Médicos mártires


  • Editorial Univadis
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Desde la segunda semana de marzo el recuento de infectados, enfermos y muertos por COVID-19 inundaba las noticias. La retahíla diaria de cifras sobre la enfermedad se convirtió en una obsesión para todos: ¿hasta cuánto ascenderán los muertos? ¿cuándo comenzará a disminuir la maldita cifra de afectados y fallecidos? Paralelamente había otra cifra igualmente desesperanzadora: el número de médicos y sanitarios afectados y gravemente enfermos. España ha contado con el dramático porcentaje de más sanitarios infectados, por tanto con la mayor proporción de sanitarios enfermos y, finalmente, de fallecidos. El 12 de abril se registraban 23 médicos muertos por COVID-19 (14 de ellos de Atención Primaria), cifra que ascendía a 44 el 7 de mayo y que actualmente si sitúa posiblemente por encima del medio centenar.

En un estudio realizado el 5 de abril, en plena efervescencia de la epidemia en España, se llevó a cabo una búsqueda en Google utilizando como palabras clave médico, muerte, COVID, COVID-19 y coronavirus. Como puede intuirse, se encontraron muchos menos fallecidos de los reales, ya que se detectaron únicamente los que aparecían noticiados en internet. No obstante, el estudio aporta luz sobre las características de estos héroes convertidos en mártires contemporáneos. Se encontraron 198 muertes de médicos por COVID-19, con una edad media de 63,4 años y un rango de 28 a 90 años. El 90% de ellos eran varones, y en cuanto a su actividad profesional destacan los médicos de familia (generales) y de urgencias (78), internistas (11), anestesistas (6) y neumólogos (5), constituyendo estas especialidades el 52% de los fallecidos. Otras especialidades afectadas eran medicina preventiva (4), enfermedades infecciosas (4), oftalmología (7) y odontología (9). El país con más muertes de médicos reportados fue Italia (79), seguido de Irán (43), China (16), Filipinas (14) y Estados Unidos (9). España aportaba sólo 6 casos.

El creciente fallecimiento de médicos asistenciales ha llevado a que el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM) haya puesto en marcha el Observatorio de Médicos afectados por la COVID-19. A través de un cuestionario anónimo los colegiados pueden incluir en el registro información sobre los médicos fallecidos. El observatorio pretende valorar el impacto del COVID-19 en los médicos, para así poder afrontar mejor nuevos brotes o futuras pandemias;  así mismo, el registro puede facilitar la puesta en marcha de acciones profesionales, laborales, jurídicas y hasta de protección social para los profesionales o sus familias.

Médicos de todas las especialidades pueden morir por COVID-19, desde psiquiatría hasta urología, pero los que atienden a pacientes infectados tienen mayor riesgo de contagio y, por tanto, de morbi-mortalidad. Otro grupo de riesgo son los que trabajan con las vías respiratorias y con las secreciones: otorrinolaringólogos, intensivistas, anestesistas, odontólogos y oftalmólogos. Estos últimos trabajan durante largos períodos en contacto con las secreciones oronasales, bien al realizar oftalmoscopias o con otro tipo de exploraciones. El virus se transmite por las lágrimas y los oftalmólogos manipulan los conductos nasolagrimales. Basta recordar al Dr. Li Wenliang, el oftalmólogo chino que en diciembre de 2019 alertó por primera vez al mundo sobre un posible brote de una enfermedad parecida al síndrome respiratorio agudo grave, y que murió por COVID-19 con sólo 33 años. Los dos oftalmólogos que ocuparon el lugar del Dr. Li Wenliang pasaron el COVID-19. 

Las muertes de médicos por COVID-19 varían entre países, debido al momento del brote de la epidemia, a la variación en los recursos de protección (y en su entrenamiento), así como por las políticas y controles públicos para el cumplimiento de la cuarentena y del distanciamiento social, de uso de mascarillas y por la cantidad de pruebas realizadas, sin olvidar los diferentes hábitos culturales relacionados con el saludo y con las relaciones sociales. 

En el estudio nombrado, se señala que la falta de equipo de protección es una causa común de infección y, por tanto, de muerte. Por este motivo resulta trascendente contar con más protección y test para los profesionales. Por otro lado, se ha propuesto excluir a los médicos mayores y con comorbilidades del trabajo de primera línea frente al COVID-19, debiendo ser destinados a tareas de telemedicina, consultoría o enlace. La muerte en el cumplimiento del deber es el último sacrificio del médico, convertido, si es así, y muchas veces de forma innecesaria, en mártir contemporáneo. Ojalá, y si aparece un nuevo brote de SARS-CoV-2 u otra epidemia, estemos más preparados y así evitemos que sigan cayendo, sin necesidad, más mártires.