Más de 10.000 apps sobre salud mental. ¿Cómo evaluar su calidad e idoneidad?


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En las calles de Nueva York se podía ver hace pocas semanas anuncios enormes de una aplicación llamada TalkSpace, que proponía la realización de terapia emocional y de comportamiento a través del teléfono móvil. Se trata de un servicio que promete, sin paliativos, una vida más feliz, y que dice estar siendo ya utilizado por más de un millón de norteamericanos. Dentro de la aplicación puedes elegir un plan, según tus necesidades, escoger un terapeuta e interactuar con él mediante el canal que desees, el propio móvil, el ordenador, o incluso mediante rudimentarios mensajes de texto. Lo llamativo no es tanto la funcionalidad y calidad aparente de la app -que son de lo mejor en su categoría-, sino el hecho mismo de que se anuncie mediante carteles en la vía pública como si se tratara de un producto de consumo más.      

El psiquiatra bostoniano John Torous, junto a un grupo de colaboradores, acaba de publicar un artículo en World Psychiatry (revista oficial de la Asociación Mundial de Psiquiatría), en el que pone de manifiesto cómo los trastornos mentales afectan a una de cada cuatro personas en todo el mundo, y en mucha ocasiones el acceso a los recursos de ayuda sigue siendo un reto. Precisamente por eso, las aplicaciones sobre salud mental se han propuesto romper barreras y ofrecer nuevos modelos de atención para todos aquellos que dispongan de un teléfono móvil.

En el trabajo, sin embargo, se cita el hecho de que aunque ya hay más de 10.000 de esas aplicaciones de salud mental disponibles comercialmente en los repositorios habituales (App Store y Google Play principalmente), no se dedican apenas recursos para controlar la calidad y la idoneidad de estos productos, y por consiguiente existe una necesidad urgente de establecer estándares y metodologías de evaluación para estas herramientas si queremos poder emplearlas con los niveles adecuados de confianza.

Alguien que bucee en esos miles de aplicaciones podrá encontrar algunas que afirman que el trastorno bipolar es contagioso, o que beber licor de alta graduación antes de acostarse es una buena manera de lidiar con un episodio maníaco. Sin duda no es una tarea sencilla para los propios usuarios percatarse de la pertinencia de una aplicación sobre salud mental, y los profesionales se preguntan cómo pueden recomendar con confianza una de estas  herramientas digitales. Comparativamente, es muy fácil diseñar y desarrollar una aplicación móvil y lanzarla para un uso generalizado, de ahí su proliferación en el mercado. Pero crear una herramienta que sea segura y eficaz es harina de otro costal.

Por eso el grupo de Torous quiere promover un cierto consenso entre los equipos profesionales implicados -no sólo médicos u otros sanitarios directamente implicados en salud mental, sino también el de los desarrolladores y expertos técnicos- para poder diseñar esos estándares y principios que permitan una evaluación objetiva de este importante grupo de aplicaciones. Según ellos, como mínimo las normas deben incluir la consideración de asuntos como la seguridad y privacidad de los datos, la efectividad real, la experiencia y/o adherencia del usuario y la integración de los datos en modelos coherentes y escalables.

Las recomendaciones.

A través del intercambio de opiniones entre un diverso grupo de expertos, los autores han identificado cuatro áreas de temas clave en los que argumentan que los estándares mínimos deberían articularse y cumplirse. Sus recomendaciones se resumen a continuación, no de modo exhaustivo:

1. Seguridad y privacidad de los datos.

Las prácticas de almacenamiento, uso e intercambio de datos deben cumplir con los estándares establecidos para los datos de salud que se empleen en cualquier otra utilidad de carácter clínico.
Las normas deben ser siempre transparentes para el usuario.
El usuario final debe tener la opción de excluirse de la posibilidad de compartir su información
Es necesario realizar revisiones y auditorías sobre seguridad técnica e identificación de vulnerabilidades.


2. Efectividad.

Es necesario contar con ensayos clínicos para determinar la efectividad de las apps, y generar modelos de re-evaluación basados en cambios que se puedan operar dentro de la aplicación.

Hay que emplear clasificaciones nosológicas estandarizadas a la hora de ofrecer la propuesta de utilidad de las aplicaciones, y que esto coincida con el nivel de evidencia necesario en cada caso de uso.


3. Experiencia de usuario / adherencia.

Se deben emplear métodos de diseño centrados en el usuario y en su experiencia (UX) al crear una aplicación. Esto incluye la participación del usuario final en el propio desarrollo, y cuando se evalúa la usabilidad, los desarrolladores deben hacer explícitas las estadísticas de uso.


4. Integración de datos.

Las aplicaciones de salud mental que están potencialmente destinadas a ser utilizadas en conexión con los sistemas de atención médica deben emplear métodos para garantizar la interoperabilidad con la historia clínica digital.

Las aplicaciones de salud mental deberán documentar los procesos que utilizan para garantizar el intercambio seguro de información entre plataformas.

Los autores señalan que aunque algunos gobiernos ya están progresando en la dirección que ellos proponen, se debe recomendar algún tipo de criterio universal para determinar estos estándares en relación con todas las aplicaciones de salud mental.

Ciertamente, parece muy adecuada la propuesta de Torous et al., tanto para que los profesionales puedan emplear en mayor medida estos recursos -que sin duda están llamados a ocupar un papel importante para amplios grupos de población-, como por el hecho de que en ocasiones los desarrolladores subestiman la complejidad de los sistemas de salud y lo que estos deben ofrecer. Parece claro que la colaboración entre desarrolladores y profesionales clínicos, junto con el co-diseño con pacientes y usuarios, es imprescindible para crear herramientas digitales que puedan aportar algo en este campo.