Otro ´bichito´ que cambia la historia


  • Editorial Univadis
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Desde la antigüedad hasta mediado el siglo XX la población mundial se ha regulado a través de las guerras y de las epidemias, sin olvidar que las condiciones socio-sanitarias hasta la mitad del siglo XX distaban mucho de las actuales. Esto se refleja en la esperanza de vida media al nacer a nivel mundial, que en el siglo XIX era de 30-40 años y actualmente está por encima de los 80 años en los países miembros de la OCDE. El cambio en la esperanza de vida y la consecuente superpoblación mundial se deben a la ausencia de grandes guerras desde 1945, a la mejora de los sistemas sanitarios y a que no había una pandemia devastadora desde hace un siglo. No olvidemos que, aunque en los últimos años estábamos muy preocupados por las enfermedades cardiovasculares, hasta hace unas décadas la principal causa de mortalidad mundial eran las infecciones, muchas causadas por grandes plagas (pandemias), como la peste o la gripe. Una vez mas, un bichito cambia la historia.

Las grandes epidemias de peste fueron letales, diezmando en más de una ocasión la población europea. Aunque no todas las pestes de la historia estaban causadas por la Yersinia pestis, era habitual denominar peste a una epidemia altamente contagiosa y potencialmente mortal. La verdadera peste se contagia a través de la picadura de la pulga de la rata (y de otros pequeños mamíferos y roedores), la Xenopsylla cheopis, pero una vez iniciada la epidemia, su principal fuente de transmisión era de humano a humano a través de la tos expectorante y de las gotas de Flügge. Existían casos leves, otros en los que predominaban los fenómenos trombóticos (peste negra), la afectación ganglionar (peste bubónica), síntomas respiratorios (peste neumónica) o neurológicos. La mayor epidemia de peste de la historia estalló entre 1346 y 1347, y en ella falleció, según algunas fuentes, casi la mitad de la población europea. En su momento se dieron múltiples interpretaciones sobre su posible causa: corrupción del aire por materia orgánica en descomposición (miasmas), origen astrológico, geológico (efluvios tóxicos), cólera divina por los pecados de la humanidad o que estaba producida por los otros, aquellos que eran diferentes, como los judíos, los extranjeros, los leprosos y otros sujetos peligrosos. Unas interpretaciones que cambiaron la forma de vivir de la Europa medieval.

En cuanto a la gripe española, pudo segar la vida de cerca de 40 millones de personas, el 5% de la población mundial, falleciendo muchas más personas que en la Primera Guerra Mundial. Se la bautizó como gripe española porque, al no participar en la Gran Guerra, España aportó muchos datos y, sobre todo, sin censura. La gripe española tuvo lugar entre la primavera de 1918 y el primer trimestre de 1919 y estaba causada por el virus influenza tipo A-H1N1. Se originó en una cepa aviar transmitida a los humanos, detectándose el caso 0 en un campamento del ejército estadounidense en Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918. Estados Unidos se estaba preparando para enviar un gran número de soldados a la Gran Guerra, por lo que inicialmente no se le prestó mucha atención a la gripe; pero cuando el continuo y rápido movimiento de tropas la extendió ya era tarde. Desde 1919, y a pesar de la vacunación, la gripe continúa truncando la vida de miles de personas por todo el mundo. 

Algunos quisieron ver en el VIH la nueva y temida pandemia. Desde su aparición en 1981 han muerto más de 35 millones de personas a causa del VIH y todavía hay millones de infectados, sobre todo en África. Sin embargo, en la actualidad el VIH no es una infección mortal. Con las terapias existentes se ha conseguido cronificarlo y los problemas que plantea para los infectólogos son otros. En el siglo XXI ha habido varias amenazas y todas han quedado restringidas a un área o se han controlado. Los brotes de ébola, virus potencialmente letal y con una elevada tasa de contagiosidad, se ha conseguido circunscribirlos. Respecto a las epidemias víricas, habitualmente de gripe, se han controlado en poco tiempo. La gripe aviar (H5N1) afectó seriamente a aves y en menor proporción a los humanos. El primer brote se produjo en Hong Kong en 1997, ocasionando seis muertes humanas y el sacrificio de millares de aves. El segundo fue en 2003 en el sudeste asiático, extendiéndose por las aves a más de cincuenta países de Asia, Europa y África. Este brote ocasionó millones de casos en aves de corral y varios cientos en humanos. La gripe A (H1N1) apareció en Norteamérica en 2009 y fue en México donde se comunicó el primer caso mortal. Inicialmente se la denominó gripe porcina por tratarse de una cepa habitual en los cerdos. Llegaron a comunicarse casos en 120 países, principalmente en América y Europa.

Si planteamos una perspectiva histórica, vivíamos en el período de la historia más prolongado sin una gran pandemia letal; y sin una gran guerra. Por si fuera poco, el descubrimiento en el último tercio del siglo XIX de los agentes causales de las infecciones, de sus reservorios, fuentes de infección, mecanismos de transmisión y factores de susceptibilidad ha llevado a establecer medidas preventivas y terapéuticas que, conjuntamente con el desarrollo socioeconómico, han disminuido significativamente la incidencia y la mortalidad de las enfermedades infecciosas, sobre todo en los países desarrollados.  El optimismo biomédico llevó a que, hace unas décadas, algunos expertos en Salud Pública pronosticaran que, con la aparición de los antibióticos y de las vacunas, las enfermedades infecciosas desaparecerían o, al menos, dejarían de ser un problema importante de salud.

Sin embargo, la pandemia por COVID-19 nos ha devuelto a la realidad histórica. La medicina actual es extraordinaria en medios, somos capaces de las técnicas más insospechadas (genética, trasplantes, neurocirugía, etcétera), pero un virus, un minúsculo virus, nos pone en jaque. La realidad es que vivíamos en una excepcionalidad histórica y un bichito, una vez más (como con la peste o con la gripe española), modifica la medicina, nuestra forma de vivir y, quién sabe, incluso hasta nuestra manera de ser. Quizá no seamos tan diferentes a la Europa de 1346 o de 1918; o tal vez sí. A propósito de nuestra naturaleza histórica y de la capacidad que tenemos de aprender de los errores, un artículo de Javier Salas, publicado en el periódico El País el 11 de mayo, señalaba: “Hace 100 años y 11 meses, la revista Science publicó un artículo sobre las lecciones de la pandemia de gripe, señalando tres factores que frenaron la prevención: la gente no era consciente de los riesgos que corría, el distanciamiento físico va en contra de la naturaleza humana, y las personas a veces actúan como un peligro, de forma inconsciente, hacia sí mismas y los demás. La ciencia, también la del comportamiento humano, ha avanzado mucho durante este tiempo para proporcionar herramientas que nos ayuden a no cometer aquellos tres errores”. Esperemos que sea así.