Los ´pacientes´ Reyes Magos…


  • Editorial Univadis
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Pasada la Navidad, la cesta navideña del médico comienza a menguar. Cada año, por diciembre, asoma por la consulta ese simpático paciente con el lomo embuchado; ese otro, no tan simpático, con orujo de su pueblo; o los aficionados al vino que colorean la bodega del médico y sus cenas familiares. Si hay suerte, entre ellos hay uno con turrón de Alicante, con mazapán toledano o un aficionado a la lotería de Navidad, que trae un boleto acabado en 7.

Eso de ser médico, tan duro a veces, puede ser agradable cuando se reciben viandas. Es curioso como, muchas veces, son pacientes antipáticos o por los que apenas hemos hecho nada, los que traen los regalos más generosos: no existe relación entre el trabajo realizado y recibir un donativo, o que este sea más o menos espléndido.

Sobre los regalos a los médicos hay multitud de anécdotas y obsequios curiosos, desde un calendario de una paciente de 70 años con una foto en la que está desnuda (… y con 40 años menos), hasta el médico que tiene que pasar consulta con un pavo glugluteando atado a la pata de la mesa, porque el diabético y generoso Gabriel quiere que su familia cene pavo relleno por Navidad. Bromas aparte, los regalos a los médicos despiertan muchas cuestiones y todas ellas aterrizan en una pregunta: ¿debemos aceptarlos? Porque el obsequio puede variar desde ser un simple artículo relativamente económico hasta un regalo excesivamente costoso; y también es diferente si se regala antes o después del acto médico, si se hace de verdad gratuitamente o esperando algo a cambio, etcétera. Matices, en definitiva, que conviene analizar antes de aceptar el regalo de Gabriel.

Si pensamos en los argumentos a favor de aceptar el regalo, tenemos que empezar por ser conscientes de que los pacientes muchas veces quieren expresar su gratitud hacia el médico a través de un regalo. La entrega de regalos es psicológica y culturalmente compleja, y para el paciente puede tener múltiples connotaciones. Este es el caso de los regalos de Navidad en España, ya que muchas personas consideran natural regalar a quienes aprecian, y entre ellos puede estar el médico. En determinados contextos, si se rechaza el regalo el paciente puede tomarlo como una ofensa, una forma de rechazo a él mismo. Esto puede derivar en una pérdida de la necesaria confianza en la relación médico-paciente, por lo que no aceptar un regalo podría incluso ser hasta contra-terapéutico.

Sin embargo, hay casos en los que tenemos que considerar su rechazo. Antes de aceptar un regalo, el médico debe juzgar su valor y la intención del paciente con el donativo. Todo regalo crea una deuda moral en el profesional que lo recibe, quien se siente con la obligación de devolver de alguna manera el obsequio. Por ello, si tiene un valor desproporcionado o descontextualizado en la relación clínica (por ejemplo, si apenas se conocen), el médico debe considerar rechazarlo. Si lo acepta se puede desvirtuar la relación entre ellos, ahora por otros motivos: creación de falsas expectativas, condicionamiento inapropiado de la actuación del médico, etcétera. Un tipo de regalo sobre el que se debe estar alerta es el no materialcomo, por ejemplo, hacer favores personales o ejercer influencia a favor del médico, porque pueden generar un verdadero conflicto de intereses.

En caso de que el regalo se considere inapropiado, debe ser rechazado. Si es así, el médico tiene que hacerlo con educación, explicando al paciente las razones y dejando claro que la no aceptación no cambiará la atención médica, que seguirá siendo excelente. En estos casos, se ha recomendado que, si el paciente insiste, se le debe aconsejar que es mejor que apoye una actividad académica o científica con la cuantía del regalo.

Dando un paso más, hay autores que han propuesto que se defina con precisión qué tipo de regalos pueden aceptarse, que se especifique su valor monetario, clasificándose en regalo pequeño, mediano y grande (rechazándose los de valor mediano y grande) y la intención del regalo, para evitar malentendidos y posibles conflictos de interés, siendo preciso llevar además un registro de los regalos recibidos. Sin embargo, regularlos como se regulan los donativos de la industria farmacéutica podría suponer perder cierta naturalidad en la relación clínica. Si Teresa, que tanto nos aprecia, nos trae como todos los años una caja de polvorones y le respondemos circunspectos: “Muchas gracias Teresa, pero antes de aceptarlo, necesito saber cuánto le ha costado y, sobre todo, qué espera usted a cambio”, posiblemente estemos desvirtuando algo que debería ser mucho más sencillo.

Para gestionar los regalos que reciben los médicos es importante emplear el sentido común, sin necesidad de hacer una regulación explícita. Se tiene que evaluar caso por caso, teniendo en cuenta el contexto de la relación clínica (se deben evitar, por ejemplo, regalos previos al acto médico), el tipo y coste del regalo, así como la intención del donativo. No es lo mismo regalar una caja de bombones al alta médica de un paciente, que generalmente es repartida entre el personal y otros pacientes, que un sobre con un cheque de 500 euros antes de una cirugía.

Para finalizar, conviene recordar que los médicos no trabajan para recibir regalos, y que estos no deben ser esperados ni requeridos. El mejor regalo para un profesional es agradecerle su trabajo, lo que puede hacerse con unas palabras, con una sonrisa o con un mero gesto empático. El regalo material, que genera una deuda en el que lo recibe, si es apropiado no debe condicionar la actuación del médico; más aún, puede servir para estrechar el vínculo de confianza entre médico y paciente. Acabamos con una frase del siempre razonable Sir William Osler (1849-1919): “La práctica de la medicina es un arte, no un oficio; una vocación, no un negocio; una vocación en la que el corazón se ejercita con la cabeza”.