¿Está sano el planeta?


  • Editorial Univadis
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El famoso cambio climático que afecta a ríos y mares, a pueblos y ciudades, también está afectando a nuestra salud. Los datos más alarmistas apuntan a que la contaminación del aire causa siete millones de muertes cada año, lo que lleva asociadas enormes pérdidas de bienestar y calidad de vida, y un elevado coste económico (en los 15 países con más emisiones de gases de efecto invernadero, las consecuencias sanitarias de la contaminación representan más del 4% de su PIB). El planeta está enfermando; y nosotros con él.

En el trabajo Nature Climate Changehan participado 18 instituciones, entre ellas el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la UNESCO. En su informe se señala cómo, desde la era preindustrial, la temperatura ha aumentado una media de 1,4 ºC y en las últimas dos décadas el nivel del mar ha subido en 6 centímetros, disminuyendo la acidez del agua. Si continúa esta evolución, que parece imparable, las precipitaciones estivales se reducirán entre un 10-30%, con la consecuente escasez de agua, especialmente en las zonas más calurosas, entre las que se encuentra España. Resulta inevitable que el aumento de las temperaturas, las olas de calor y la contaminación afecten, directa o indirectamente, a la salud. Entre 2000 y 2016, 125 millones de adultos mayores de 65 años estuvieron expuestos a olas de calor, lo que, unido a la contaminación, pudo perjudicar seriamente su salud. 

Hay publicaciones que señalan cómo el cambio climático aumentará desde las enfermedades cardiovasculares (mayor incidencia de infartos de miocardio o de insuficiencia cardíaca) y respiratorias, hasta las mentales (estrés, perjuicio del sueño con el consecuente daño psicológico) o renales (deshidratación, hipercalcemia, nefrolitiasis, insuficiencia renal). Especial relevancia tendrán las enfermedades infecciosas, que se propagarán con más facilidad. Una enfermedad erradicada en Europa como la malaria, y otras nuevas, como el zika, podrían llegar a España por causa del cambio climático. Un caso especial son las enfermedades emergentes zoonóticas y por vectores, como el virus del Nilo Oriental, el dengue (la transmisión a través del mosquito Aedesaegyptiha aumentado el 9,4% desde 1950, duplicándose los casos de dengue cada década) o el chikungunya, ya que se prevén inviernos calurosos, más favorables para la permanencia y proliferación de los vectores transmisores de estas enfermedades infecciosas.

Como casi siempre, el pato lo pagarán sobre todo los más vulnerables, como son las personas en edades extremas de la vida. El calor excesivo puede afectar al embarazo, produciendo cambios en su duración, así como en el bebé, provocando bajo peso, estrés neonatal y llegando a poner en riesgo la vida del recién nacido si la temperatura y la contaminación atmosférica son excesivas.

Estos cambios no son uniformes, ya que hay países que emiten enormes cantidades de gases de efecto invernadero y otros que padecen especialmente sus efectos. Este es el caso de los países insulares del Pacífico, los cuales emiten solo el 0,03% de los gases de efecto invernadero, pero se encuentran entre los más afectados por sus consecuencias. Si pensamos en España, se ha postulado que en la zona mediterránea aumentarán las tormentas, reduciéndose las lluvias estivales hasta en el 30%. Todo ello en un contexto de posible crisis global, porque el cambio climático también afectará significativamente a África, ocasionando hambrunas, migraciones y conflictos en países con inestabilidad política.

Otra vertiente transcendental del cambio climático es su repercusión económica y laboral. En un informe elaborado por The Lancet(The Lancet Countdown on Health and Climate Change), se advierte de sus graves repercusiones sobre la productividad laboral. En el proyecto, donde han colaborado instituciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Meteorológica Mundial, se detalla cómo el aumento de las temperaturas ha reducido el 5,3% la productividad laboral de las personas que realizan trabajos manuales al aire libre en áreas rurales. El valor de las pérdidas económicas (más vinculadas a activos físicos que a problemas de salud) por eventos climáticos extremos se estimó en 129 mil millones de dólares en 2016, con pérdidas más elevadas en los países con bajos ingresos, teniendo en cuenta además que el 99% de las pérdidas económicas en los países empobrecidos no están aseguradas. 

Las graves consecuencias del cambio climático, en la salud y en otros ámbitos, han llevado a plantear medidas como las detalladas en el Acuerdo de París: reducción de las emisiones de dióxido de carbono y de contaminantes atmosféricos, medidas para limitar el calentamiento del planeta, etcétera. Este Acuerdo marca la necesidad de destinar el 1% del PIB mundial a aplacar los efectos del cambio climático. El Informe especial de la OMS para la COP24 sobre salud y cambio climático (COP-24 Special Report: health and climate change) ofrece también recomendaciones a los gobiernos para optimizar los beneficios sanitarios a través de la lucha contra el cambio climático, intentando evitar los efectos negativos para la salud de este problema de escala mundial.

Según la OMS, si se reduce la contaminación atmosférica se salvarían anualmente cerca de un millón de vidas en todo el mundo en 2050; sin olvidar que la lucha contra el cambio climático ahorraría mucho dinero a largo plazo: frenar el cambio climático es coste/beneficioso, especialmente en países contaminantes muy poblados, como China y la India. El problema es que se trata de medidas que no impactan en el corto plazo, por lo que cuesta que tanto los dirigentes políticos como los ciudadanos las asimilen: fuentes de energía con bajas emisiones de carbono que mejoran la calidad del aire o transportes poco contaminantes (bicicleta, caminar) son sólo unos ejemplos. Estas medidas, además de frenar el cambio climático, ayudan a prevenir enfermedades como la diabetes, determinadas neoplasias o algunas cardiopatías.

El planeta está enfermo; y nosotros con él. La madretierraes madre, pero también padre, hermana y, por qué no, hijo. Si cuidamos a los seres queridos y nos preocupamos por ellos cuando enferman, ¿por qué no lo hacemos por nuestro pariente más antiguo? Cuando nuestra madre o nuestros hijos enferman, de una u otra forma, también lo hacemos nosotros. Cuidar el planeta es cuidar de nosotros y de los que, antes o después, nos reemplazarán.