Juntos; y revueltos


  • Editorial Univadis
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El paternalismo médico ha ocupado 24 siglos y medio de los 25 siglos de historia de la medicina. Mark Siegler, cuando narra la historia de la relación clínica, señala que hay una primera “edad del médico”, identificada con el paternalismo médico y vigente hasta la segunda mitad del siglo XX. Después se situaría la “edad del paciente”, cuando la autonomía de los pacientes se reconoce y crece hasta dominar la relación clínica, quedando en ocasiones el médico relegado a un segundo plano. Finalmente, habría una tercera etapa de “decisiones compartidas”, en la que el paciente reconoce las competencias del médico y éste, al mismo tiempo, toma las decisiones con el paciente, porque se trata de su salud.

El paternalismo médico no sólo afectaba a los pacientes, sino que  también lo hacía al resto de profesiones sanitarias. El médico era autoritario con los pacientes y con enfermeras, auxiliares, celadores y con cualquier profesional que se cruzase. ¿Quién era un buen paciente? El sumiso. ¿Y un buen enfermero (auxiliar o lo que procediera)? El obediente. Autoridad y jerarquía por un lado y mansedumbre y subordinación por otro, hacían que la relación del médico con sus interlocutores fuera sencilla. 

De forma paralela al reclamo de mayor autonomía para decidir por parte de los pacientes, el resto de profesionales sanitarios también han ido demandando, con toda justicia, mayor autonomía. El paso de una relación vertical a una más horizontal ha complicado la medicina: los pacientes quieren decidir y el resto de profesiones sanitarias ya no dependen jerárquicamente del médico. Sin olvidar que en las últimas décadas otros profesionales se han incorporado a la asistencia sanitaria: terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas, logopedas, psicólogos clínicos, farmacéuticos, bioquímicos o biólogos. La medicina ya no es cuestión de dos. Somos multitud y, por el bien de los enfermos, conviene que aprendamos a trabajar juntos. 

Si nos centramos en la enfermería, los profesionales con los que más horas y trabajo compartimos los médicos, conviene retrotraerse a Florence Nightingale (1820-1910). Aunque siempre ha habido mujeres ligadas al cuidado de los enfermos, se le concede a esta brillante matemática (la primera mujer admitida en la británica Royal Statistical Society) el honor de haber fundado la enfermería como profesión. Alcanzó gran popularidad por su tarea en la guerra de Crimea, tras la cual fundará en Londres, en el Saint Thomas Hospital, la primera escuela laica de enfermería. La “la dama de la lámpara”, como se la conocía por visitar a los enfermos a altas horas de la madrugada con una lámpara, recalcaba siempre la importancia de la educación, el conocimiento y el aprendizaje, enfatizando que las mujeres debían estar formadas para ser más útiles a la sociedad. 

Para practicar la enfermería, según Florence Nightingale, se debía tener un concepto holístico de la persona, de la salud y hasta del medio ambiente. Aprovechó sus conocimientos matemáticos para validar las acciones de la enfermería, adelantando la práctica de una enfermería científica. Florence Nightingale es un anticipo de cómo poco a poco en la medicina del siglo XX se ha ido rompiendo un techo de cristal inalcanzable para otros profesionales, especialmente si eran mujeres. El techo del respeto y el reconocimiento.

Se demostrado cómo la colaboración entre profesionales de la salud mejora la calidad asistencial, la seguridad de los pacientes y produce mayor satisfacción en todos los implicados, pacientes y profesionales. Por ejemplo, los médicos de familia que atienden ancianos y pacientes vulnerables, cuando colaboran activamente con enfermeras ofrecen mejor calidad en su atención. En un estudio se analizaron equipos de cuidados paliativos a domicilio, detectándose numerosos déficits. Se clasificaron en equipos con buenas relaciones de colaboración entre profesionales sanitarios, con relaciones deficientes y con malas relaciones. Existía una asociación estadísticamente significativa entre el tipo de equipo y la forma de comunicarse, la experiencia de los profesionales de trabajar en equipo o con su formación. También se ha visto cómo las medidas educativas diseñadas para mejorar la comunicación interprofesional ayudan a superar estos déficits.

La medicina actual se ha ido adaptando para poder trabajar en equipo, para que en la toma de decisiones participemos con naturalidad médicos, enfermería, farmacólogos o terapeutas ocupacionales; pero continúa habiendo numerosas trabas. Un ejemplo es la tecnología, señalada como una de las causas de la deshumanización de la medicina, también puede ser un obstáculo para una adecuada comunicación interprofesional.  En un estudio realizado en hospitales de Estados Unidos y Francia, se observaban las interacciones entre enfermeros y médicos, destacando una contradicción clara entre la retórica del “trabajo en equipo” y la realidad cotidiana. Aunque se supone que los sistemas informáticos aumentan la cooperación, las observaciones muestran que, por el contrario, inhiben la comunicación entre profesionales, la cual se está volviendo prácticamente virtual. 

El cambio de paradigma en la relación entre profesionales, su horizontalización, ha traído mejoras, pero también ha introducido nuevos problemas, hasta el punto de que muchos médicos sienten cuestionada su competencia profesional. Para crear un entorno de trabajo verdaderamente compartido es importante equilibrar tres factores: 1. Autonomía profesional; 2. respeto y reconocimiento mutuo entre profesionales; y 3. trabajo efectivo en equipo. Para que se cumplan estos requisitos y que se produzca una comunicación (y cooperación) exitosa, es esencial que los comunicantes sepan adoptar la perspectiva del otro, de los co-comunicadores, para que comprendan las diferencias en las perspectivas profesionales. 

No podemos olvidar que todos remamos en la misma dirección: ayudar a los pacientes. Desde la época de Florence Nightingale, el objetivo de la enfermería es proporcionar un entorno seguro y de cuidado que promueva la salud y el bienestar del paciente. En definitiva, lo mismo que perseguimos los médicos.