Habemus Ministra…


  • Editorial Univadis
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La primera vez que se creó en España un Ministerio de Sanidad fue durante la II República. Como en el resto de países europeos, el sistema público de salud era muy precario, y la asistencia sanitaria dependía, en gran medida, de los recursos de cada ciudadano; los que no contaban con suficientes recursos, recibían atención a través de la beneficencia, un tipo de medicina que ha sido denominada de limosna o caridad. Aunque durante el primer tercio del siglo XX se había creado el Instituto Nacional de Previsión (considerado el precedente de la Seguridad Social) y habían aparecido algunos seguros sociales, no sería realmente hasta la II República cuando se comenzó a plantear la necesidad de establecer seguros de vejez, invalidez, maternidad, accidentes de trabajo, enfermedades profesionales, tuberculosis o paro forzoso, llegando incluso a esbozarse la organización de un seguro total de enfermedad para todos los ciudadanos.

Durante la II República varios ministerios incorporaron en sus nombres la palabra Sanidad, el primero de ellos en 1934, a cargo del cedista José Oriol Anguera de Sojo: Ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión Social. Sin embargo, no será hasta 1936 cuando un ministerio otorga a la sanidad el primer rango, gracias al ministerio que encabezó la sindicalista anarquista Federica Montseny. De esta manera, Federica Montseny se convertía en la primera mujer ministra de la historia de España y en una de las primeras de toda Europa.

Al finalizar la Guerra Civil desaparecía el Ministerio de Sanidad, retornando las competencias de sanidad al Ministerio de Gobernación y a diversas subsecretarías. Posteriormente, el año 1963 resulta esencial en la historia de nuestra sanidad pues en dicho año se establecieron las bases que permitirían pasar de un conjunto de seguros sociales (gremiales y de determinados sectores) a un sistema de auténtica Seguridad Social. Por primera vez se prevé asignar, de forma permanente, una parte de los presupuestos generales del Estado para desarrollar la Seguridad Social, ya que ésta no podía depender exclusivamente de las aportaciones de empresarios y trabajadores (el clásico modelo bismarckiano). Poco a poco va calando la idea de que la sanidad pública no puede sustentarse en la caridad, y el acceso a la asistencia sanitaria comienza a entenderse como una cuestión de justicia y equidad.

Con la llegada de la democracia se crea de nuevo el Ministerio de Sanidad, desde donde se ha ido desplegando un sistema sanitario inspirado en el modelo inglés, en el que la Seguridad Social debía ser universal, es decir, nadie debía quedar excluido de la atención sanitaria. Otro año importante en la historia de nuestra sanidad es 1999, cuando se firma el Pacto de Toledo. En dicho Pacto se establece que la financiación de la sanidad se realizará íntegramente a través de los presupuestos generales del Estado, por tanto a cargo de los impuestos, tal y como se realizaba en el National Health Servicebritánico.

Dejando a un lado las breves experiencias ministeriales de Federica Montseny y de otros ministros republicanos, desde 1977 hemos tenido 22 ministros de sanidad, 23 con la designación de Carmen Montón, de los cuales 10 han sido mujeres. Respecto a su formación, la mayoría (10) eran juristas, profesionales procedentes del derecho y de la política; también encontramos un número significativo de economistas (5); así como dos sociólogas, un doctor en ciencias físicas y una ministra sin título universitario. Sólo tres eran médicos: Ana Pastor (2002-2004), Bernat Soria (2007-2009) y la actual, Carmen Montón. Algunos ministros han sido, más allá de su cargo en sanidad, destacados políticos, como fueron los casos de Ernest Lluch, Julián García Vargas, José Antonio Griñán, Celia Villalobos, Elena Salgado, Trinidad Jiménez o Alfonso Alonso.

En este punto, se comprueba cómo ha habido ministros de sanidad de toda índole: hombres y mujeres, gestores y políticos cualificados, médicos y sociólogos. ¿Qué modelo es mejor? ¿Un ministro con perfil de gestor, como podría ser un economista o un jurista con trayectoria de gestión? ¿O un perfil más político, como José Antonio Griñán o Celia Villalobos? ¿O quizá un ministro que conozca mejor el mundo de la medicina, tal y como sucedió con Ana Pastor y Bernat Soria? Posiblemente, más que el perfil profesional (gestor, político o técnico) lo realmente importante sea el rigor con el que se acomete el cargo. Si el ministro es un buen gestor y sabe rodearse de buenos técnicos, puede ser tan bueno como otro ministro que sea médico y trabaje con profesionales de la gestión. Al fin y al cabo, todos deben combinar el diseño de un programa de políticas públicas aplicadas a la sanidad, junto a un alto bagaje de conocimientos técnicos y, muy importante, saber gestionar.

Respecto a la responsabilidad actual del ministerio, es cierto que en España gran parte de las competencias están transferidas a las Comunidades Autónomas, pero sigue siendo importante liderar la sanidad desde el Gobierno central. Desde el ministerio se deben marcar las prioridades del presente y futuro de nuestra sanidad, a día de hoy una de las mejores del mundo: desde organizar cuestiones concretas, como el calendario vacunal y los trasplantes, hasta gestionar aspectos más generales, como la coordinación del Consejo Interterritorial o las relaciones con la Unión Europea y con otros organismos internacionales.

La flamante ministra de Sanidad (realmente de Sanidad, Consumo y Bienestar Social) es licenciada en Medicina, aunque nunca ha ejercido la profesión. De acuerdo con su trayectoria, su verdadera vocación ha sido la política. Ya en 1999, con sólo 23 años, fue concejal en el Ayuntamiento de Burjassot (Valencia) y desde entonces no ha abandonado la gestión de lo público. Ha sido diputada por Valencia en las Cortes Generales, Secretaria de Igualdad del PSOE y, finalmente, Consejera de Sanidad Universal y Salud Pública de la Generalitat Valenciana. Desde la Consejería de Sanidad valenciana, Carmen Montón se ha acreditado como una ferviente defensora de la sanidad pública. 

Los médicos muchas veces vemos con cierto recelo a los políticos que actúan sobrelo nuestro, y los percibimos como gente ajena que nos invade por motivos muchas veces espurios. Sin embargo, la gestión de lo público en sanidad es esencial, porque el sistema asistencial público es mayoritario en nuestro país y, además, las políticas públicas también afectan a la sanidad privada. Nos guste más o menos el perfil del ministro de sanidad elegido, es muy importante que sea alguien riguroso y que además, si fuera posible, tenga en cuenta a los profesionales de la salud a la hora de tomar decisiones. Por el bien de nuestro sistema sanitario, deseamos la mejor suerte a nuestra nueva ministra.