Estudiar, estudiar y estudiar


  • Editorial Univadis
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De pequeña era muy curiosa y cuestionaba todo: ¿por qué la nieve es blanca? ¿no se le habrá ocurrido a nadie hacer un bote sólo con Nocilla blanca? Mi interés por tantas cosas, especialmente por las ciencias, me llevaba a leer libros sin parar, los del colegio y otros. Sacaba buenas notas y mis padres eran felices conmigo.

Años después inicié el bachillerato y la cosa se complicaba. Había que estudiar de verdad. Continuaba siendo curiosa, eso sí: ¿por qué ningún filósofo importante era mujer? ¿habrá más elementos de la tabla periódica por descubrir? A pesar de que me interesaba casi todo, mi debilidad eran las ciencias, sobre todo la biología y las ciencias naturales. Cuando todos comenzaban a pensar qué querrían ser dentro de unos años, dentro de mí comenzó a esbozarse el deseo de ser médico. Me gustaba ayudar a la gente y, además, las ciencias. La medicina era perfecta. Todo el mundo me decía que para ser médico tendría que hacer un gran esfuerzo. En bachillerato y en los exámenes de selectividad empecé a comprobarlo, porque tuve que quedar entre los primeros para, por suerte, poder entrar en Medicina.

En Medicina desde el primer día todo el mundo me avisaba: “vas a tener que estudiar una barbaridad”; “aquí no se puede vivir de las rentas”; “medicina es una carrera muy competitiva”; “el de Anatomía es un hueso, nunca aprueba a más de un 10%”… Y así era. Mis compañeros eran casi todos bastante aplicados y, como yo, tenían interés por muchas cosas. No parábamos de cuestionarnos: la transcavidad de los epiplones ¿es un agujero negro? ¿de verdad que un médico tiene que saberse el ciclo de Krebs para recetar antibióticos? Las dificultades sólo habían comenzado.

Mis días en la facultad consistían en ir a clase, estudiar y poco más. Y los fines de semana muchas veces era sólo estudiar, estudiar y estudiar. Recuerdo que un sábado, al acabar los exámenes, contenta (con suerte me encontraría dentro del 10% que aprobaba Anatomía), fui a una fiesta de la facultad. Me encontré con Pedro, un compañero del colegio con el que también coincidí en el bachillerato. Solía ayudarle con las mates y la física, porque era un poco holgazán y las ciencias no eran lo suyo. Cuando le conté las semanas que llevaba sin salir por estudiar y que, con suerte, iba a aprobar casi todo, se rió y me dijo: “es que no se por qué te complicas la vida; yo prefiero algo más sencillo y que tenga salidas”. Continuó contándome cómo no se perdía una fiesta y los fines de semana tampoco paraba. Qué suerte, pensaba; ¿me habré equivocado?

Tras seis duros años de estudio al fin me licenciaba. Recuerdo que el día antes de recibir la licencia y leer con mis compañeros de clase el Juramento Hipocrático, uno de los momentos más emocionantes de mi vida, conté las horas que había dedicado a estudiar para licenciarme. Mejor no las digo, pero eran muchas. Salimos a celebrar que éramos médicos y, qué casualidad, de nuevo me encontré con Pedro. Le conté los sueños que tenía, todo lo que quería hacer y, claro, lo que tendría que esforzarme y estudiar para conseguirlo. Tras escucharme empáticamente, le pregunté cómo le iba: “el último año de carrera estuve de Erasmus y empecé a trabajar en una empresa británica. A la vuelta me contrató la filial en España”. No paraba de viajar, con imparables mejoras laborales y, además, le daban todas las facilidades para hacer un máster fenomenal pagado por la empresa.

La euforia de la licenciatura duró unas pocas semanas, porque enseguida me tuve que poner con el MIR. Eso sí que era estudiarestudiar estudiar. Me levantaba a las 7h, para estar estudiando a las 8h y acabar a las 20:30h. Intentaba sacar 10 horas de estudio, pero al final siempre eran menos. Llegaba a casa a las 21:30h, cenar, ducharme y a la cama. Eso sí, mi curiosidad innata no cejaba: ¿entonces las endocarditis se pueden estudiar en cardio y en infecciosas? ¿un buen médico saca más preguntas en el MIR que un médico malo?

Ocho meses después llegaba el día D y la hora H. Por suerte, una vez más, tanto esfuerzo tuvo fruto y podía hacer la especialidad que deseaba. Esa noche, como era costumbre cada vez que finalizaba una etapa de mi vida, salí a celebrarlo. Afortunadamente no me encontré con Pedro, pero sí con Ana, compañera de los dos del bachillerato: “¿te has enterado de lo de Pedro?”. Acababan de ascenderle a nosequéy se había comprado un chalet impresionante en nosedónde. Por un momento lo imaginé allí, burlándose de mi con su media sonrisa complaciente. 

Los cinco años de residencia fueron una locura. No paraba de preguntarme y aprender, de trabajar y estudiar. Generalmente sacaba dos horas de estudio al día y si no lo conseguía tenía cargo de conciencia. En mi servicio eran muy exigentes y las sesiones parecían un examen. Además, cada vez era más consciente de lo importante que era estar actualizada para tratar correctamente a mis enfermos. Tenía que tomar decisiones sobre la marcha en urgencias y en la consulta, por lo que tener los conocimientos necesarios para ello era crucial. Compatibilicé la residencia con un máster para profundizar en mi especialidad, quería estar bien preparada cuando acabara. 

Al finalizar la residencia de nuevo tuve suerte y comencé a trabajar. Eso sí, hasta hoy no he parado de estudiar, de ir a cursos y actualizarme de mil maneras. La medicina es estudiar y no parar. Estudiar, estudiar y estudiar para darle lo mejor a los pacientes. En el fondo sigo siendo la misma niña curiosa que no dejaba de preguntarse y que deseaba saber cada vez más, pero ahora con la responsabilidad de mis enfermos a las espaldas.

El sábado pasado bajaba a comprar el pan en pijama y zapatillas. Al cruzar la calle sonó el claxon de un cochazo: Pedro. Qué sorpresa después de tantos años. Le conté todo lo que había hecho para llegar a trabajar en mi hospital, que había cursado hasta un doctorado y que, por suerte, ahora sólo hacía cuatro guardias al mes. “Desde luego, he tenido suerte en la vida”, le explicaba. Pedro, aquel niño holgazán sin muchas dotes intelectuales, era un triunfador y vivía como un marajá. Cuando se despidió me dijo una frase que aún me hace sonreír: “desde luego, qué poco practica has sido siempre: estudiar, estudiar y estudiar, no se para qué tanto estudiar”. Yo, sí lo se. Tengo suerte hasta para saber qué es lo verdaderamente importante para mí.