Miedo a la enfermedad


  • Editorial Univadis
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Posiblemente lo más temible para todos es la enfermedad. En la Regla 32 de El Arte de Ser Feliz, Arthur Schopenhauer señala cómo “Al menos nueve décimos de nuestra felicidad se basan únicamente en la salud”, y por ello la amenaza de su ausencia puede ser aterradora. Es habitual oír que “el miedo es libre” y, si lo que amenaza es la enfermedad, más que libre habría que decir que “el miedo es seguro”.

Muchos de nuestros pacientes y, por qué no, también nosotros o nuestros seres queridos, están aterrados ante la posibilidad de convertirse en pacientes. Y no tiene por qué tratarse de una enfermedad grave o mortal: para muchos sólo convertirse en enfermos (ser diabético o hipertenso), ya es un drama. Intentaremos aproximarnos a los temores de nuestros pacientes a través de la sabiduría popular y de la ciencia de los sabios.

El miedo es libre (anónimo). Es cierto que unos temen a las arañas y otros a los espacios cerrados, algunos los vuelos en avión y muchos a los reptiles. El miedo es libre parece significar que cada uno teme lo que quiere, pero esto no es así. Si fuera así, elegiríamos no temer nada. Es cierto que el miedo tiene un componente irracional y que varía mucho de una persona a otra, pero de ahí a afirmar que cada uno escoge sus propios miedos corre un largo trecho. Si nos acercamos a la medicina, ya adelantábamos cómo esta libertad ante el miedo se reduce aún más, porque es raro encontrar a alguien que no tema estar enfermo. Miedo al dolor, a depender de los demás, a no poder seguir trabajando, a morir, a los efectos secundarios. El paciente lleva muchos miedos a cuestas, y el médico debe ayudarle a sobrellevar esta pesada carga.   

En la vida no hay nada que temer; sólo hay que comprender (Marie Curie, 1867-1934). La científica polaca y francesa, la primera investigadora en recibir el Premio Nobel en dos especialidades diferentes, señala cómo ante el miedo lo primero que tenemos que hacer es comprender. Hacer lo posible por saber y entender qué sucede. Los médicos tenemos que explicar y dar información para que los enfermos sepan qué pueden esperar, porque El peor miedo es a lo desconocido (anónimo).

Lo único que debemos temer es el temor mismo (Franklin D. Roosevelt, 1882-1945). El carismático presidente de los Estados Unidos, bajo cuyo mandato los aliados vencieron en la Segunda Guerra Mundial, manifiesta la importancia de tener mecanismos de afrontamiento para que el miedo no nos gobierne. Tener miedo es inevitable, pero esto no significa que haya que resignarse. Una vez que hemos informado y explicado a los pacientes, hay que ayudarles a que se enfrenten a sus temores y aprendan a superarlos. Si no es así, por mucha información que facilitemos, encontraremos que el paciente estará cada vez más atemorizado.  Como señaló el popular pianista judío Byron Janis (1928-), víctima de una artritis precoz por la que tuvo que abandonar el piano, El miedo cultiva miedo

Nadie ama al hombre que teme (Aristóteles, 384-322 a.C.). El filósofo griego, para muchos sencillamente El Filósofo, con mayúsculas, educador de Alejandro Magno y maestro de maestros, diferencia entre hacer las cosas por amor y obedecer por miedo. Si tenemos miedo a alguien, mientras estemos obligados le haremos caso, pero en cuanto haya oportunidad saldremos corriendo. Es importante que los enfermos confíen en nosotros y, en la medida de lo posible, que nos aprecien. El médico, además de informar y dar herramientas para afrontar la situación, tiene que ser empático. Ponerse al lado del paciente y hacerle saber que le comprende. Está más que demostrado que una buena relación clínica mejora la adherencia, el cumplimiento terapéutico y, por tanto, si es así nuestra intervención será más exitosa.  Si los enfermos nos hacen caso sólo por temor a una reprimenda, tendremos que pensar si en lugar de bata debiéramos llevar porra y esposas.

Es más fácil ser valiente desde lejos (Esopo, siglo VI a.C.). Es conocida la sabiduría del fabulista griego, autor, entre otras muchas parábolas, de La zorra y la cigüeña. Con frecuencia los médicos no estamos preparados para informar, hacer comprender o ser compasivos, por lo que puede resultar más fácil evitar al enfermo: evitar sus ojos, sus lágrimas, su mirada; evitar su miedo. Aunque suene a trabalenguas: el cuidador debe ser cuidado para que pueda cuidar. Los médicos tenemos que aprender a estar cerca de los enfermos, aunque muchas veces no sea sencillo (los más jóvenes porque no saben y los experimentados porque se han cansado), siendo necesario que nos formen y que también nos cuiden. No podemos olvidar que, de cerca, el miedo es menos temible.

La visión más valiente de la vida es ver a un hombre luchando contra la adversidad(Seneca, 4 a.C.-65 d.C.). El pensador hispanorromano sabía mucho sobre el miedo. En sus libros lo muestra y en vida lo experimentó, hasta el punto de acabar sus días suicidándose por temor a Nerón. Los médicos tenemos que mostrar admiración ante la actitud de la inmensa mayoría de los pacientes, quienes a diario nos dan lecciones de entereza y valentía. Cuántas veces hemos pensado: “yo no soportaría esa noticia” o “no sé cómo es capaz de afrontar así su enfermedad”. Aunque, como hemos visto, tenemos mucho que hacer por los pacientes (informar y ayudar a sobrellevar, ser compasivos, estar cerca), ellos también nos enseñan y ayudan.

Acabaremos volviendo a la Regla 32 de El Arte de Ser Feliz: "Compárese la manera en que se ven las mismas cosas en días de salud y alegría y en días de enfermedad. Lo que produce nuestra felicidad o desgracia no son las cosas tal como son realmente en la conexión exterior de la experiencia, sino lo que son para nosotros en nuestra manera de comprenderlas”. La enfermedad en sí no es temible, lo es la forma de entenderla y vivirla, y los médicos tenemos la obligación de ayudar a los enfermos a comprenderla mejor.