Médicos por (y para) el mundo


  • Editorial Univadis
El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados. El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados.

Guillermo Vázquez fue durante años el jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Virgen de las Nieves, en Granada. Tras jubilarse comenzó a trabajar en países asolados por la guerra y en selvas inhóspitas atendiendo a enfermos que necesitaban un médico. Porque no sólo se necesitan médicos en España. La medicina tiene como objetivo la atención de los enfermos, el cuidado de su salud; y las fronteras no dejan de ser artificiales, la enfermedad no entiende de fronteras y los médicos tampoco deberíamos hacerlo. En una entrevista, Guillermo Vázquez cuenta cómo ha estado “en consultorios, por llamarlos de alguna manera, en los que, tres enfermeros africanos y yo, hemos atendido a 400 y 500 enfermos diarios. Gente con malaria, anemias, neumonías, diarreas... todo tipo de enfermedades. He visto a mujeres que no se han puesto zapatos en su vida y a muchos niños morir desnutridos. Allí no se hacen analíticas, ni pruebas, ni hay escáner... la medicina se practica a pelo, y tratamos de curar a ojo de buen cubero. Acabamos hechos trizas después de estar trece y catorce horas seguidas viendo enfermos. Es agotador. ¿Sabes lo que he aprendido? A no quejarme”.

Otros ni siquiera esperan a la jubilación. Manuel Millán fue médico rural durante 36 años en el Centro de Salud de Brihuega (Guadalajara). Decidió jubilarse anticipadamente porque no podía realizar la acción de voluntariado que quería si no dejaba el trabajo: “me jubilé para poner algunos meses de mi vida al servicio de los demás”. Se trasladó al sur de Camerún para atender a enfermos con escasos recursos, muchos menos que los que tenemos aquí: “Era el momento de cerrar el capítulo de ir todos los días a trabajar, de dejar el sistema occidental”. Para recorrer el mundo ayudando como médicos no se nos pide ninguna especialidad, solamente tener formación, las ideas claras y ganas de trabajar. Manuel Millán reclama la importancia de los médicos rurales como cooperadores: “tenemos el mejor perfil para ir a colaborar a sitios donde hay pocos recursosya queno sabemos mucho de nada, pero sabemos un poco de todo”, ideal para colaborar en lugares con pocos medios.

La idea romántica del médico recorriendo el mundo, o que se marcha a vivir a otro país para ayudar a las personas más necesitadas, resulta tremendamente atractiva, por lo que ha sido protagonista de relatos, novelas, documentales y películas. Muchos largometrajes han mostrado la labor de estos médicos: gotas de agua en un inmenso océano, un trabajo hecho con devoción en medio de realidades corruptas difíciles de cambiar, la doble moral de las potencias occidentales respecto a los países en vías de desarrollo, etcétera. El cine ha sido testigo de esta actividad solidaria: en Amar peligrosamente (2003) el Dr. Nicholas Callahan (Clive Owen) recauda dinero en Inglaterra para poder atender a niños africanos sin recursos; en Lágrimas del sol (2003) la infatigable Dra. Kendricks (Monica Bellucci) lidera una misión humanitaria en Nigeria después de una guerra civil;Un buen hombre en África (1994) sitúa la trama en pleno colonialismo europeo, con el Dr. Murray (Sean Connery) un médico dedicado desde hace años al cuidado de los nativos y que denuncia las contradicciones y el doble juego de la diplomacia europea. Incluso el cine clásico mostró atención por estos médicos aventureros: en Adivina quién viene a cenar (1967) el Dr. John Prentice (Sidney Poitier) es un idealista médico afroamericano dedicado a tareas humanitarias en organismos internacionales que deberá luchar en su propio país contra los prejuicios raciales. 

El pediatra Iñaki Alegría, fundador de la ONG Alegría Sin Fronteras y director médico del Hospital General Rural de Gambo (Etiopía), ha publicado recientemente en El País el artículo Consejos que habría agradecido antes de “ir de cooperación”. Iñaki Alegría explica cómo la solidaridad mal entendida puede perjudicar más que hacer bien. La medicina humanitaria no es ir a tener una experiencia, sino ir a trabajar, para lo que es fundamental tener una formación específica. Los médicos que marchan a trabajar en países pobres han de saber que no van de turismo, por lo que hay que “evitar el postureo, el voluntarismo, y para ello te recomiendo ir sin cámara de fotos y sin móvil, ser capaz de no tomarte ni una foto”. El cooperante simultanea el idealismo intrínseco a nuestra profesión con el egoísmo intrínsecamente humano, la ayuda a los más necesitados con la búsqueda de resultados inmediatos y de su realización personal. Una vez más, el cine lo relata. En El último Rey de Escocia (2006) el Dr. Nicholas Garrigan (James McAvoy) es un joven médico escocés que viaja a una Uganda precaria y convulsa para ayudar al Dr. Merrit (Adam Kotz). Acaba de finalizar la carrera de medicina y quiere vivir la experiencia africana. Cuando se aburre del hospital, abandona su puesto y se marcha a trabajar con Idi Amin (Forest Whitaker), el nuevo tirano del país. 

En el libro Blanco bueno busca negro pobre el antropólogo barcelonés Gustau Nerín i Abad es crítico con la cooperación al desarrollo. Considera que después de 50 años ha fracasado y se ha convertido en una causa inútil: “El continente africano es un inmenso cementerio plagado de proyectos abandonados”, por ejemplo, de hospitales que nunca llegaron a ser inaugurados. Según Nerín, a pesar de que en occidente la acción humanitaria se presenta como la solución a todos los problemas africanos, en realidad “la mayoría de los ciudadanos no sabe nada de lo que pasa en África, y no lo sabe, básicamente, porque no le importa demasiado”; y critica las vacaciones humanitarias: “los voluntarios se ofrecen insistentemente a los organismos de ayuda para pasar un mes excavando pozos, organizando juegos infantiles o atendiendo a enfermos en un hospital, en cualquier rincón del mundo, cuanto más lejos mejor. Hay ONG que los aceptan y otras que incluso diseñan proyectos especiales para ellos. Estos ´cooperantes de verano´ aprovechan la ´experiencia para hacer una rápida inmersión en la cultura africana”.

Medicina humanitaria y médico cosmopolita son epítetos, ya que son adjetivos que recalcan características inherentes y consustanciales tanto a la medicina (humanitaria) como a los médicos (cosmopolitismo). Los médicos que dedican sus vidas, o parte de ellas, a la atención de quienes más lo necesitan, sea en Uganda, India o Bolivia, tienen todo nuestro reconocimiento, porque cumplen con su trabajo en los lugares donde más se necesita. Pero otro epíteto es médico profesional: el médico tiene que ser riguroso y serio con su labor, sea en África o en la UCI de un hospital de Valencia. Todos trabajan con el mismo mínimo común denominador: enfermos necesitados de atención.