Entonces, ¿eres médico?


  • Editorial Univadis
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Viernes por la tarde. Al fin, después de unos días infernales de trabajo, puedes descansar. Te apetece hablar de política, de viajes, de la familia o de cine; o ponerte cuanto antes con tu afición favorita. Abres el portal de casa con energía y, esperando el ascensor, el vecino del cuarto te asalta: “¡Qué suerte haberte visto! Le dije a mi mujer que si no te veía me acercaría a tu casa. Es que María lleva dos días con un dolor de cabeza tremendo…” Con cara de interés contestas: “Ah, ¿sí?” “Pues sí. Ya sabes que lleva años con esas cefaleas y que le ve el doctor Parra en el Hospital Don Pío; pero ayer llamamos para pedir cita y resulta que está de vacaciones, justo ahora, ¡qué mala suerte!” Y contestas, con cara comprensiva: “Es verdad, ¡qué mala suerte!” “¿Y qué podemos hacer?”…

Tras salir del ascensor en la segunda planta, no sin dificultad y después de una conversación que parecía no acabar, consigues entrar en casa. Cierras la puerta suspirando profundamente. Saludas a tu pareja, abrazas a tus hijos y estás dispuesto a relajarte. La estupenda Teresa, que cuida de tu hijo pequeño, se despide de todos y, cuando se acerca a ti, te comenta que “justo hoy me han llamado para hacerme la ecografía de la mama: me han citado para el miércoles, el único día que tengo la tarde libre y puedo ir a nadar.” Y contestas, con cara algo indiferente: “Qué mala suerte…” “¿Y no podrías cambiarme la cita?” Y contestas de nuevo, con cara atenta: “No te preocupes, Teresa, que el lunes intento cambiarte la cita.”

Al fin estás a solas con tu familia. Te duchas y te pones ropa cómoda. Tus hijos se marchan a casa de sus primos y tienes una cena con unos amigos del bachillerato y sus parejas: un buen plan. Salís pronto de casa para tomar un vino con tu pareja y hablar con tranquilidad de todo un poco. ¡Qué bien! Llegáis a la cena y hay abrazos y buenas caras. Pronto empiezan las bromas, los recuerdos y las risas. Justo enfrente se sienta la nueva novia de tu querido amigo Andrés. Parece muy agradable. Cuando traen el segundo plato, te pregunta: “Entonces, ¿eres médico?” A lo que contestas, con cara de sorpresa: “Así es; un matasanos” “Qué suerte tener un amigo médico, siempre quise tener uno, porque no veas lo aprensiva que soy.” Contestas, con cara algo desanimada: “¡Ah!, ¿sí?” “Justo ahora estoy pasando un mal momento, porque llevo uno días con una tos que no se me pasa y de vez en cuando echo…” y describe detalladamente cómo son sus esputos, algo bastante desagradable hasta para un médico que está tomando una lubina a la bilbaína.

Durante el resto de la cena, la estupenda novia de Andrés no ha parado de consultarte por sus enfermedades, por las medicinas que toma y ha tomado, por lo que le pasa a su padre y a su hermano, te ha pedido consejos dietéticos y opinión sobre las medicinas alternativas, de las que es muy asidua, hasta el punto de darte una lección magistral sobre su utilidad. Cansado por la intensidad de tu interlocutora y por el esfuerzo que has hecho durante toda la cena por estar a la altura de su interrogatorio, cuando llega la hora de marcharte a casa estás algo molesto porque te has perdido las conversaciones más divertidas, que sólo podías escuchar de refilón con la oreja derecha. Imaginabas qué hubieras dicho si hubieras podido bromear con tus amigos, pero tu enorme sentido de la obligación te ha llevado a pasarconsulta, una vez más, durante la cena.

Llegas a casa y estás agotado. Te quedas dormido sin dar ni las buenas noches, pensando que mañana es sábado, ¡el mejor día de la semana! El sábado por la mañana has planeado con tu hijo mayor llevar el coche al taller, porque hace un ruido raro. Desayunáis tranquilos, compras el periódico y te marchas con Jaime, de 12 años, al Taller Hernán. Has dejado el coche varias veces allí y Hernán te genera confianza. Le cuentas lo del ruido y, de pronto, ¡zas!: “Qué suerte que hayas venido hoy. La semana pasada me hicieron unos análisis y me han sacado colesterol y azúcar” Y, de nuevo, contestas, con cara de cansancio: “Ah, ¿sí?” “Y mi médico, que es muy serio, ya me ha puesto a régimen y me ha dicho que tome… espera que voy a por las pastillas”. Cuando regresa con ellas, continua: “Tengo los análisis en casa; si quieres le digo a mi mujer que los baje en un momento para ver qué te parece a ti, porque yo creo que no es para tanto… porque ¿tú crees que tendré que tomar pastillas para siempre, como si ya fuera un viejo?” Contestas, otra vez, ahora con cara de un leve, muy leve, enfado: “¡No, no! No hace falta que llames a tu mujer.”

Por un momento, se te pasa por la cabeza decirle, con cara furiosa: “Mira, Hernán: si te parece yo veo tus análisis, lo que te han mandado y te doy mi mejor consejo, pero a cambio tú miras mi coche, lo revisas y lo arreglas. Quid pro quo(una cosa por otra), ¿de acuerdo?”. Piensas en la cara que hubiera puesto Hernán si le hubieras dicho todo eso, pero finalmente acuerdas que te mandará por WhatsApplos análisis.

Todas estas anécdotas son pequeñas historias que han vivido muchos médicos en sus propias carnes y, seguramente, a todos nos resultarán familiares. Es cierto que el médico nunca deja de ser médico, que lo somos las 24 horas del día. Y así sucede, que recibimos consultas de todo tipo, por todos los medios y en cualquier momento. Un primo nos pide que si podemos hablar con una amiga porque le acaban de diagnosticar un cáncer y está muy angustiada, nuestro mejor amigo que la hija de su vecina está con dolor de tripa y no dan con ello, por si le podemos ayudar…, etcétera, etcécera. Qué límites debemos marcar como médicos y cómo hacerlo dependerá de cada uno. Y, aunque es de agradecer cierta empatía en la gente y que entiendan que no somos una consulta ambulante, tampoco podemos olvidar lo importante que somos para mucha gente. 

Y ahora, a hablar de viajes, de música o de política.