Investigar contra la pandemia


  • Editorial Univadis
El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados. El acceso al contenido completo es sólo para profesionales sanitarios registrados.

La pandemia de la enfermedad por coronavirus 2019 (COVID-19) constituye un desafío sin precedentes en la historia de la medicina. Desde que el método científico se aplica a la medicina de forma sistemática a través del ensayo clínico, hace apenas unas décadas, esta es la primera pandemia potencialmente letal que aparece. En los años 1980 y 1990 el VIH-sida fue otro reto para la medicina y para los investigadores, pero se trataba de una infección muy diferente: pronto se identificó su forma de transmisión y, al menos con medidas preventivas, se podía evitar la enfermedad. Con la COVID-19 es diferente. Su extraordinaria transmisibilidad interpersonal y elevada letalidad la convierten en la mayor amenaza para la salud pública mundial de nuestra generación y, posiblemente, desde la gripe española de 1918.

La gravedad de la infección y su presentación disruptiva han imposibilitado la realización de estudios que permitan identificar medicamentos efectivos, tanto para la prevención como para el tratamiento del coronavirus. Por este motivo se han probado diferentes terapias que, en teoría, podrían ser eficaces: antipalúdicos (hidroxicloroquina), antirretrovirales inhibidores de la proteasa (lopinavir/ritonavir), antivirales análogos de nucleótidos (remdesivir), interferón, antivirales inhibidores de las neuraminidasas (oseltamivir), antibióticos (azitromicina), corticosteroides, anticuerpos monoclonales (tocilizumab), plasma de pacientes convalecientes, etcétera. Algunos aportan datos de eficacia in vitro, otros despiertan interesantes teorías fisiopatológicas y en algún caso existen prometedores resultados en estudios observacionales. Pero hasta el momento ninguno de ellos ha demostrado ser eficaz con pacientes, sin olvidar que todos los tratamientos empleados tienen efectos adversos, por lo que hay dudas acerca de si los fármacos empleados actualmente producen más efectos colaterales que un beneficio real sobre la salud de los enfermos. Médicos y enfermos necesitamos urgentemente tratamientos eficaces. Es el objetivo prioritario de la medicina mundial.

Ante la ausencia de evidencias científicas, la velocidad y el volumen de la pandemia obligan a investigar en terapias eficaces. Un ejemplo de estas investigaciones lo encontramos en el ensayo clínico Solidarity. Patrocinado por la Organización Mundial de la Salud, pretende demostrar si algunos de los tratamientos empleados (remdesevir, ritonavir/lopinavir, cloroquina/hidroxicloroquina, interferón-beta) son eficaces contra las patologías causadas por el coronavirus. Solidarity es el mayor estudio sobre esta patología desarrollado hasta el momento, participando más de ochenta países y cientos de hospitales y centros de investigación, algunos españoles. 

Uno de los problemas de las urgencias investigadoras radica en dilucidar si las prisas justifican obviar los estándares éticos de la investigación con seres humanos. Durante la epidemia, al emplearse fuera de guía fármacos que no carecían de riesgos, inicialmente se realizaba un consentimiento informado por escrito a los enfermos (o a sus familias cuando era pertinente), de forma similar a cuando se emplean fármacos por uso compasivo, es decir, antes de su posible autorización. Sin embargo, cuando la avalancha de enfermos fue incontrolable, muchos graves y sin posibilidad de que la familia fuera al hospital a firmar el documento de autorización, el consentimiento pasó a ser oral y muchas veces se pautaban los tratamientos sin un consentimiento explícito. Se pensaba que era lo mejor para el paciente o, al menos, lo único que se le podía ofrecer. 

Estas dificultades con los fármacos para cumplir con las garantías éticas habituales, son aplicables a los procedimientos ventilatorios que se han tenido que improvisar para salvar vidas. La ausencia de respiradores ha provocado que, para poder ventilar a pacientes críticos, algunos centros hayan empleado dispositivos que no han pasado por las agencias reguladoras ni por comités de ética. Y es dudoso que en estos casos se haya realizado un consentimiento informado explícito y con todas las garantías con el fin de estar seguros de que los enfermos aceptaban que se les aplicase un sistema de ventilación experimental.

Es indiscutible la imperiosa necesidad de encontrar tratamientos y medidas preventivas eficaces para la actual pandemia. La cuestión es si un problema de salud pública justifica que nos saltemos los estándares éticos habituales en clínica y en investigación; si el bien para una amplia mayoría de personas (encontrar la cura o la vacuna contra el coronavirus) justifica que se investigue en un grupo de enfermos sin todas las garantías éticas. La respuesta es que no. ¿Qué hacemos entonces? ¿Nos quedamos paralizados por no poder investigar con todos los cánones éticos y contemplando cómo la epidemia devasta cientos de enfermos? ¿Seguimos usando fármacos que ´pueden´ ser eficaces, pero sin una verdadera seguridad? Ante esta encrucijada necesitamos creatividad y, como indica el ensayo de la OMS, solidaridad. La contribución desinteresada de enfermos y médicos en busca de responder a los desafíos de la COVID-19 llevará a que, no dentro de mucho tiempo, un número significativo de nuestras dudas tengan respuesta.