La localización de pacientes con COVID-19, base de las aplicaciones móviles utilizadas en Corea y China. ¿Se podría emplear en Europa?


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En el control de la propagación de la infección por coronavirus, algunos países asiáticos han empleado con cierto éxito una estrategia consistente en usar aplicaciones de teléfono móvil para conocer la localización exacta de los casos, y a partir de ahí limitar sus contactos futuros o encontrar los que se hayan producido con anterioridad. 

China y Corea del Sur son los dos países que se ponen como ejemplo de esta estrategia de utilización tecnológica. En efecto, hay un elemento en común en ambos casos, la ubicación espacial de los pacientes. Pero también algunas diferencias metodológicas y de implantación que son importantes.

En Corea se plantearon que la primera necesidad que había que cubrir para que el sistema funcionara era la realización de un gran número de test diagnósticos, inicio de la información necesaria para hacer los trazados. En cambio, el gobierno chino se basó en las exhaustivas bases de datos que ya tenía sobre los ciudadanos para crear un sistema complementario de identificación mediante un código QR que determinaba si las personas debían ponerse en cuarentena o podían moverse libremente, según el árbol de contactos de cada una. Este sistema funcionaba integrado en las popularísimas aplicaciones chinas WeChat y AliPay, y utilizando signos de colores. 

Emplear teléfonos móviles como instrumentos para la información y el control de la posición de los posibles infectados en el curso de una epidemia no es una idea nueva. En 2011, varios científicos de la Universidad de Cambridge idearon un sistema para medir (y en cierto modo controlar) la propagación de la gripe mediante una aplicación llamada FluPhone, que usaba el Bluetooth y otras señales inalámbricas como vía para cuantificar las interacciones entre las personas (o entre sus teléfonos, por ser más preciso). Como novedad funcional, FluPhone pedía a los usuarios que informaran sobre eventuales síntomas gripales, que son comúnmente conocidos, y que servían para determinar los casos activos.

De esta manera, FluPhone era testigo de los contactos de los enfermos, lo que servía para intentar frenar la propagación de la gripe y al mismo tiempo ayudaba a las autoridades sanitarias a conocer mejor, controlar y modelar la propagación de la gripe. FluPhone fracasó porque no consiguió usuarios suficientes; menos de un 1% de los habitantes en Cambridge se inscribieron para usarla.

Lo que se ha conseguido ahora en Corea y China se ha logrado en dos sociedades bien distintas a las europeas. En ambos países se ha podido ordenar un uso mayoritario de estos mecanismos de control por sus peculiares características sociales o políticas, en las que la disciplina civil está muy presente. La pregunta que cabe hacerse es si sería factible emplear sistemas parecidos en Europa o Estados Unidos, tanto por la regulación que protege los datos y la información de carácter personal, como por razones de aceptabilidad cultural.  

Los creadores de FluPhone, Jon Crowcroft y Eiko Yoneki, siguen pensando que una aplicación como la suya podría ayudar a combatir el coronavirus. "Las distintas agencias sanitarias  podrían usarla para traspasar datos de carácter anónimo hacia mapas interactivos y en tiempo real", lo que podría ayudar a reducir la transmisión. Una aplicación de este tipo también ayudaría a los investigadores a aprender "cuánto tiempo sobrevive el virus en una superficie, qué fracción de la población son portadores asintomáticos o dónde dirigir los recursos médicos requeridos".

Varias empresas europeas y norteamericanas han comenzado a trabajar en aplicaciones que permitan un seguimiento de los casos mediante estos sistemas. Es el caso de un proyecto de código abierto llamado CoEpi, que surgió hace pocas semanas inspirado en FluPhone. Funciona de manera sencilla. Cuando el usuario experimenta síntomas de una enfermedad objeto de interés (como secreción nasal, fiebre o dolor de garganta), se introducen los detalles en la aplicación. Esto sirve para alertar a sus contactos directos que también estén utilizando la aplicación. Si su familia y amigos pueden ver que ha estado enfermo, toman sus propias decisiones de acercarse o no según sus criterios de tolerancia al riesgo.

La aplicación permitiría a las personas registrar sus movimientos y compararlos con los de pacientes conocidos con coronavirus, cruzando también datos proporcionados por los departamentos de salud pública locales o nacionales. Más adelante se podrían integrar los datos de los test diagnósticos, lo que proporcionaría una forma inmediata de identificar posibles transmisiones directas. El equipo acaba de lanzar un prototipo y piensa iniciar de inmediato ensayos de uso real en zonas concretas.

En Israel, el gobierno ha decidido realizar un seguimiento directo a los pacientes diagnosticados a través de sus móviles que tiene como objetivo alertar y poner en cuarentena a las personas que, en las dos semanas anteriores, estuvieron a determinada distancia de ellos. Lo hacen mediante una aplicación que puede enviar un mensaje del tipo: “Querida Marina, según la investigación epidemiológica, estabas cerca de un portador de coronavirus el 6 de marzo de 2020. Debes aislarte hasta el 20 de marzo de 2020 para proteger a tus familiares y a la comunidad”. 

En un planteamiento más maximalista, una iniciativa promovida por varios expertos sanitarios agrupados en la web Stop-Covid.tech llegan a plantear que Apple y Google, como responsables de los sistemas operativos de la inmensa mayoría de los móviles del mundo, proporcionen una función que sea respetuosa con la privacidad pero que posibilite de manera sencilla el seguimiento de contactos. Los usuarios que opten por activar esta función podrían ser notificados si hubieran estado en los mismos espacios que los casos identificados posteriormente como positivos, lo que permitiría organizar cuarentenas, monitorizar casos, detectarlos tempranamente y prevenir nuevos contagios. Si tal característica pudiera construirse antes de que el SARS-CoV-2 sea omnipresente, tendría la capacidad de evitar que muchas personas se expusieran a su contagio. A largo plazo, añaden los promotores de la iniciativa, dicha infraestructura podría permitir contener futuras epidemias de enfermedades de manera más confiable y hacer posible el rastreo de contactos a gran escala como han hecho en China y Corea. Apple y Google no han respondido todavía a esta solicitud.

Sin embargo, este tipo de orientaciones tecnológicas, aunque alentadoras, se enfrentan a muchas limitaciones a día de hoy. Para empezar, y en relación específica con el COVID-19, nos encontramos con el problema de que un teléfono generalmente puede determinar su posición con una precisión de entre 7 y 13 metros en áreas urbanas, y el virus se propaga entre personas que se encuentran a menos de un metro una de otra.

Una  información incorrecta, además, podría propiciar un comportamiento de minimización de los riesgos, al dar a las personas una falsa sensación de seguridad. No por llevar un móvil y una aplicación se previene el contagio.

Pero sobre todo, el reto para los países occidentales consiste en lograr que las personas informaran de un posible estado infeccioso sin tener que preocuparse por la privacidad. Sobre todo, teniendo en cuenta que se calcula que estas apps tendrían que emplearlas al menos un 20% de una población para que sean eficaces para la prevención y realmente predictivas en términos epidemiológicos.

Además, tampoco la experiencia de Corea del Sur ha sido del todo satisfactoria. Por ejemplo, cuando las autoridades enviaban mensajes de texto que detallan los movimientos de personas específicas infectadas con SARS-CoV-2, se provocaron casos indeseados de propagación de rumores. 

Lo que parece indiscutible es que el seguimiento mediante teléfonos inteligentes solo funciona en combinación con un cuidadoso distanciamiento social. La experiencia de Corea del Sur muestra que la capacidad de diagnóstico a escala es clave para el control de la epidemia, y que esto se puede basar ahora en el rastreo de los contactos, pero que el aislamiento de los casos es lo que verdaderamente limita la expansión del patógeno.