Médicos. Sin apellidos


  • Editorial Univadis
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Durante la epidemia reciente de COVID-19 sólo ha habido un tipo de médicos: los que peleaban por sacar adelante a los enfermos. Muchos médicos sueñan con especializarse, con ser muy buenos en algo concreto. Más aún, con ser los mejores en algo específico dentro de lo concreto. En suma, con ser super-mega-especialistas. La especialización y superespecialización es muy valiosa y aporta cantidad de conocimientos en determinadas condiciones y patologías. Pero si nos enfrentamos a una enfermedad sistémica que se presenta en forma de epidemia no se necesitan megaespecialistas; se necesitan, sencillamente, médicos.

La desdichada necesidad de médicos, sin apellidos, ha hecho que muchos especialistas recuerden la esencia de su profesión, que otros hayan aprendido qué es la clínica, otros han valorado más a los compañeros y también ha habido quienes se han reencontrado con la profesión. Comenzando por los primeros, los que han recordado la esencia de su profesión, ha habido muchos cardiólogos, pediatras, reumatólogos o neurólogos que han vuelto a ver enfermos como médicos y no como especialistas. No los han tratado por ser cardiólogos o endocrinos, sino por ser médicos, por aquello que los llevó a estudiar la carrera de Medicina hace tantos años. Porque al principio los estudiantes de Medicina desean ser médicos, y es más adelante cuando eligen el tipo de médico en el que se convertirán. En estos meses muchos especialistas han vuelto a entrar en contacto con la esencia de su profesión. Se han conectado con Hipócrates y con Galeno, con Marañón y con Sir William Osler. 

Otros, decíamos, han aprendido qué es la clínica. Esto ha sucedido con los especialistas provenientes de los servicios básicos. Muchos radiólogos, médicos nucleares o patólogos se han tenido que enfrentar, en ocasiones por primera vez, a un enfermo, a la incertidumbre de la clínica. Han entendido mejor por qué los clínicos solicitan una determinada prueba, lo importante que es que ésta se realice pronto y bien, y la trascendencia de su resultado. Ana, una joven patóloga, nos dice cómo “nunca había pensado que esto me pasaría. Hice anatomía patológica precisamente para no tener que ver enfermos. Y mira ahora… Pero me alegro. No es tan horrible como pensaba y se entiende mucho mejor lo que nosotros y los clínicos hacen.  Está siendo una experiencia muy positiva”. Algunos de ellos hicieron una segunda especialidad precisamente para huir de la clínica y se han visto de nuevo con el fonendo colgado del cuello. Este es el caso de Juan, médico de familia que repitió el MIR y se especializó en Medicina Nuclear. No obstante, Juan dice que “lo recordaba peor. En realidad es bonito ver enfermos. Creo que de vez en cuando todos deberíamos ver enfermos (entre risas), como los suizos que, de vez en cuando, reciben instrucción militar para no olvidarla. En serio, la Medicina no se entiende sin el enfermo”.

El tercer grupo son los médicos que han valorado más a los compañeros, la mayoría de especialidades quirúrgicas y médico-quirúrgicas. Estas especialidades suelen gozar de más prestigio social que las especialidades clínicas, sobre todo si nos referimos a las especialidades generalistas (medicina interna, medicina de familia, geriatría, etc). Cirujanos y médico-quirúrgicos han colaborado en la epidemia de la mejor manera que han podido: llamando a las familias, escribiendo historias clínicas, realizando informes de alta o ayudando en salud laboral. Y también ha habido urólogos, otorrinos o cirujanos vasculares viendo enfermos con COVID-19. Alfredo, traumatólogo vocacional, cuenta cómo “pensaba que los internistas y los geriatras se dedicaban a marear la perdiz, y los que realmente solucionábamos los problemas éramos nosotros, los cirujanos. Al trabajar con ellos y no al revés, ellos con nosotros, que es a lo que estaba acostumbrado, me he dado cuenta del trabajazo que hacen. Chapeau por ellos”. Todos somos importantes, habría que decirle a Alfredo: médicos de familia, traumatólogos y oftalmólogos.

El último grupo son los que se han reencontrado con la profesión. Este es el caso de muchos especialistas que han estado desde el principio en primera línea, liderando equipos y manejando la enfermedad, como los médicos de familia y de urgencias, los internistas e intensivistas, los infectólogos, neumólogos o los geriatras. Ya fuera en los domicilios, en Atención Primaria, en las residencias, en urgencias o en el hospital, todos ellos y sin excepción se convirtieron de un día para otro en la pieza clave del sistema, en la pieza sin la cual el engranaje dejaba de funcionar y se caía el edificio. No se trata de que se hayan sentido más valorados y respaldados por los compañeros y por la sociedad, sino que muchos de ellos, hastiados por las rutinas o dedicados a tareas no asistenciales, se han reencontrado con la Medicina. Pedro, internista con más de 25 años de experiencia profesional, explica: “No lo dudé. En cuanto todo esto comenzó me metí de lleno en el hospital, como uno más. He vuelto a ver enfermos como cuando era residente, con el mismo entusiasmo y ganas. Es verdad, ha sido muy duro, pero esta experiencia en gran medida me ha reconciliado con la profesión”.

Todas estas experiencias no pretenden decir que la epidemia ha sido algo positivo: ha sido un horror. Únicamente muestran cómo, en los momentos difíciles, los médicos damos un paso adelante y nos convertimos sencillamente en eso: en médicos. Sin apellidos ni super-supra-mega-especialidades. La crisis nos ha puesto frente al espejo y nos ha devuelto a aquel momento de hace tantos años en el que, tras la selectividad, escribimos en la instancia de acceso a la universidad en primer lugar: Licenciatura en Medicina y Cirugía.