hay tantas noticias sobre la enfermedad que las sociedades científicas debemos estar atentas para erradicar cualquier información que pueda de alguna forma hacer dudar al paciente o al médico”. 

Además de a los profesionales de atención primaria, esta breve guía también ha sido enfocada a los profesionales que trabajan en un entorno rural, a veces con personal limitado o que incluso “trabajan solos”, y a los que el equipo de Pallarés vio conveniente darles “algo mascado y en una dosis adecuada para que lo puedan leer correctamente y sirva para clarificar tanto sus dudas como las que puedan tener sus pacientes”.

La anticoagulación hace que aumente el riesgo de sangrado ante una pequeña herida, tal y como es el caso de la vacunación: “Esta vacuna es intramuscular, lo que puede producir hematomas o sangrados al paciente que le alarmen tanto a él como a los sanitarios”. Por eso, y ante la  la inminencia de la vacunación masiva para luchar contra esta pandemia, los científicos exponen recomendaciones específicas, tales como el seguimiento previo de la INR semanas antes de la inyección, el empleo de la técnica en Z para evitar hematomas, los lugares donde debe aplicarse la inyección, o en qué casos es recomendable interrumpir el tratamiento anticoagulante. 

“Muchas veces pueden existir ciertas circunstancias que te generen duda, por ejemplo: un paciente al que se le vean los brazos muy delgados. Se puede pensar que es mejor pincharle en el culete, pero no es así, ya que en la zona glútea hay mucha más vascularización que en la zona deltoidea” ejemplifica Pallarés, quien añade que la elección del brazo “no es arbitraria”, y que “en cualquier tipo de pacientes está menos vascularizada y genera menos problemas siempre que el volumen de vacuna o de pinchazo no pase de más de 0.4 cm3”. En este caso, la vacuna son 0.3 cm3, por lo que según el experto “es perfecta” para ponerla en el brazo. 

El documento no solo hace referencia al dónde debe colocarse la inyección, sino al cómo, y menciona específicamente la técnica en Z, que “consiste en estirar la piel desplazando los tejidos, de forma que las diferentes capas del tejido se desalinean”, reza el documento. “Tras el estiramiento, se pincha y se  inyecta el líquido. Los tejidos se realinean al soltar la piel, pero la incisión que deja la aguja no coincide entre los tejidos, por lo que el líquido inyectado no puede refluir”, concluye. Para llevarla a cabo, los científicos insisten en que es necesaria utilizar una aguja fina, “calibre 23 o  mejor 25”,  y tras su finalización, “aplicar una presión firme, sin masaje, al  menos de 2 a 5 minutos”. También insisten en que el paciente debe estar informado en todo momento del alto riesgo de sufrir hematoma tras el pinchazo en el lugar de la inyección. 

Otro punto clave al que según Pallarés los médicos de atención primaria deberían centrar su atención es al seguimiento de los pacientes anticoagulados: “Debemos asegurarnos de que haya un control de la población adecuado de entre 6 y 7 semanas antes de la intervención”. Pallarés se refiere a la verificación del INR, si la fecha del último control fuese superior a las 6-8 semanas. Se sabe que el riesgo de hemorragia se incrementa si el INR está por encima de 4. “Cuanto más alto es el valor INR, mayor es el riesgo de sangrado”, subrayan en el texto.

En concreto, el documento indica que los pacientes en tratamiento anticoagulante con acenocumarol o warfarina “pueden recibir inyecciones intramusculares siempre que su INR más reciente sea

“Si el paciente no tiene un control al menos 8 semanas antes de vacunarlo, hay tiempo para llamarlos, hacerles el control y vacunarlos en las mejores condiciones”, insiste Pallarés. 

Finalmente, el documento aborda los casos de pacientes en tratamiento con anticoagulantes orales de acción directa, tales como dabigatran, rivaroxaban, apixaban y edoxaban. En estos casos, el texto sugiere “evitar el pico máximo del fármaco en sangre, administrando la vacuna antes de la toma de la dosis correspondiente”. De hecho, en ningún caso se desaconseja la interrupción de la medicación anticoagulante o  antiagregante para recibir la vacuna de Pfizer.