Entrevista a Ángela Bernardo, la periodista que destapó el Me Too de la ciencia española

  • Andrea Jiménez

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A través de su libro Acoso. Me too en la Ciencia Española (Next Door, 2021), la periodista y biotecnóloga Angela Bernardo visibilizó por primera vez los casos de acoso y abuso sexual dentro del sistema científico y académico en España, desplegando una realidad hasta entonces desconocida y silenciada. Licenciada en biotecnología y con más de 10 años de experiencia en la comunicación y el periodismo de ciencia, la autora se ha dedicado en los últimos años a investigar en profundidad la discriminación y violencia que sufren las mujeres dentro del sector. “Me centré en el acoso por razón de sexo en las universidades y centros de investigación españolas, pero con enfoque amplio, y contextualizando el fenómeno desde una perspectiva global”, explica Bernardo, reconocida en el 2017 con el II Premio José Carlos Pérez Cobo de periodismo y pensamiento crítico.

Su libro, que conglomera testimonios de víctimas, entrevistas a expertas y un extenso trabajo de análisis de datos, representa uno de los primeros pasos para acabar con el sistema de abusos a mujeres constituido en el ámbito científico español de forma impune.

¿Cómo surgió la publicación del libro?

En la primavera de 2019, la editora del libro, Laura Morrón, me propuso una publicación sobre el Me Too del ámbito al que yo me dedicaba, el científico. Cuando lo planteó me pregunté por qué parecía que había más casos de abuso sexual en Estados Unidos que en España, si era una cuestión de diferencias en la regulación, de concienciación o de visibilidad. Entonces no sabía si existían datos y o si las denuncias por acoso en el país habían escalado a los juzgados. Un objetivo de la investigación era entender si había diferencias en el sector científico en comparación a otros entornos laborales, así como los factores que lo propiciaban.

¿Y a qué conclusiones llegó?

Los casos de acoso en la ciencia acaban en situaciones que apenas se denuncian ante las instituciones, y mucho menos llegan a juicio.  Esto se debe a la forma en que se producen, porque se mezcla la vergüenza de la víctimas con el temor a las represalias que pueda sufrir ella o los testigos del acoso. El poder tan vertical en el ámbito científico resulta un factor específico que intensifica y propicia los casos de abuso y discriminación por sexo. Por otro lado, la gestión que desempeñan las propias instituciones es fundamental a la hora de abarcar el problema, derivando los casos a la Fiscalía o cerrando la carpeta sin llevar a cabo una investigación.

¿Qué grado de transparencia muestran las instituciones científicas y educativas españolas en referencia a los datos de acoso?

Depende de la institución de la que hablemos se encuentra una mayor o menor. En el caso del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que es el mayor organismo público para la investigación en España, no los comunican. Cuando les contacté para pedirles datos, me trasladaron que no recopilaban ese tipo de información y que no la tenían disponible. Cuando sé que dentro de su organismo ha habido al menos un caso, el de una víctima con la que hablé para el libro y que, tras denunciar, hace ya mucho tiempo, su carpeta fue archivada. 

Pero, igual que hay instituciones que destacan por su opacidad, por no querer brindar datos o porque no los tienen, hay muchos centros que los intentanr recopilar y hacerlos públicos de forma regular, como algunas universidades que luchan para combatir el problema.

¿Cómo se suelen gestionarse este tipo de casos?

Cuando hablé con los responsables de la Unidad de Igualdad de la Universidad Autónoma de Madrid me explicaron que, además de poner los medios para hacer la denuncia, es muy importante ayudar a las víctimas en su día a día. Que en caso de que hablen o denuncien, es imprescindible que tengan la posibilidad de contar con otro itinerario académico para que sigan desarrollando sus carreras sin tener que ver a su propio agresor. Una cuestión obvia que todavía no se hace en la mayoría de los casos. Es una asignatura pendiente de las instituciones crear espacios seguros en el que las acosadas se sientan protegidas. No solo hay que mejorar los mecanismos para denunciar, sino las dinámicas que se crean para evitar un impacto profesional además del personal que ya ha sufrido la víctima.

Uno de los sucesos más graves de acoso sexual en la ciencia española que destaca en su libro es el de la Universidad de Sevilla. ¿Qué fue lo que más le llamó la atención del caso?

Fue un caso muy famoso, en el que hubo una condena firme contra un catedrático que abusó sexualmente de tres profesoras, quienes vivieron una situación durísima. Cuando hablé con la abogada lo que más me sorprendió es que además de que las víctimas vivieron abuso sexual durante años, el entorno directo ya sabía lo que ocurría, no con todos los detalles, pero sí conocían la situación, y miraron para el otro lado. Y este es otro de los grandes problemas.

En su libro destaca dos aspectos fundamentales que favorecen el acoso dentro del ámbito científico: la jerarquización y la precariedad que caracterizan al sector.

Al final, el acoso no deja de ser un abuso de poder y, por tanto, en todos los entornos en los que se ejerce, no solo el académico, es una forma de exponer esa autoridad sobre otro, atentando y dañando su dignidad y la autoestima. En el ámbito específico de la ciencia hay mucha diferencia entre una escala de poder y otra. Y se dan situaciones muy comunes en las que el desempeño de una persona depende absolutamente de otra como, por ejemplo, una estudiante expuesta a acabar la carrera o no en función del comportamiento de cierto profesor.

Por otro lado, el sistema científico en España es muy precario, conseguir una plaza, poder dirigir proyectos o que continúe un contrato, dependen de la decisión de unas pocas personas. Y esto provoca que, por miedo a no tener que renunciar a un cargo en la academia o correr el riesgo de que te expulsen, se acabe callando la discriminación que se vive o del que se es testigo.

La jerarquización y la precariedad son dos factores muy enraizados y difíciles de cambiar a la hora de prevenir el acoso en la ciencia.

¿Cree que desde que publicó el libro ha habido cambios positivos al respecto?

En los últimos años sí se ha visibilizado más el problema, cuya exposición es bastante reciente. Los primeros juicios y condenas en torno a casos de acoso y abuso sexual fueron en los 70 en Estados Unidos, un país pionero en este tipo de denuncias. En España, el acoso sexual se tipificó como delito gracias al código penal del 95. La posterior publicación de la Ley de Igualdad fue muy importante, así como el papel que empezaron a desempeñar las unidades de igualdad de las universidades. No obstante, todavía hay mucho que progresar. No todos los centros académicos ni organismos públicos de investigación cuentan con protocolos para la igualdad de género. Y algunos que los tienen no hacen una aplicación práctica de ellos, generándose muchos problemas de confidencialidad, entre otros.

Uno de los aspectos en destacaron las expertas en Derecho con las que hablé para el libro es que muchas veces estos protocolos se quedan en papel mojado, en rellenar un expediente y listo, cuando tienen que encaminarse a proteger a la víctima y que todo el proceso sea muy garantista a la hora de ser investigado.

La primera parte de su libro la dedica a explicar en qué consiste el acoso sexual, pero también pone la atención sobre los propios mecanismos machistas y discriminadores que existen a la hora de hacer ciencia, que llevan años señalando y denunciado expertas, como la endocrinóloga e investigadora Carme Valls.

Porque la forma en la que se hace investigación tiene un papel muy relevante en el abuso por género que se ejerce. En el libro menciono, por ejemplo, como la gráfica de la tijera —situación en la que a medida que se sube de escalón en la carrera científica el número de mujeres es cada vez menor—, que los puestos más jerárquicos en la academia y de poder queden en manos de hombres, o las brechas en la concesión de premios y reconocimientos, conllevan a los casos de acoso. No de forma directa, pero sí creando un caldo de cultivo perfecto para que se dé esa discriminación contra las mujeres. Para que exista esa consideración despectiva y machista hacia nosotras, porque en la mayoría de los casos las mujeres son las víctimas, tiene que haber antes una discriminación en la propia ciencia, que afecta a cómo se llevan a cabo los ensayos científicos y quiénes ocupan los cargos de poder.

Uno de los informes que utilicé para el libro, de la Academia Nacional de la Ciencia, Medicina, e Ingeniería de los Estados Unidos de 2018, planteaba precisamente lo anterior. Una de las razones que históricamente había provocado que a los casos de acoso y abuso sexual dentro de la ciencia no hubiera tenido repercusiones, era que como los casos de responsabilidad los ocupaban hombres no le daban la relevancia que tenían al problema para abordarlo en profundidad y ponerle fin.

Como parte de ese ámbito ¿ha sufrido acoso a la hora de ejercer su profesión?

Si nos paramos a pensarlo, todas hemos vivido situaciones que antes percibíamos como normales y que no lo son. Yo no he vivido acoso sexual directo, pero he conocido muchos casos de otras mujeres. Y hace algunos años viví una situación muy desagradable en redes sociales. Cuando se dieron a conocer los ganadores de los Premios Nobel en el 2016, publiqué un tuit que señalaba que no había ni una mujer entre los galardonados. Se hizo viral y recibí una oleada de mensajes muy despectivos y machistas, incluso amenazas. El machismo es el pan de cada día de muchas mujeres, y ocurre en todos los ámbitos, también en el periodístico.