Navidad 2.0: besos y abrazos rotos

  • Dr. Miguel Álvarez Deza

  • Editorial
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La población asiste desconcertada a este lío de nuestros representantes políticos sobre lo que se puede o no hacer en medio de una colección de normas parciales y cambiantes. Lo peor es que no sabemos cuál es la última decisión que nos afecta, pero lo que sí está claro es que esta navidad será totalmente diferente a las celebradas hasta ahora y nos va exigir que renunciemos a besos, abrazos y caricias.

El tacto es uno de los primeros sentidos que desarrollamos al nacer. Un sentido primitivo que comienza cuando se coloca al bebé recién nacido sobre su madre creando el contacto piel con piel. Una sensación que provoca en el bebé seguridad, calma y que ahuyenta los miedos. Y una necesidad como animales sociales que mantenemos de adultos.

El sentido del tacto juega un papel muy importante en nuestras vidas. Los estudios han demostrado que existen importantes beneficios para la salud gracias al contacto físico.
¿Acaso no es cierto que un abrazo genera una sensación de bienestar ante una situación que provoca tristeza? Al producirse este contacto, se incrementa la producción de serotonina, dopamina y oxitocina, hormonas esenciales para el bienestar. Disminuye la producción de cortisol y aumenta la producción de linfocitos, que son la primera línea de defensa del sistema inmune.

Por esta razón, se ha empezado a hablar del “hambre de piel”, aunque es difícil adelantar cómo se podrán revertir sus consecuencias y de la influencia que tendrá en nuestra salud física y mental en el futuro.

El “hambre de piel” no es una forma de hablar, una frase hecha, sino un fenómeno neurofisiológico que explica por qué la falta de contacto acrecienta el malestar psicológico que ya venía ocasionando la pandemia y está afectando a la salud mental de tantas personas.

Sobre todo si ese contacto se interrumpe de manera repentina, como les sucedió a muchas personas con la llegada de la pandemia. Sus cuerpos estaban habituados a unas ciertas relaciones a través del tacto y pueden haber sufrido una especie de síndrome de abstinencia y, en consecuencia, experimentar malestar, estrés, ansiedad, angustia, sensación de soledad y tristeza.

Las personas mayores y los niños, son dos de los colectivos más perjudicados por esa falta de relación que conllevan las restricciones por la pandemia.El problema no es sólo no tocarse, es la acumulación de renuncias, cómo se han roto los hábitos...

Sin embargo, los seres humanos tenemos una increíble capacidad de adaptación, lo que se conoce como plasticidad neuronal y responde a la capacidad que tenemos para adaptarnos al entorno y cambiar los hábitos.

¿Y qué podemos hacer en esta Navidad 2.0?

Pues hemos de transmitir con palabras lo que el cuerpo no puede comunicar a la espera de que las manos y los brazos puedan volver a hacerlo.

Tenemos que expresar los sentimientos, las muestras de cariño y de agradecimiento con palabras. Comunicar el deseo de dar un abrazo, un beso, una caricia u otro gesto.
Utilizar las miradas para descubrir esos pequeños gestos que nos permitirán saber qué está sintiendo la otra persona.  Reforzar el contacto físico con las personas con las que convivimos. Y sonreír siempre. 

No podemos bajar la guardia porque la mejor vacuna que tenemos y funciona continuamos siendo nosotros. Nos tenemos que reunir sólo con los convivientes, con los que tratamos a diario. El año que viene será el nuestro, sin duda. Feliz Navidad.


Que el calendario no venga con prisas
Que gane el quiero la guerra del puedo
Que los que esperan no cuenten las horas
Que el fin del mundo te pille bailando
Que las verdades no tengan complejos
Que las mentiras parezcan mentira
Que no te compren por menos de nada
Que no te vendan amor sin espinas
Que no te duerman con cuentos de hadas…

(Noches de boda, J. Sabina)

El Dr. Miguel Álvarez Deza es médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública.