Harto ya de estar harto

  • Dr. Miguel Álvarez Deza

  • Editorial
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Después de ocho meses en los que hemos tenido una evolución desigual y un verano atípico con el coronavirus más presente de lo que se calculaba, y ya inmersos en la segunda ola, surge el término "fatiga pandémica". Un concepto que la Organización Mundial de la Salud (OMS) define como "desmotivación para seguir las recomendaciones de protección y prevención que aumenta con el tiempo". 

Este término, a pesar de que ha aparecido mucho en los medios de comunicación, no es un término técnico o una patología de salud mental.

Los expertos en la psicología del comportamiento creen que esa fatiga no existe. La revisión de la evidencia científica sobre este tema concluye que es una invención política que no proporciona una base sólida para la formulación de estrategias. No hay pruebas de que exista o de que afecte al cumplimiento de las medidas y de las normas, más bien al contrario: lo habitual es incorporarlas con mayor naturalidad a medida que pasa el tiempo.

Desde el principio de la pandemia, algunos Gobiernos han actuado como si la gente fuera el problema y no la solución. De hecho, en nuestro país, la adherencia a las medidas preventivas recomendadas por las autoridades sanitarias sigue siendo alta. Los incumplimientos que vemos no están relacionados tanto con fatiga sino con problemas laborales y económicos.

La angustia no es igual si tienes trabajo y vivienda que si no tienes empleo y vives con siete personas en un piso. Por eso hay que apostar por medidas que ayuden a aliviar los factores sociales y económicos.

Los ciudadanos cumplen con las medidas que ven que funcionan y salvan vidas, pero sí se cansan cuando no tienen para comer y tienen que salir a buscar ingresos a pesar de la cuarentena. O cuando ven que los esfuerzos no se traducen en resultados en la evolución de la pandemia o cuando se quiebra la confianza con las autoridades.

La falta de confianza en las autoridades es un factor muy importante que socava la adhesión. En España, donde cada medida se polariza políticamente y el Gobierno  central ha tenido que declarar un estado de alarma dirigido a una autonomía, la confianza en todas las autoridades está por los suelos.

El impacto que van a tener en la salud mental todas las problemáticas económicas y de vulnerabilidad social de las personas va a ser mucho mayor porque genera un grado de amenaza superior. Situación que vimos en otras crisis económicas, como la del año 2008, en la que se produjo un incremento de trastornos mentales comunes como la depresión y la ansiedad, teniendo que añadir ahora el miedo y la decepción. 

La OMS habla de una tercera ola que impactará de lleno en la salud mental debido a estas circunstancias, si a esto le sumamos que ahora no podemos desarrollar las actividades de bienestar con normalidad, se plantea un panorama muy complejo en este sentido.

Y queda el tema del distanciamiento físico, que es probablemente el más difícil.  La distancia socia no significa un aislamiento afectivo, sino que debemos de entender que tenemos que relacionarnos de forma distinta.

Cambiará el modo en el que nos relacionamos, en el que nos comunicamos, en el que interactuamos…., pero jamás podemos perder la sociabilidad del ser humano.

“Harto ya de estar harto, ya me cansé de preguntarle al mundo por qué y por qué. La Rosa de los Vientos me ha de ayudar y desde ahora vais a verme vagabundear, entre el cielo y el mar…” (Vagabundear, J.M.Serrat). 
 

El Dr. Miguel Álvarez Deza es médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública.