Los datos de posición de los teléfonos móviles y su aplicación en epidemiología y salud pública.


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Las compañías de telefonía móvil disponen de una ingente cantidad datos relacionados con la posición geográfica de los terminales de sus clientes. Cualquier teléfono permanece conectado a la red de manera casi permanente, y va dejando un rastro del sitio en el que se encuentra mediante la determinación de la celda (espacio cubierto por un poste) desde la que interactúa con la red. Esta peculiaridad técnica de la telefonía digital no se queda en una mera virtualidad teórica, sino que tiene desde hace tiempo múltiples aplicaciones prácticas. Por ejemplo, algunas de las operadoras venden análisis basados en los datos de tránsito de personas por las calles que permiten saber cuál es la acera con mayor interés comercial, y por tanto en la que más valor adquieren los locales. Otras aplicaciones comunes facilitan saber la densidad del tráfico en una determinada vía, lo que puede condicionar decisiones de regulación de la movilidad en las ciudades.

En teoría, los datos personales de cada usuario están protegidos por la legislación, y no pueden obtenerse de las operadoras salvo que medie un requerimiento judicial. Pero cuando firmamos un contrato con una de estas empresas habitualmente autorizamos, aceptando la letra pequeña del impreso, que se puedan emplear de manera anónima y agregada para análisis grupales.          

Conocer dónde están las personas puede tener también utilidad en el campo de la epidemiología. Hace unos años se creó una empresa llamada Propeller Health (inicialmente, Asthmapolis), dedicada a proporcionar soluciones para los pacientes con asma, que se basó en la idea de poder obtener información de los lugares en los que los pacientes experimentaban sus síntomas y usaban sus inhaladores de broncodilatador, lo que permitía trazar imágenes de los lugares por los que circulaba el alergeno. Esta empresa se inspiró en el famoso caso acontecido en los años ochenta en Barcelona, cuando durante muchos tiempo se vivió una gran incertidumbre sanitaria por casos que no se podían explicar, y que finalmente se atribuyeron a la estiba de contenedores de semilla de soja en el puerto. Si en aquella época se hubieran dispuesto de datos constantes de geolocalización de los afectados, se hubiera podido determinar el foco de manera casi inmediata.    

La posibilidad de emplear de forma sistematizada este tipo de análisis técnicos aplicados a la salud pública y la epidemiología ha sido objeto de un interesante artículo en la revista “Nature”, en el que se ponen unos interesantes ejemplos de cómo recientemente se han generado casos de uso realmente notables. El trabajo se titula  “¿Puede el seguimiento de personas a través de datos de llamadas telefónicas mejorar vidas?”.

 

 

 

Algunos de los mejores ejemplos.

Haití sufrió un devastador terremoto en 2010, al que  se atribuyen más de 100.000 fallecimientos. En los primeros momentos resultó imperioso averiguar dónde se habían trasladado los sobrevivientes para dirigir y planificar adecuadamente la asistencia. Linus Bengtsson, un estudiante de posgrado en el Instituto Karolinska en Estocolmo, pensó que se podía resolver esta necesidad gracias a que los haitianos desplazados estarían empleando sus teléfonos móviles, y ello podría permitir evaluar los desplazamientos mediante el rastreo de las señales y las conexiones. La operadora local Digicel ofreció su datos para hacer el análisis y se realizaron las primeras aproximaciones a la magnitud de esa migración. El análisis no se completó lo suficientemente rápido como para ayudar a las personas en Haití en aquel momento, pero sí para validar la metodología y generar numerosos análisis posteriores.

Este caso de uso sirvió para que numerosos investigadores se dieran cuenta de que este tipo de información podría ayudar a salvar vidas. Desde aquel momento grupos científicos han analizado las llamadas de decenas de millones de propietarios de teléfonos en Pakistán, Bangladesh o Kenia, en diversos proyectos de investigación epidemiológica y ante emergencias de salud pública.

El Programa Mundial de Alimentos de la ONU analizó los registros de llamadas anónimas para averiguar dónde se necesitaba ayuda alimentaria después del terremoto de Nepal de 2015. La agencia realiza este tipo de proyectos en todo el mundo, pero no hace públicos los informes que obtiene y ni siquiera informa de la localización de sus proyectos. Una de las razones para ello parece ser que las compañías telefónicas que ofrecen sus datos no quieren que la opinión pública las identifique como tenedoras de semejante información.

Durante el brote de ébola en Sierra Leona, Guinea y Liberia en 2014, los epidemiólogos de diversas instituciones públicas y privadas utilizaron también los registros de llamadas para obtener información que pudiera ayudar a frenar la crisis. A diferencia de las infecciones transmitidas por el aire, el virus del ébola se propaga sólo a través del contacto directo con fluidos corporales infectados, y se cuestionó si era necesario activar este sistema porque cuantificar cómo se mueven las poblaciones no revelaría cómo se propaga el virus. Liberia decidió no permitir los estudios, citando razones de privacidad, pero sí los autorizó Sierra Leona. Esos registros no ayudaron a rastrear el ébola, pero confirmaron la cantidad de personas que viajaron a pesar de las prohibiciones oficiales.

 

 

 

En general, en los países en desarrollo los investigadores pueden obtener datos de registros relacionados con las llamadas telefónicas y los mensajes de texto, porque la presencia de teléfonos con conexión de datos de tercera generación o superior es más escasa. Los datos pueden agregarse en grupos para que los investigadores puedan saber qué proporción de una determinada población viaja de un punto a otro.

Los epidemiólogos han investigado también cómo los registros de llamadas podrían ayudar a combatir otras enfermedades, incluida la malaria en África y Asia, el dengue en Pakistán o el cólera en Haití, mediante técnicas como la cuantificación de las migraciones estacionales hacia o desde zonas endémicas.

Este tipo de aproximaciones metodológicas, sin embargo, siguen siendo muy controvertidas. Los defensores de la seguridad de los datos y los derechos civiles dicen que se requieren evaluaciones de riesgo más cuidadosas y la aplicación de criterios de carácter ético en el diseño de los estudios. El artículo de “Nature” abunda mucho en esta cuestión, y sugiere la necesidad de generar nuevos consensos sobre la pertinencia y el alcance de uso de esta nueva fuente de datos.