La mala letra del médico: más que una leyenda


  • Editorial Univadis
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Ya no somos lo que éramos. Hace solo unas décadas el médico era un señor con bombín, bigote, corbata y, sobre todo, de su pluma salía una letra completamente ilegible. La mala letra de los médicos era un símbolo de distinción: mala letra porque escribía mucho, rápido y, principalmente, cosas muy interesantes. El médico realizaba diagnósticos que el paciente no podía comprender, por lo que no merecía la pena explicar muchos detalles acerca del diagnóstico ni sobre el tratamiento. Lo único realmente importante era que el paciente hiciera lo que el médico le había ordenado. La función del paciente era, por tanto, ir con aquel papel lleno de garabatos que el médico le había entregado, como si de un valioso pergamino se tratase, bien a la farmacia para recoger los medicamentos que debía tomar, o bien a la ventanilla correspondiente para pedir las citas indicadas.

 

Cuando el paciente llevaba la receta a casa o al farmacéutico con el diagnóstico y el consiguiente tratamiento, era como descifrar un acertijo. El que más se acercaba a la realidad era el más listo de la familia: “cateteritis” “no, no, gas en todo el teritis”, hasta que llegaba el hijo avispado quien, tras una alta dosis de ingenio e imaginación, señalaba: “gastroenteritis”. Todos le miraban asombrados: ¿cómo lo ha podido adivinar? ¡qué inteligencia! Acercarse, por un instante, a lo que había sentenciado Don Gustavo. El problema que tenían en casa para adivinar que la madre tenía una gastroenteritis, también lo tenía la secretaria que debía dar la nueva cita o el farmacéutico, que pasaba las de Caín para averiguar que debía suministrar suero oral. Aunque muchos farmacéuticos, a base de recibir recetas del mismo médico, terminaban familiarizándose con la letra, y aunque en realidad no la entendían, sabían qué quería Don Gustavo.

La situación descrita con algo de sorna corresponde a otra época. Estas situaciones se producían cuando la medicina estaba gobernada por el poder médico y poca importancia tenía la opinión del paciente, por lo que daba igual que entendiera lo que el médico le había indicado: sólo tenía que seguir sus prescripciones. Sin embargo, dicho escenario, aunque en parte es auténtico, simplifica lo que realmente sucedía en las consultas médicas antes de que la dictadura de la informática invadiera la relación médico-paciente. 

La mala letra médica no se debía exclusivamente a que a los médicos poco les importaba que los pacientes estuvieran informados, aunque algo de esto había. En realidad, su principal causa era el enorme trabajo que acumulaban día tras día, escribiendo continuamente informes, pautas terapéuticas y rellenando con detalle las historias clínicas de los pacientes. Como consecuencia, la letra terminaba acomodándose a la imperiosa rapidez que precisaban los galenos para ser eficientes. Inicialmente las letras iban perdiendo matices, el redondeo habitual que las acompaña, y la escritura terminaba convirtiéndose en algo parecido a un código morse con líneas y alguna punta, como si de electrocardiograma se tratase, donde las puntas debían de corresponder a una L o a una B.

En un interesante artículo, publicado en 2014, se realizó una revisión acerca de qué había de cierto respecto a la mala letra de los médicos. La conclusión del estudio era contundente: un porcentaje considerable de médicos tiene una letra ilegible que condiciona, por una parte, una importante dificultad para entender un informe médico escrito a mano, sobre todo para la población no relacionada con la sanidad; y, por otra, que en muchas ocasiones sea la causa de la dispensación y administración de medicación errónea.

Después de esta última afirmación, parece que hay que tomarse más en serio eso de la mala letra médica. La conclusión del artículo se soporta en estudios que indican cómo el 15% de los informes escritos por médicos no pueden leerse y que el 4% de las recetas son ilegibles (el 52% se leen mal). Como consecuencia, se producen errores en la prescripción y en el manejo de la enfermedad. Otro estudio indica que el 30% de los farmacéuticos entregan fármacos equivocados debido a la ambigüedad de la prescripción, lo que incluye errores tipográficos o sencillamente que la letra del médico no se entiende.

Se han descrito numerosos errores debido a la escasa legibilidad de la letra de los médicos. En un conocido caso, a un paciente al que se le había implantado una válvula mitral y debía tomar warfarina, el farmacéutico le suministró famotidina (los nombres comerciales eran CoumadinFamodin). El resultado fue que el paciente no estuvo anticoagulado y la válvula mitral se trombosó, extrayéndose numerosos trombos de la aurícula izquierda y de la válvula, falleciendo posteriormente el paciente. Para establecer las responsabilidades, se llevó a cabo un estudio para tratar de evaluar la legibilidad de la prescripción: la receta fue remitida a 113 farmacéuticos, interpretándola correctamente sólo el 70,8% (el 75,6% entre los más experimentados y el 43,7% de los más novatos).

En conclusión, dejando a un lado las anécdotas de Don Gustavo y de la medicina paternalista de otros tiempos, eso de la “mala letra médica” es algo serio, porque puede tener consecuencias muy negativas para los pacientes y, por ende, para los propios médicos. Actualmente trabajamos cada vez más con historias clínicas informatizadas, con la receta electrónica y con todo tipo de dispositivos que intentan garantizar una mayor seguridad en nuestro desempeño. No obstante, la mejor herramienta para evitar errores no es una pluma Montblanc, ni un ordenador Toshiba: es la cabeza del propio médico, quien, de forma responsable, debe supervisar con detalle cada prescripción realizada, la escriba con tinta china o con el teclado del ordenador. El paciente confía en el médico, no en la pluma ni en el ordenador, y si el médico acaba en un juzgado teniendo que justificar una prescripción errónea, podrá excusarse de muchas maneras, pero no diciendo que la culpa fue de la Montblanc o del Toshiba.