El estado de salud, ¿controlado por códigos QR? En China ya están en ello.


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La emergencia sanitaria del coronavirus ha cuestionado los límites entre el derecho a la privacidad en materia de salud y la necesidad de actuar mediante respuestas comunitarias a un problema de dimensión social. Posiblemente, donde más claramente se ha visto esta controversia es en el asunto de las apps trazadoras de casos. 

Parece lógico pensar que una pandemia del siglo XXI se debe combatir también con el instrumento tecnológico más poderosos al alcance de la población, el teléfono móvil. La idea de emplearlo como elemento fundamental para limitar y trazar los contactos sospechosos se puso en marcha inicialmente en China y Corea del Sur, con bastante éxito. También en Europa y Estados Unidos se han intentado estrategias que se basan en los móviles, como avisar al usuario si ha estado en contacto con un caso presunto o realizar mapas de extensión del patógeno en tiempo real. 

Las distintas aproximaciones que se han hecho en este campo han tenido que dar respuesta a una pregunta clave: ¿Cómo emplear datos de carácter personal -puesto que personal es un móvil- y ponerlos al servicio de la contención de la epidemia, pero al mismo tiempo hacerlo con los debidos niveles de privacidad? 

Las propuestas técnicas que se han diseñado en los países occidentales garantizan, sobre el papel, este requerimiento. Ningún infectado expone abiertamente los datos que permitan su identificación. Sin embargo, una gran parte de la población en países como Australia, Francia, Reino Unido, España o Estados Unidos muestra desconfianza sobre este asunto, hasta un límite tal que en algunos casos se ha hecho inviable esta estrategia de “defensa digital”.

En China las cosas son distintas, por el tipo de organización política que tienen. Fueron los primeros en crear un sistema de identificación personal mediante códigos QR, que constituían una especie de salvoconducto Covid-19 o “Covid-pass”. Cada persona portaba su identificador en el móvil, que marcaba los niveles de contacto social que estaban permitidos. Alguien que no haya estado en relación con ningún afectado lo activa en verde, y se puede mover con mayor libertad. Pero si el sistema reportaba que alguno de los contactos previos había estado infectado, se torna automáticamente amarillo o rojo, y es cuando se puede obligar al confinamiento. 

A diferencia de las aplicaciones de rastreo de contactos propuestas por Google y Apple, que se basan en el uso del bluetooth, los códigos de salud en China son menos sofisticados. Obtienen la información mediante acceso a determinados registros médicos (como los test que se hayan realizado), los datos de geoposición del teléfono móvil y la información autodeclarada por el usuario. A través de estas variables generan esos códigos QR verdes, amarillos y rojos que determinan el riesgo de una persona de haber estado en contacto con el virus. Los códigos QR verdes permiten a las personas moverse libremente mientras que los códigos QR amarillos o rojos requieren cuarentena durante una o dos semanas.

El sistema es muy eficaz, seguramente la manera más inteligente de usar los móviles para trazar los contactos e imponer medidas de contención. Pero también, es el modelo más intrusivo en la privacidad, porque todas las personas se identifican según su estatus en relación con la infección y han de portar el salvoconducto.

Códigos para calificar el estado de salud.

Los códigos de salud basados ​​en colores se han convertido en el método más utilizado en China para tratar de mantener bajo control la propagación de Covid-19. Está comprobado que conforme disminuye la progresión epidémica, los códigos QR se usan con menos frecuencia. Pero ahora, algunos gobiernos locales han pensado en convertirlos en un elemento más permanente para sus ciudadanos.

En Hangzhou, la primera ciudad china en poner en marcha estos códigos QR, los funcionarios locales han propuesto que se utilicen en otras áreas relacionadas con la salud, asociados al rastreo de las horas de sueño, el sedentarismo o el hábito tabáquico. 

La idea que albergan estos funcionarios es emplearlos no sólo para contener eventuales contagios en enfermedades infecciosas, sino expandir esta tecnología a otro tipo de problemas de salud que tengan más persistencia y estén relacionados con hábitos de vida. Por ejemplo, el autocontrol de factores de riesgo en enfermedades no transmisibles. Precisamente por eso, algunos medios de comunicación especializados en el análisis de lo que ocurre en China avisan que el gobierno de aquel país cree que han encontrado una nueva mina de oro. También iniciativas no dependientes del gobierno, como gimnasios o edificios de oficinas, se plantean ponerlos en marcha para organizar el acceso de sus usuarios. Se trataría de crear una especie de "pasaporte de salud" con el que poder desenvolverse socialmente.

Uno de los lugares en los que de manera más explícita se están mostrando estas intenciones es en la ciudad de Shanghai. Ahí, el  sistema de rastreo de casos de coronavirus que pusieron en marcha, llamado Suishen Hao, se ha utilizado más de 520 millones de veces durante la pandemia, a pesar de que no fue una zona especialmente afectada. Ahora Suishen Hao podría aprovecharse para incorporar una amplia gama de utilidades relacionadas con la salud, como ha reconocido Chen Jing, secretario general del gobierno de la ciudad de Shanghai.

Según Chen, el código de salud podría estar vinculado a variables como el estado físico y otros determinantes de la salud, pero a su vez conectado también con la gestión de prestaciones públicas. El código de Shanghai lo gestiona una plataforma local de gobierno electrónico que ya se ocupa de servicios relacionados con los seguros sociales, la educación o la atención médica. Ahora se piensa en poner en comunicación ambos espacios a través de este modelo de códigos, y que el sistema integre más información sobre los hábitos y el estado de salud de cada persona. Otras ciudades, como la capital tecnológica Shenzhen, están buscando caminos similares para convertir los códigos de salud en una especie de tarjeta de identificación digital que a su vez se interrelaciona con posibilidades de tipo social .

En China existe un sistema de “crédito social” según el cual los ciudadanos disponen de acceso a determinadas ventajas o servicios (como los créditos financieros) según sea su trayectoria cívica. Muchas ciudades chinas han estado probando aplicaciones de sistemas de crédito social basadas en datos recopilados por los propios gobiernos locales o nacionales. El objetivo es incentivar el buen comportamiento y castigar, por ejemplo, a quienes incumplan con el pago de préstamos o hayan sido detenidos o amonestados por actuaciones inadecuadas. Algunos de estos sistemas están basados ​​en puntos que se otorgan o se deducen según el comportamiento individual. El autocuidado de la salud podría llegar a integrarse, de esta manera, en este sistema de “buena ciudadanía” a través de un modelo de códigos como el que se usó durante la pandemia.

Uno de los problemas que ya se está cuestionando es el de la falta de transparencia sobre cómo se le asigna a alguien un código de salud rojo, amarillo o verde, y que variables se incorporarán: ¿tabaquismo? ¿horas de sueño? ¿peso? ¿sedentarismo? Pero también, especialmente, cómo se salvaguarda la privacidad no tanto frente al estado (que ya se encarga de guardar y gestionar una buena parte de los datos), sino frente a otros ciudadanos. 

Legalmente, las empresas e instituciones chinas tienen la obligación de cifrar los datos personales. Los datos sensibles, como la información relacionada con la salud, también deben ser desidentificados. Los gobiernos locales que recopilan datos a través de códigos de salud no están exentos de este requerimiento. Aun así, la Comisión Nacional de Salud de China emitió un aviso en febrero que plantea más requisitos de protección para los datos personales durante la pandemia.

El gobierno chino también ha comenzado a trabajar en un código nacional de salud unificado, mediante la estandarización de todos los sistemas de las diversas ciudades de todo el país. Por ahora no está claro si alguna de las ambiciosas propuestas para expandir el uso de los códigos de salud alguna vez se hará realidad. Aunque la idea ya está ahí: convertir el sistema QR en una amplia plataforma de seguimiento de la salud y de “buena ciudadanía”.