Las criptomonedas, una nueva frontera en el ámbito de las adicciones.

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El fenómeno de las criptomonedas -las “cripto”, abreviando la denominación- ha pasado a ser uno de los más relevantes de la esfera tecnológica actual. Entre otras razones, por la rapidez con la que está llegando a algunos grupos de población, especialmente a los jóvenes y a quienes tienen menos dificultades para adoptar nuevos usos sociales. 

Para entender el fenómeno, primero hay que intentar definir qué es una cripto. Se podría decir, en terminología bancaria, que una criptomoneda es un activo digital que tiene un sistema de cifrado criptográfico que garantiza su autenticidad, y cuya creación está controlada para evitar que se puedan hacer copias. Son monedas que se pueden comprar e intercambiar, pero que no existen de forma física, de manera que cuando se compran se almacenan en una cartera digital protegida por claves.

Tenemos aquí una primera diferencia con el dinero físico: las cripto son, en su esencia, código binario, no papel ni metal. El sistema que permite asegurar que un billete de los que llevamos en el bolsillo es real y no una falsificación se basa en medidas que impidan su reproducción física, como el tipo de papel, las filigranas impresas, las complicaciones de su reproducción o los sellos de seguridad. En las cripto, lo que garantiza que una moneda es tal cosa es una plataforma tecnológica del tipo blockchain, que hace que no se pueda vulnerar el sistema de autentificación de cada unidad emitida. Es algo parecido a los NFT, de los que hablamos en un artículo reciente en esta misma sección.

La otra gran diferencia de las cripto y las divisas oficiales radica en quién las emite. En el caso de estas últimas, lo hace la autoridad monetaria, un banco central. Los estados han mantenido el monopolio de emitir moneda de curso lega, y esta representa de alguna manera la riqueza o la contabilidad de los bienes de un país. Pero en las cripto, cualquiera puede crear, emitir y vender esa moneda sin necesidad de respaldarla con un bien económico. Basta disponer de unos conocimientos técnicos básicos para organizar el sistema de autenticación y distribución. 

La pregunta que llega a continuación es cómo se puede valorar una cripto, si es un activo que nace de la nada y que cualquiera puede poner en circulación. La respuesta es que como norma general, un bien tendrá el precio que le quiera adjudicar el mercado, que es un punto de equilibrio entre la oferta y la demanda. Sea lo que sea, tangible o virtual, si se compra se aprecia, y si se vende, se deprecia. Quien adquiere criptos lo hace porque cree que las puede utilizar para algo, o porque considera que habrá otras personas que también quieran comprarla y ese sea el origen de una revalorización.

Una gran parte de las criptos están sujetas a una cotización fluctuante, aunque hay algunas que están referenciadas de manera fija al valor de ciertas divisas oficiales. Las que se cotizan pueden aumentar o disminuir su precio conforme haya más o menos personas dispuestas a comprarlas. De ahí que constituyan un mercado de expectativas, especulativo, en el que los primeros que las han adquirido creen que van a poder venderlas más caras porque habrá otros con mayor avidez por comprarlas más adelante.

Este sistema de búsqueda de la revalorización tiene como ejemplo más poderoso el Bitcoin. Una criptomoneda de las primeras que se pusieron en circulación, que llegó de la mano del incipiente sistema blockchain, y que muchos toman como referencia universal porque ha multiplicado su valor en unas cuantías muy superiores a cualquier lógica. Lo que ha pasado en Bitcoin es lo que muchos quieren que se repita con otras criptos, las miles que han llegado posteriormente.

 

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El peligro adictivo de las criptos.

La popularización de los sistemas de compra y venta de criptomonedas lleva produciéndose ya varios años. Es muy fácil para cualquier persona entrar en este comercio, y basta descargarse una aplicación y empezar a hacer operaciones. Es tan sugestiva la idea de que se pueden obtener beneficios fáciles, con sólo hacer unos cuantos clics en un teléfono móvil, que muchos expertos creen que este negocio está sustituyendo no sólo al de las inversiones tradicionales en capitales bursátiles -lo que coloquialmente se llama “jugar a bolsa”-, sino incluso al de las propias apuestas deportivas. Y ha surgido, paralelamente, la preocupación por si el mercadeo de criptos no está generando nuevos perfiles de adicciones, especialmente entre los más jóvenes.

Uno de los problemas que se han identificado como origen de la adicción a las criptos tiene que ver con la creencia de que se trata de un mundo sencillo de transitar, anónimo, y en el que es posible obtener habitualmente beneficios espectaculares. Pero ni mucho menos es siempre así. 

Otro componente potencialmente adictivo es que una cripto se cotiza a cada minuto, y el estímulo positivo de un alza en el precio puede llegar a ser constante, a diferencia de las apuestas deportivas, que sustancian la emoción en el momento de desarrollarse la competición. Además, apostar a que una cotización de cripto subirá no requiere de un desplazamiento a un casino, ni hay que desvelar la identidad, sino que se opera cómodamente desde el móvil. La volatilidad en los precios puede ser rápida, y proporcionar al cerebro sensaciones de recompensa muy intensas. 

Parece ya establecido el hecho de que criptomonedas tienen características que las hacen incluso más propensas a la adicción que las apuestas deportivas, los juegos de azar o las inversiones financieras tradicionales, según algunos expertos. De ahí que ya se está hablando de la “criptoadicción”, como representación de los trastornos del comportamiento motivados por la pérdida de control en relación con estas operaciones económicas.

Aunque la investigación clínica en esta materia aún está en desarrollo, varios estudios recientes documentan vínculos entre el comercio de criptomonedas y lo que podemos entender como una adicción dentro de los patrones clínicos ya conocidos. 

Recientemente, un equipo de investigadores finlandeses comprobó que los más compulsivos operadores en el mercado de las criptomonedas también tenían altas tasas de adicción al juego, a los videojuegos o al uso de Internet, y que el perfil adictivo se reproducía en este campo. El uso de plataformas de comercio de criptomonedas se asoció con una edad más joven y género masculino. Además, los usuarios más intensivos informaron mayores índices de angustia psicológica, estrés percibido y sensación de soledad.

Este grupo de investigación considera que realizar inversiones regulares en criptomonedas no es un factor de riesgo para la aparición de un comportamiento desadaptado. Sin embargo, las plataformas y aplicaciones de móvil que permiten un comercio más rápido de criptos sí fueron significativamente más utilizadas por los participantes que reportaron un comportamiento considerado como inadecuado y determinados problemas de salud mental. La fuerte asociación entre el comercio en los criptomercados y el comportamiento inadecuado sugiere la necesidad de reconocer los riesgos potenciales relacionados con estas plataformas de comercio en tiempo real.

La Asociación Estadounidense de Psiquiatría no ha clasificado la adicción a las criptomonedas como un subconjunto dentro de la adicción al juego. Se alega que todavía no hay suficiente investigación para que realmente sea diagnosticable como entidad diferenciada, pero ya comienza a acreditarse que en determinados patrones de uso en el comercio cripto hay usuarios que refieren síntomas de depresión y ansiedad. Los estudios preliminares recomiendan que el comercio de criptomonedas puede ser especialmente atractivo para usuarios que muestran una mayor probabilidad de tener problemas con el juego. La investigación futura se plantea ya incluir el comercio de criptomonedas en los protocolos de detección, evaluación y tratamiento de los trastornos adictivos.