Medicina y religión


  • Editorial Univadis
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La salud y el más allá son dos de las principales preocupaciones del ser humano. Esto ha provocado que la medicina (para el cuidado de la salud) y la religión (como respuesta posible al más allá) hayan estado presentes desde los albores de la historia. La relación entre estos dos ámbitos muchas veces ha sido complicada y, todavía hoy día, mantienen unas conexiones… intensas.

Ya antes del inicio de la medicina occidental, en el siglo V a.C. con Hipócrates, había una fuerte conexión entre medicina y religión. De hecho, estaban prácticamente unidas. En la religión helénica politeísta, Asclepio era el dios de la medicina y en la Grecia arcaica y clásica, con la finalidad de acoger a los enfermos, se construyeron muchos templos en su nombre. Se edificaban en zonas salubres, abundantes en agua, con el objetivo de mantener a los enfermos en las mejores condiciones. Los enfermos, tras realizar una ofrenda a Asclepio, eran recibidos por los sacerdotes, quienes llevaban a cabo la curación. El paciente dormía en el templo y en sueños se aparecía alguna deidad. Al día siguiente relataban el sueño al sacerdote, quien lo interpretaba y aplicaba el tratamiento oportuno, muchas veces remedios sobrenaturales: amuletos, pociones, oraciones divinas, etcétera. Aunque también recomendaban alimentos, ejercicio o medidas higiénicas.

Asclepio no era la única deidad con propiedades curativas, también las tenía Apolo o Panacea (“la que todo lo cura”), hija de Asclepio. La veneración a Asclepio se extendió por toda Grecia y en Roma fue latinizado como Esculapio. No obstante, para entonces la práctica de una medicina científica (realmente pre-científica), al margen de la religión y de lo sobrenatural, ya había comenzado a dar sus primeros pasos. Hipócrates y su escuela se empeñaron en practicar una medicina explicada desde la naturaleza y con remedios naturales, abandonando las explicaciones sobrenaturales. En Roma Galeno reconstruye la medicina hipocrática y así poco a poco vamos entrando en la Edad Media, la época más larga de la historia, marcada, en gran medida, por la religión. 

En la medicina del medievo la religión ejerce una notable influencia. La principal preocupación en la Edad Media era armonizar las creencias religiosas con la ciencia, la filosofía y la medicina. Esto llevó a prohibir aquellas prácticas que pudieran contradecir las verdades de la fe (un ejemplo es la prohibición de las disecciones humanas) y a que aparecieran prácticas curativas ligadas a la religión, como las peregrinaciones en búsqueda de sanaciones milagrosas o las propiedades curativas atribuidas de santos y vírgenes, como antes había sucedido con los dioses del Olimpo. Cuando Philippe Ariés explica las actitudes históricas ante la muerte, tipifica la baja Edad Media como la época de la muerte propia: la influencia religiosa convierte a la muerte en un problema de cada sujeto. Los pecados se castigan y la enfermedad o la muerte pueden ser formas de castigos divinos, lo que llevó a que se culpabilizase a determinados enfermos por el simple hecho de padecer su afección, una noción de la enfermedad que ha tenido una enorme influencia y que aún tiene sus ecos. Sólo hay que recordar la estigmatización que sufrieron los pacientes con sida hace sólo unas décadas. 

La modernidad parece que entierra el oscurantismo medieval, pero no será tan fácil en la medicina. La Santa Inquisición y otras instituciones ponen trabas a los avances médicos, a las disecciones o a las teorías de Miguel Servet. Sin embargo, poco a poco el empirismo comienza a hacer mella y la religión tendrá que aprender a convivir con dos verdades: las verdades de la fe y las verdades de la ciencia, muchas veces difíciles de combinar. Desde la modernidad hasta nuestros días, en gran medida esta es la historia de la relación entre medicina y religión, cómo se ajusta lo que dice la ciencia médica con las creencias religiosas. En general se acepta una independencia entre estas dos facetas, de forma que, mientras los hechos médicos son innegables para todos (judíos, hindúes o cristianos), en la esfera privada cada uno puede tener las creencias que quiera.

Aunque ahora se considera que son esferas independientes, es innegable que las prácticas y normas de las religiones pueden condicionar la medicina, bien por cuestiones morales o porque algunas doctrinas religiosas afectan al ámbito puramente médico. El ejemplo más evidente lo encontramos en los Testigos de Jehová, quienes, en base a determinados textos bíblicos (Levítico 17:14: “No deben comer la sangre de ninguna clase de carne, porque el alma de toda clase de carne es su sangre”), rechazan la transfusión de sangre. Pero si revisamos las cultos mayoritarios, encontramos que todos tienen creencias que influyen en la medicina: católicos que creen que Dios infunde el alma desde la concepción, con las consecuencias que esto tiene respecto a la fertilización in vitro, la investigación con embriones humanos o la interrupción del embarazo; judíos ortodoxos que no aceptan que la muerte ha ocurrido hasta el cese de toda función vital, por lo que niegan la muerte cerebral (y la desconexión de soporte vital en enfermos con diagnóstico clínico de muerte cerebral); o musulmanes que, al reconocer en ciertas condiciones la poligamia, aceptan la gestación subrogada siempre que la "madre de alquiler" sea también esposa del marido que da el esperma para la fecundación in vitro.

Más allá de cómo las creencias y prácticas religiosas influyen en la medicina, hay otros debates que no dejan de suscitar dudas: ¿es correcto que los sanitarios expresemos a los pacientes nuestras creencias? ¿cómo debemos actuar si no estamos de acuerdo con cómo la práctica religiosa de una paciente influye en nuestro tratamiento? ¿debe haber religiosos en las instituciones sanitarias o en los comités de ética? Como para responder a estas preguntas necesitaríamos varios editoriales, haremos una reflexión general. Señalábamos cómo desde la modernidad se va introduciendo poco a poco la idea de tolerancia en todas las facetas de la vida, también en la religiosa. Medicina y religión son dos campos independientes, la primera se escribe con ciencia y la segunda debe quedar en ámbito privado. Sin embargo, aunque sean campos diferentes comparten un enemigo: los prejuicios, que no son buenos ni en medicina ni contra la religión. Tolerar es aprender a respetar al diferente, a quien opina y cree otras cosas.