Médico, sí. Y confesor...


  • Editorial Univadis
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El ser humano ha necesitado desde siempre un confesor, alguien a quien contar los secretos más íntimos. Esta figura la ha simbolizado muchas veces el sacerdote, ya sea por la propia confesión o porque, al ser los representantes del mas allá, han tenido nuestros destinos en sus manos y merecían toda la confianza. La otra figura merecedora de confianza ha sido el sanador. Desde el chamán y el medicine man, hasta los brujos y curanderos, aquel que podía devolver la salud merecía toda la confianza. La sociedad actual ha convertido al médico en el principal confesor. Por una parte, porque nuestra cultura es cada vez más laica y los sacerdotes ya no son referentes indiscutibles, al menos para muchos; y, por otra, debido a que el cientificismo reinante ha desplazado a los sanadores milagrosos a un segundo plano, reconociendo en el médico la autoridad en materia de salud.

Los pacientes confían a los médicos lo más importante para ellos: su salud y el tratamiento de sus enfermedades. Una vez abierta la puerta de la confianza, los enfermos cuentan muchas más cosas que síntomas: miedos, sentimientos, planes, expectativas, esperanzas y un largo etcétera de intimidades. El médico se convierte así en confesor improvisado. En esa persona neutral que no juzga, esa persona tan difícil de encontrar y que todos necesitamos en muchos momentos.

El cineasta José Luis Garci comenta en el documental “Ser médico” (Benjamín Herreros, 2017) que al médico se le cuentan cosas que ni siquiera se comentan con los más íntimos, ni a la mujer ni a los hijos. Garci lo ejemplifica en la oscarizada “Volver a empezar” (1982). Antonio Miguel Albajara (Antonio Ferrandis) es un escritor español que trabaja desde hace 40 años en Estados Unidos. Regresa a Gijón justo después de que le hayan concedido el Premio Nobel de Literatura. Nadie sabe que recientemente le han diagnosticado un cáncer en fase terminal y quiere aprovechar los meses que le quedan de vida. La relación de Antonio con su amigo médico Roxiu (José Bódalo) es nuclear en la película. En una secuencia preciosa, Antonio le confiesa a Roxiu que tiene cáncer y que su esperanza de vida es muy corta. Tras mirar los informes, el amigo médico le confirma el pronóstico. Sólo conocerá su secreto su amigo médico.

Convertirnos en confesores improvisados puede resultar complicado. Por una parte, porque no estamos preparados. En la universidad no nos enseñan a escuchar las intimidades de los pacientes, cómo son sus relaciones sexuales, si se hablan con los hijos o qué piensan sobre su pareja. Escuchar y saber emplear correctamente la confianza de los enfermos en nosotros no es sencillo. Idealmente debemos utilizar la información para mejorar la relación clínica y, si es posible, para optimizar el manejo clínico. Por ejemplo, si un paciente nos cuenta que en quien más confía es en su hijo mayor, es a él a quien debemos dirigirnos si queremos convencer al enfermo de que se realice una prueba que rechaza.

Poniendo otro ejemplo cinematográfico, en “Las confesiones del Dr. Sachs” (1999) el Dr. Bruno Sachs (Albert Dupontel) es un médico rural que atiende a pacientes de todo tipo. Las primeras confesiones, escuchadas antes de aparecer las primeras imágenes, dan una idea de lo que se va a ver a lo largo del largometraje. Durante su desarrollo, contemplamos la praxis cotidiana de este médico de familia especializado en escuchar. Lo que él escucha y vive también lo escuchan y viven los espectadores, testigos directos de sus historias. El Dr. Sachs es delicado y detallista en el trato humano, pero le saturan los sentimientos que le surgen mientras escucha los secretos de sus pacientes. Para descargar su tensión escribe sus vivencias en un diario. Recordemos que en francés maladie (el título original del libro y de la película es La maladie de Sachs) significa enfermedad. Y es que el Dr. Sachs enferma por escuchar las confesiones de sus pacientes. La enfermedad a la que alude el título de la novela, tal y como reconoce su autor, es la angustia que padece el médico por no poder curar el sufrimiento profundo, físico e interior, de sus pacientes.

Otra cuestión por la que es complicado ser receptores de los secretos más inconfesables de los enfermos es porque, como consecuencia, surgen cantidad de conflictos éticos. Resulta tópico traer el ejemplo del paciente con VIH que no quiere decirle a su pareja que es seropositivo, pero hay muchos más casos: enfermos que no quieren que un antecedente narrado al médico conste en la historia clínica, el deseo de no ser atendido por profesionales de determinadas características (sexo, raza o lo que sea) confesado íntimamente al profesional, etcétera.  Si el Dr. Sachs enfermaba por no saber cómo manejar la información contada en la intimidad de la relación clínica, esta enfermedad puede ser aún más grave si se añaden problemas morales como los narrados.

La relación clínica es una situación de particular vulnerabilidad. En ella el paciente expone al médico voluntariamente su intimidad, tanto física como informacional, y muchas veces, además, la decisional. Esta relación asimétrica genera en el profesional una obligación de confidencialidad, entendida como la asunción de la privacidad de la información personal entregada por el paciente y la obligación además de protegerla. A través del secreto médico, el profesional se compromete a no revelar la información obtenida en el transcurso de la relación clínica, tenga o no relación con la salud del paciente. Para que la relación clínica sea satisfactoria y que el médico pueda atender adecuadamente las necesidades de los enfermos, necesita herramientas para poder manejar de la mejor manera la ingente cantidad de información íntima que recibe. ¿Qué tipo de herramientas? Formación en habilidades de comunicación y en psicología de la salud, así como en el manejo de los conflictos éticos que surgen como consecuencia de la relación clínica. Si no posee estas herramientas, acabará como el Dr. Bruno Sachs: enfermo por confesión.