¿Estábamos preparados para la epidemia?


  • Editorial Univadis
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El pasado 9 de abril The New York Times publicó un artículo titulado El secreto letal de España: no teníamos “la mejor Sanidad del mundo”. El artículo explica cómo los españoles hemos escuchado a nuestros dirigentes repetir durante años que teníamos “la mejor sanidad del mundo”, pero la pandemia de COVID-19 ha mostrado cómo "pocas veces una fabulación política terminó con un despertar más doloroso". ¿Estábamos realmente sobrevalorando nuestra sanidad?

Si tenemos en cuenta sus resultados, el sistema sanitario español se sitúa entre los 20 mejores del mundo y entre los cinco mejores en países con más de 30 millones de habitantes. El resultado más claro es nuestra esperanza de vida, entre las tres mayores del mundo, y se prevé que en pocas décadas será la mayor. El Índice de Competitividad Global 2019, que mide la esperanza de vida saludable (el número de años que un recién nacido puede esperar vivir con buena salud, teniendo en cuenta la mortalidad y la discapacidad), coloca a España nada menos que en el primer lugar del mundo en esperanza de vida con salud. Estos datos han provocado que los dirigentes políticos españoles (independientemente del color político) lleven décadas cometiendo el error, deliberado o no, de equiparar la calidad del sistema sanitario con la esperanza de vida. 

Porque estos excelentes datos, en realidad, no son achacables al sistema sanitario; o, mejor dicho, sólo en una pequeña proporción. Dentro de los determinantes de salud (los factores que condicionan la salud de una población), el principal no es el sistema sanitario, sino los factores individuales y genéticos, el ambiente y los hábitos de vida. Únicamente el 15 % de la salud depende del sistema sanitario. España invierte mucho menos en su sistema sanitario que, por ejemplo, Estados Unidos, y posee una esperanza de vida siete años mayor, condicionada, entre otros factores, por sus diferentes hábitos de vida. 

La actual crisis sanitaria muestra cómo, ante un problema sanitario agudo que afecta a la mayor parte de los países occidentales, España es el país con mayor tasa de mortalidad mundial y el que tiene el mayor porcentaje de sanitarios infectados por la COVID-19. Estos dos factores (y no la esperanza de vida) sí tienen una relación directa con la calidad y los recursos del sistema sanitario. El artículo de The New York Times apunta cómo nuestra sanidad pública “lleva más de una década siendo sostenida gracias al sacrificio de profesionales mal pagados con contratos temporales, una precariedad incompatible con la responsabilidad que se les exige”. Pero, junto a la carencia de medios personales, también existe carencia de materiales. Comprobemos con datos esta aseveración, en concreto respecto a las camas de cuidados intensivos.

En la UE-28 hay 2,6 millones de camas hospitalarias (5,1 por cada 1.000 personas). España dispone de 3,0 camas por 1.000 personas, ocupando el lugar 24 de la UE-28. Considerando los cinco países más poblados de Europa, España solo estaría detrás del Reino Unido: Alemania cuenta con 8,1 camas por 1.000 personas, Francia con 6,1, Italia con 3,1 y Reino Unido con 2,6. De los datos sobre las camas de hospitalización se podría deducir el número de camas de cuidados intensivos (y de respiradores) que hay en cada país. Por su parte, según el informe Estadística Nacional de Hospitales, realizado por el Ministerio de Sanidad español en 2017, el número de camas de cuidados intensivos de adulto en los hospitales públicos españoles es de 3.598, el 3,78% de las 95.194 camas de hospitalización, disponiendo de ventilador el 92% de ellas. En un estudio español el número total de camas de cuidados críticos de adultos (incluidos hospitales privados) es de 4.738 (10,3/100.000 habitantes), lejos de las cifras de otros países europeos como Francia o Alemania, que cuenta con 29,2/100.000 habitantes. Alemania, al tener el triple de camas de cuidados intensivos por habitante que España, contaba con suficientes respiradores para atender una demanda imprevista. 

Por tanto, de acuerdo con su dotación material, el sistema sanitario español no es tan bueno y esto se ha reflejado en la respuesta del sistema ante la pandemia, que ha sido extraordinaria por parte de los profesionales, pero con recursos insuficientes. En el artículo del prestigioso periódico estadounidense se señala que la pandemia ha puesto a prueba los sistemas sanitarios de todo el mundo y, salvo excepciones como Alemania, la mayoría no estaban preparados. 

En suma, el sistema sanitario español no era uno de los mejor preparados de Europa para afrontar la epidemia de coronavirus. A pesar de los esfuerzos realizados por los profesionales, y de los intentos de aumentar las camas de cuidados intensivos, llegando a multiplicar sus recursos por 4 ó 5, durante la epidemia se ha producido un desequilibrio entre las necesidades de soporte vital avanzado y los recursos disponibles. Una vez que pase el torbellino de la epidemia, algo imposible de predecir, será momento de replantear si tenemos el sistema sanitario que queremos, tanto en medios humanos como materiales y, muy especialmente, en relación con su actual organización, fragmentada en 17 islas. Tal y como señala el artículo de The New York Times: “desvanecido el mito de la sanidad infalible, y pagado un alto precio por la ensoñación, es el momento de construir un modelo que sea capaz de afrontar las necesidades de una población cada vez más envejecida y vulnerable”.