La mujer, agente de salud


  • Editorial Univadis
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Históricamente, la mujer ha tenido un papel aparentemente secundario en la medicina. Hasta hace unos pocos decenios, la mayor parte de los médicos eran hombres; y también eran hombres casi todos los jefes de servicio, directores médicos y, en definitiva, los agentes más poderosos del sistema sanitario. El papel de la mujer quedaba restringido a la enfermería, aun cuando hubiera unas pocas atrevidas que, contra viento y marea, conseguían licenciarse en medicina y cirugía. De ellas, las que finalmente llegaban a ejercer como médicos encontraban enormes dificultades para su trabajo, aunque fueran competentes y se volcaran por completo en la profesión.

Cuando la mujer aún no se había incorporado por completo al mundo laboral, constituía un tópico muy común que fuera ella la que se encargase de los cuidados médicos de la familia. En el hogar, las mujeres, además de ser amas de casa, ejercían como enfermeras, aunque no tuvieran el título: cuidaban a los hijos y allegados enfermos, conocían los calendarios vacunales, recordaban las visitas y revisiones médicas, etcétera. Se había creado así el rol femenino de mujer cuidadora

A pesar de que este rol fue limitador para las mujeres, permitió que se desarrollase una perspectiva diferente de la relación clínica, al incorporar aspectos obviados por la visión masculina y llegando a generar una ética clínica del cuidado. El concepto de cuidado recibió un impulso positivo gracias a las investigaciones psicológicas de Carol Gilligan sobre el desarrollo moral de las mujeres. Posteriormente, autoras como Nel Noddings o Sara Ruddick, provenientes de las éticas femeninas y feministas, realizaron grandes contribuciones a la ética del cuidado. 

Estas éticas han traspasado los límites de la enfermería, aterrizando en la medicina. Apuntan que la relación clínica tradicional está fundamentada en principios y valores masculinos, como la autoridad o el dominio. La ética del cuidado se centra en la relación interpersonal, en el cuidado y el alivio de la persona vulnerable, sin olvidar su contexto, la comunidad en la que vive el enfermo. Los sanitarios, además de aprender a curar, debemos trabajar el compromiso con el enfermo, los afectos y la compasión.

Las éticas del cuidado, a veces encuadradas dentro de las éticas feministas, ayudaron a resituar el papel que históricamente había tenido la mujer como agente de salud. Estar cerca del enfermo, bien como enfermera o como madre, era fundamental para ayudar al enfermo. No se trata sólo de pautar tratamientos y dar órdenes al paciente. Sin embargo, las perspectivas de género y feministas han dado un paso más allá: una vez que la mujer se ha incorporado con naturalidad a todas las profesiones sanitarias (actualmente hay más mujeres que hombres ejerciendo la medicina en España, una mayoría más destacada aún en las facultades), se ha podido ver cómo la perspectiva de género es importante para abordar determinadas patologías y situaciones sanitarias.

Un ejemplo lo encontramos en la salud sexual. Existen numerosos estigmas, tabúes, miedos e incertidumbres en relación con la sexualidad, que preocupan a muchas personas a lo largo de la vida: padres e hijos, pacientes y sanitarios. En algunos entornos la perspectiva femenina puede ayudar a comprender determinadas creencias, valores y prácticas relacionadas con la salud sexual, incluido el placer o la actividad sexual. Esto se ha observado desde en las políticas de control de la natalidad y de educación sexual, lideradas a comienzo del siglo XX en Estados Unidos por Mary W. Dennett y Margaret Sanger, hasta en los actuales procedimientos de reproducción asistida, ginecología u obstétricia.

Mary W. Dennett y Margaret Sanger, defensoras de los derechos de las mujeres, lucharon para que éstas pudieran controlar el embarazo y el parto, incluida la posibilidad de realizar el parto sin dolor (¡en su época se pensaba que el dolor tenía una función social y era útil para las personas!). Si las mujeres decidían sobre su embarazo, además de ser bueno para ellas, se contribuía al desarrollo saludable la sociedad, tal y como se ha demostrado posteriormente. 

La perspectiva femenina de Mary W. Dennett y Margaret Sanger, unas adelantadas en su época, puede trasladarse a nuestros días. En ciertas situaciones, las mujeres tienen un punto de vista diferente, que puede resultar positivo. Se ha postulado que las mujeres pueden comprender mejor el proceso de fertilización invitro(FIV), el embarazo o el parto, por lo que, en determinados casos, una mujer médico estaría mejor habilitada para llevar a cabo un verdadero consentimiento informado, por ejemplo, ante una FIV. Algunos trabajos han mostrado cómo una perspectiva femenina ayuda a resolver los conflictos que se producen cuando una mujer rechaza el seguimiento recomendado durante el embarazo, debido al predominio del enfoque médico (autoritario) y de la institución patriarcal en la maternidad. Sin embargo, si llevamos este argumento al extremo, sólo las mujeres que han pasado por un parto podrían informar para obtener el consentimiento para un parto con epidural. La perspectiva de género, masculina o femenina, debe considerarse, pero siempre y cuando se demuestre positiva.

Si recapitulamos, se puede afirmar que la mujer siempre ha tenido un papel esencial como agente de salud. Históricamente como principal cuidadora; después desarrollando una ética del cuidado y de la atención personal al enfermo; y, actualmente, una vez que las mujeres se han incorporado a la medicina en igualdad con los hombres, aportando en ocasiones una perspectiva femenina muchas veces necesaria para abordar determinados problemas de salud. 

Sin embargo, aún queda trabajo por hacer. En el ejercicio cotidiano de la medicina existe igualdad teórica entre hombres y mujeres, pero es evidente que aún existen diferencias salariales entre sexos, que la mayor parte de los jefes de servicio y directivos en medicina continúan siendo hombres, o que quienes reciben los premios más destacados, tanto en investigación (por ejemplo, Premio Nobel o Princesa de Asturias) como los que reconocen la trayectoria profesional, son hombres. ¿Persiste el machismo en la medicina del siglo XXI? Aplazamos la respuesta para un próximo editorial.