La familia y la salud


  • Editorial Univadis
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Hay una clara relación entre la familia y la salud, por numerosos motivos: hábitos y estilos de vida, enfermedades hereditarias, creencias que condicionan el abordaje de una patología o la relación con los sanitarios, etcétera. Todo esto lleva a que la figura del médico de familia continúe siendo tan importante. Para que los enfermos sean tratados de forma global y coherente, incluidos los aspectos familiares, en los foros de gestión se habla mucho de coordinación entre niveles y de trabajo en equipo; pero la mejor forma de proporcionar una atención coordinada es que haya un buen médico de familia, que conozca la historia (no el historial) del paciente y de su entorno y, desde ahí, que pueda organizar su atención.

Si comenzamos por los hábitos sanitarios y el estilo de vida, estos se aprenden desde la más tierna infancia: comer, practicar ejercicio físico, cepillarse los dientes, cumplir el calendario vacunal, realizar las pertinentes visitas médicas, etcétera. El fin de semana los padres pueden ir con sus hijos a la hamburguesería del centro comercial o comer en un restaurante con cuchillo y tenedor; para el postre en el frigorífico puede haber fruta o natillas; pueden ir al parque andando o en coche… En la novela de la escritora india Arundhati Roy El dios de las pequeñas cosas (1997) se narra la vida y experiencias de dos pequeños hermanos gemelos que viven en el estado indio de Kerala a finales de los años 60. La novela describe minuciosamente cómo las pequeñas cosas, los detalles más ínfimos, pueden condicionar nuestra vida y futuro comportamiento. Ciertamente, el entorno nos influye en todo, más aún en la infancia, y especialmente el círculo más próximo: padres, hermanos y amigos íntimos. Es importante ser conscientes de la influencia que ejercemos en nuestro entorno, porque comportamientos que pueden parecer insignificantes pueden tener mucho significado para los más pequeños.

Si ponemos el ejemplo de la obesidad infantil, se ha visto cómo intervenciones sobre el comportamiento y el estilo de vida en el hogar pueden servir para tratar y prevenirla. En ocasiones puede ser necesaria la participación de toda la unidad familiar para cambiar comportamientos y dinámicas y prevenir así la obesidad infantil. La influencia del entorno en los niños es tal que se están realizando trabajos para cambiar el comportamiento de los padres y que así pueda cambiar el de sus hijos. En un estudio canadiense publicado recientemente se examinó el efecto de una intervención en el hogar destinada a los padres (se aleatorizaron para recibir educación, información y diferentes incentivos) con el fin de prevenir la obesidad infantil. El estudio concluye que una intervención para prevenir la obesidad infantil en el hogar a través de los padres puede mejorar los resultados en términos de disminución del peso, cambios de comportamiento y de dinámicas familiares insalubres.

Respecto a la medicina y la familia, cuestión diferente son las enfermedades hereditarias. Simplificando, éstas pueden clasificarse en monogénicas (está alterada la secuencia de ADN de un solo gen), las cuales siguen habitualmente un patrón de herencia mendeliano, como sucede en la enfermedad de Huntington, la hemofilia A o la fibrosis quística; y poligénicas (producidas por la alteración de varios genes y la interacción de múltiples factores: edad, ambiente, obesidad, sedentarismo, tabaco o alcohol). En estas últimas la interacción con los factores de riesgo es esencial, también cuando existe un gen principal responsable de la enfermedad y cuya penetrancia es variable. Entre las poligénicas están la diabetes mellitus tipo II, algunas formas de enfermedad de Alzheimer, la hipertensión arterial primaria o el cáncer de mama hereditario. 

En estas afecciones la familia es muy importante, además de por el estilo de vida (que puede condicionar algunas enfermedades genéticas), para aceptar y sobrellevar mejor la patología. Si en una familia con diabetes mellitus tipo II los padres están comprometidos con la enfermedad, tienen un adecuado IMC, realizan las correspondientes revisiones médicas y cumplen adecuadamente con el tratamiento, seguramente los hijos cuidarán mejor de su salud. En las enfermedades hereditarias la familia también es importante para que haya una correcta comunicación. En aquellas familias, por ejemplo, con algún tipo de cáncer familiar, se debe hablar del miedo al riesgo, sobre cómo sobrellevar la enfermedad, del sentimiento de culpa o de si se va a tomar alguna medida para evitar su transmisión a las siguientes generaciones.

Un último aspecto que queremos destacar sobre la familia y la salud es la relación con el médico. Hace tiempo que el médico “de la familia” (no el actual médico “de familia”) desapareció. Ese señor venerable con sombrero que llamaba a la puerta de casa y que todos conocían: Don quien fuera. Era el médico de la familia, en quien confiaban todos y cada uno, lo que es importante para el abordaje de muchas patologías. Don quien fuera sabía a quién podía entregar el tratamiento para que no se olvidasen las tomas, si el abuelo iba a hacer caso de sus recomendaciones, si comían leche pasteurizada o si la dieta de la casa era la adecuada. Actualmente los pacientes se relacionan más con las instituciones que con las personas. Ahora es el centro de salud “de la familia” en lugar del médico de la familia, algo razonable dada la evolución de la medicina, pero que no está carente de problemas, porque la relación no es tan familiar, valga la metáfora, como antes.

Por el bien de los más pequeños, debemos realizar educación sanitaria en las familias sobre hábitos y estilos de vida, pero también, si es necesario, respecto a la adecuada relación médico-paciente, que debiera ser de mutua confianza y respeto, ni más ni menos que con el maestro o con el tendero, pero en nuestro caso en lo referente al cuidado de la salud. Decíamos que en casa, desde pequeños, vamos adquiriendo hábitos y costumbres, nos hacemos lo que somos, también en el respeto por los profesionales. En la familia se aprende a comer y beber, a caminar y a montar en bici, a valorar y a respetar el trabajo bien hecho.