Neurociencias: cerebro y medicina


  • Editorial Univadis
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Es habitual escuchar que el ser humano no utiliza el 100% del cerebro; más bien al contrario, pareciera que solo usáramos una pequeña parte (en ocasiones se ha dicho que apenas el 10%). Esta idea se repite desde que, al parecer, la difundiera Albert Einstein en el siglo XIX, aunque también fue atribuida al norteamericano William James. Este pensamiento mágico, que nos hace soñar con capacidades inauditas, ha sido refutado por la neurología científica: una lesión en cualquier parte del cerebro puede tener consecuencias; las neuroimágenes funcionales con resonancia magnética funcional (fRMN), tomografía por emisión de positrones (PET) y tomografía por emisión de fotón único (SPECT) muestran cómo se pueden activar todas las zonas cerebrales ante distintos estímulos y actividades; el sistema nervioso funciona como una gran red neuronal interconectada que precisa de la participación, más o menos activa, de todas las regiones. Estos son, entre otros, algunos de los argumentos que indican cómo usamos, si no el 100%, al menos casi todo el cerebro.

Sin embargo, aunque utilicemos la mayor parte del cerebro, es cierto que existe un enorme desconocimiento sobre cómo funciona. Dejando a un lado la discusión sobre la relación entre cuerpo y alma, que podría reducirse a la relación entre cerebro y mente (ocuparía varios editoriales analizar si el sistema nervioso produce el pensamiento y la vida espiritual, si es su soporte o si son entidades en continua interacción), sí merece la pena conocer un poco más el órgano que más nos diferencia del resto de los mamíferos y que tanta gloria dio a nuestro Premio Nobel más notorio, Santiago Ramón y Cajal.

Las neurociencias engloban el amplio abanico de conocimientos científicos relacionados con el estudio del sistema nervioso. Realmente deberíamos concretar que se trata del estudio del sistema nervioso central, aunque éste sea inseparable del periférico. Muchos autores llegan a circunscribir las neurociencias, ahondando en la simplificación, al estudio del cerebro. La complejidad del cerebro, por su arquitectura topológicalaberíntica y su estructura jerárquica, así como por su funcionamiento en redes paralelas y al mismo tiempo interconectadas, le dota de una sofisticación única entre los seres vivos; en ocasiones ha sido caracterizado como un conjunto de neuronas organizadas en microrredes y macrorredes de trabajo.

Es importante incidir en la pluralidad del término neurociencias, porque la ciencia del cerebro abarca enfoques y saberes muy diversos: anatomía, función, bases biológicas (la neurobiología), ontogénesis y filogénesis, patología, su relación con la conciencia, con el lenguaje y el aprendizaje, con la vida y la actividad humana (sentimientos, pulsiones, memoria, etcétera), con la psicología (rama que ha dado varias corrientes: psicobiología, neurociencia cognitiva, psicología cognitiva, neuropsicología) y con el comportamiento, aterrizado, por último, en la vida moral, una parcela que se ha denominado neuroética. El estudio del sistema nervioso no parece tener límites, hasta el punto de que el filósofo Javier Sádaba ha realizado un ensayo sobre neurorreligión que, esencialmente, consiste en el estudio de las bases neurológicas de la experiencia religiosa. Como vemos, las neurociencias se han expandido rápidamente, más allá de sus raíces en las ciencias biológicas, en diversas áreas de las ciencias naturales, sociales y humanas. Esta expansión ha llevado a formas sofisticadas de plantear los vínculos entre el cerebro, la psicología, el comportamiento y la vida social. Una ventana de oportunidades, pero que no está carente de problemas.

Los saberes derivados de las neurociencias parecen inabarcables y, si no podemos observarlos a vista de pájaro para obtener una visión global, tanto conocimiento podría escurrirse de nuestras manos y, finalmente, carecería de utilidad práctica. Por este motivo resulta esencial esforzarse en obtener una visión de conjunto. No se trata solo de describir (la biología, la anatomía, la función, la relación con el comportamiento y las decisiones, con las emociones, con la vida social, etcétera), sino de poder comprender y extraer conclusiones prácticas. Eso sí, para conseguir esta visión de conjunto se precisa el concurso de neurólogos, psicólogos, filósofos, lingüistas, biólogos… y quién sabe si incluso de magos. 

¿Cómo están afectando las neurociencias a la medicina? Ciertamente inciden sobre ella de formas muy diversas. Para visualizarlo expondremos algunos ejemplos. Las pruebas de neuroimagen funcional (fRMN, PET) han aportado abundante información sobre las bases neuronales, fisiológicas (flujo sanguíneo) y metabólicas de numerosas funciones mentales, tanto en sujetos sanos como en pacientes neurológicos y psiquiátricos. Esto ha permitido diseñar propuestas terapéuticas basadas en la psico-neurocirugía, la estimulación cerebral profunda y la psicofarmacología, intentando mejorar funciones cognitivas y afectivas. Un ejemplo: la decodificación de los mecanismos neuronales subyacentes a la memoria operativa (regiones fronto-parietales, incluidas las cortezas prefrontal, cingulada y parietal) ha ayudado a optimizar los programas de rehabilitación de pacientes con deficiencias en la memoria operativa, realizándose intervenciones neurofisiológicas y psicológicas. Y existen también evidencias sobre las regiones involucradas en la empatía-contagio emocional, y así mismo sobre cómo la oxitocina influye en el comportamiento prosocial, mitigando el estrés social.

Si damos un paso más, se están describiendo las bases neuronales del comportamiento y de nuestras acciones, lo que para muchos supone un cuestionamiento de la propia naturaleza humana, de nuestra libertad y responsabilidad individual. El términoneuroéticase atribuye a William Safire, periodista ganador del Premio Pulitzer. A principios de siglo Safire la caracterizaba como “el estudio de las cuestiones éticas, legales y sociales que surgen cuando los descubrimientos científicos sobre el cerebro conducen a prácticas clínicas, interpretaciones legales y políticas sanitarias y sociales”. Es conocido el trabajo liderado por Joshua Greene en 2001, en el que examinaba con fRMN la respuesta cerebral ante dilemas morales: por ejemplo, si se atropella a cinco personas con un tren si no se hace nada, o bien si se desvía el tren con una palanca atropellando solo a una (pero se “ha hecho algo”: accionar la palanca). Según los autores, en los sujetos que actuaban más racionalmente se activaban regiones cerebrales distintas de las de aquellos que decidían más emocionalmente. Veamos cómo puede salpicarnos todo esto con un ejemplo práctico, el consentimiento informado, un acto que afecta a la práctica clínica pero también a la ética y al ámbito legal. Han sido investigados los procesos psicológicos y neuronales del consentimiento informado, describiéndose las zonas cerebrales afectadas durante la información y la toma de decisiones, hasta el punto de haberse presentado en juicios pruebas de neuroimagen para probar que el consentimiento del paciente no era adecuado. 

A pesar de todo lo descrito, el cerebro sigue siendo el más complejo y menos entendido de todos los órganos del cuerpo humano. Y no olvidemos que la historia de la medicina nos ha enseñado cómo la alteración cerebral, a través de cirugía, estimulación o de intervenciones farmacológicas, puede afectarnos tanto de manera positiva como negativa. Por todo ello, desde este editorial señalamos que, siendo conscientes de que es un ámbito enormemente complejo y esencialmente interdisciplinar, es importante que los médicos estemos informados sobre las aplicaciones de las neurociencias a la medicina. Pero, al mismo tiempo, realizamos un llamamiento a la responsabilidad, ya que resulta enormemente atractivo pensar que podemos relacionar la actividad neuronal con las emociones o con la toma de decisiones. Pero, si no conducimos adecuadamente esta avalancha de conocimientos, corremos el riesgo de generar confusión y de dejar a un lado el trabajo por y para la salud de las personas, objetivo princepsde nuestra profesión.