Gilamicina


  • Editorial Univadis
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Si cerramos los ojos y escuchamos las siguientes palabras, no habrá duda de quién las pronunció: “Le han operado de la cirugía estética. Le han hecho una chapuzaaaa. Se quería quitar 15 años… pero luego no tenía dinero y le han quitado seis días. Si hoy es miércoles, tiene la cara del jueves pasado. Dice: pues me han dejado que me puedo colocar de azafata,´ Y digo yo: `Sí, en el Arca de Noé´”.

Recientemente se han cumplido 100 años del nacimiento de Miguel Gila, posiblemente el mejor humorista que ha tenido este país (así lo reconocen casi todas las encuestas y clasificaciones). Nacido en una familia humilde, tuvo que trabajar de todo para salir adelante. Militante de izquierdas, durante la Guerra Civil luchó en el bando republicano. Después de la contienda se dio a conocer por sus viñetas en La CodornizHermano Lobo, alcanzando la popularidad como cómico gracias a sus legendarias intervenciones en teatros y radio. Autoexiliado a Latinoamérica, donde se sentía más libre, por suerte regresó a España tras la transición, convirtiéndose en un mito de la cultura española.

Gila ha hecho reír en radio, cine y televisión, y con sus viñetas, libros y poemas. Sin embargo, aunque se trata de un cómico, su humor está impregnado de crítica social. Sus monólogos son análisis sociológicos, de la condición humana, en los que parte desde sus experiencias vitales (infancia humilde, paso por el servicio militar, participación en la guerra, encarcelamiento) para recalcar lo absurda que puede resultar la vida contemplada desde cierta distancia, las rivalidades y estereotipos, la organización y las inercias sociales. Eso que llamamos vida humana y que tan en serio nos tomamos, pero que a través del humor de Gila parece una farsa: “Yo tenía que nacer en invierno, pero como éramos pobres y no teníamos calefacción, pues me esperé para nacer en mayo. En mi casa ya ni me esperaban. Cuando yo nací, mi madre no estaba en casa”.

La crítica social de Gila se acerca a los temas más candentes de su época: la pobreza, la guerra, las diferencias sociales, las relaciones de pareja, etcétera. Posiblemente el fragmento más conocido de su obra es el comienzo de uno de sus monólogos sobre la guerra: “¿Es el enemigo? Que se ponga… Le quería preguntar una cosa. ¿Ustedes van a avanzar mañana? ¿A qué hora? Entonces, ¿cuándo? El domingo. ¿Pero a qué hora? ¡Ah! A las siete. ¿De la mañana? Es que a esa hora estamos todos acostados. ¿No podrían avanzar por la tarde? Después del fútbol. Perfecto. ¿Van a venir muchos? ¡Hala, qué bestias! Pero esos son muchísimos. Yo no sé si habrá balas para tantos. Bueno, nosotros las disparamos y ustedes se las reparten”.

Gila también se acercó a la enfermedad y la medicina. En general, se ponía al lado del paciente, comprendiendo su drama y pesar. El enfermo de Gila asume con paciencia lo que le sucede, sobre todo las inconveniencias y molestias de un sistema desalmado que se mina con los más humildes. Esta forma de mirar la medicina debió ser consecuencia de sus propias vivencias. Gila no pudo conocer a su padre, fallecido cuando su madre estaba encinta, tal y como ha contado en algunos monólogos y en el entrañable libro “Miguel Gila. Entonces nací yo” (1995): “Le subieron a un tranvía y le llevaron hasta el Hospital Clínico. No había camas. Esto no es un patrimonio de la monarquía ni del pasado, ahora, en una democracia y después de más de setenta años, seguimos sin camas en los hospitales. El que iba a ser mi padre murió sentado en una silla, en la puerta del Hospital Clínico, con los ojos muy abiertos, como si el asombro de morir con veintidós años le hubiera provocado una hipnosis para un viaje sin retorno”.

Desde sus inicios, el humorista madrileño fue crítico con el sistema sanitario, con los médicos, colocando al paciente como su víctima inevitable. En uno de sus divertidos dibujos vemos a cinco paisanos apilados en una cama de hospital leyendo el mismo periódico, y uno lee: "Pues si lo dice el Periódico, debe ser verdad que los hospitales están colapsados", como si no fuera con ellos. En otro los protagonistas son una sencilla pareja en su casa. El marido está en la cama con cara pocha y la mujer, que está al teléfono, le dice sorprendida: “Es de la Seguridad Social, que tienen los quirófanos a tope y que vienen a operarte a casa”, a lo que responde asustando su esposo: “Pregúntales si la herramienta la ponen ellos o nosotros”. Una escasez de medios que padecen los enfermos, como le sucedió a su padre.

Otro de los temas médicos de Gila es la muerte, nuevamente con connotaciones autobiográficas. En un monólogo en el que hablaba de los inventos de su abuelo, decía como “quería inventar la radio en colores, y ahí ya… Estuvo en el balcón dos meses, con tres latas de pintura y una brocha, dando brochazos al aire y diciendo: ‘¡El día que agarre la onda…!’. Lo único que agarró fue una pulmonía. Cómo querían a mi abuelo en el barrio, la de gente que vino al entierro… le tuvimos que enterrar seis veces… la gente decía: ‘¡Oootra, oootra!’, y mételo y sácalo, parecía un bizcocho mi abuelo”. En otra ingeniosa viñeta vemos a un cura al pie de la cama de un enfermo: “Dice el médico que no te puedes morir porque estás recién comido y es malo morirse en plena digestión”, resignado, responde: “Bueno”.

¿Y los médicos? En general, poco compasivos, como el galeno de un dibujo el cual, enfermera al lado, toca la frente de un sufriente encamado con cara malísima: “Y nada de que si me fatigo y de que si no me tengo de pie. Mañana se me levanta tempranito y se me va a Lourdes ¿de acuerdo?”. Para bromear sobre el rol social del médico, sobre cómo parecemos estrellas de Hollywood, porque realmente hacemos cosas muy importantes, en uno de sus monólogos más populares, un Gila serio, concentrado y vestido de verde-cirujano, retransmite una operación de riñón, como si del mismísimo Matías Prats se tratase: “Va a sacar el balón de oxígeno Angelines, lo hace en este momento, se lo pasa al anestesista, avanza el anestesista con el balón de oxígeno y lo coloca en la mismísima nariz del enfermo. Va a sacar el bisturí, lo hace Rubiola, el practicante de la izquierda […]. El doctor se hace con el riñón, le quita la pelusa y avanza con él, sigue avanzando, se tira en plancha y coloca el riñón, va a coser en la tripita del enfermo, lo cose, pega un esparadrapo y acaba la operación con la victoria del doctor Menéndez por un riñón a cero”.

Gila observaba la vida con una distancia crítica y tierna que hoy se echa en falta. También para reírnos de la medicina y de los médicos.