El entrenamiento olfatorio, en auge en España por la covid-19

  • Andrea Arnal

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Uno de los tratamientos de recuperación sensitiva que más auge ha tenido en España en 2020 ha sido el olfatorio, una técnica basada en entrenamientos que se emplea para tratar la hiposmia y anosmia y que, si bien está ampliamente recomendada en dolencias como traumatismos craneoencefálicos y enfermedades neurodegenerativas, ahora se está empleando sobre todo para tratar pacientes con covid-19. Según diversos estudios, el último una revisión llevada a cabo por la Sociedad Británica de Rinología, es lo más efectivo para pacientes que han perdido la capacidad olfativa durante más de dos semanas tras contraer el virus. 

A pesar de que esta técnica goza de un reconocimiento internacional, en España aún no se aplica de forma generalizada. Uno de los motivos es porque “la pérdida del sentido olfativo, a diferencia de otros sentidos como la vista o el oído, no es percibida tan inhabilitante por los pacientes, y acuden a consulta solo cuando la desaparición es completa y/o afecta considerablemente a su calidad de vida”, señala Adriana Izquierdo Domínguez adjunta del Servicio de Alergología en el Hospital de Terrassa y coordinadora de la Ud. Alergología de la Clínica Diagonal de Barcelona y Alergo-Rino del CM Teknon, a Univadis España. De hecho, en una encuesta en Guides to the Evaluation of Permanent Impairment, una publicación de la Asociación Médica Americana, el olfato se clasificó como el sentido menos importante, lo cual puede explicar por qué a pesar de que la pérdida de olfato (parcial y total) es una dolencia que afecta a un 10% de la población mundial, se estima que la primera consulta se suele hacer entre 6 y 12 meses después de los primeros síntomas. 

Con la irrupción de la covid19, lo cierto es que las consultas han aumentado: “Ha sido como un boom, nadie le daba valor [al olfato] y ahora todo el mundo habla de él”, apunta Izquierdo. Actualmente el Hospital Clínic de Barcelona, el Hospital Municipal de Badalona, el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, y también recientemente el Hospital Quirónsalud Sagrado Corazón de Sevilla, cuenta con unidades de recuperación olfativa, pero no se trata de momento de un tratamiento que se lleve a cabo de forma generalizada. 

Esta técnica ya ha sido empleada y descrita previamente para casos de traumatismos craneoencefálicos, en los que se puede perder el olfato, así como en patologías de origen postinfeccioso, idiopáticas, asociadas a rinosinusitis crónica, y en enfermedades neurodegenerativas tales como el párkinson y alzhéimer, si bien “con estas últimas existe el riesgo no obstante de perder un poco de olfato si no se lleva a cabo periódicamente el entrenamiento”, subraya la doctora. 

En cuanto a cómo funciona a nivel interno, se ha demostrado que el nervio olfatorio posee la capacidad de regenerarse a lo largo de la vida gracias a las células basales, que son capaces de regenerar el epitelio dañado si se mantienen intactas ante una injuria, y que esta neurorregeneración puede ser estimulada mediante la exposición repetitiva a odorantes, con lo cual, basado en estas propiedades, el entrenamiento olfatorio se ha propuesto como como alternativa válida de tratamiento en pacientes con disfunción olfatoria por razones de diversa índole. 

A nivel neuronal, se ha observado que el entrenamiento olfatorio actúa gracias a la plasticidad del cerebro, y de hecho un estudio realizado en 2019 y publicado en la revista Neuroimage, concluyó que dicho ejercicio aumenta el grosor cortical en las regiones del cerebro involucradas en la identificación olfativa, el aprendizaje y la memoria. 

Una de las ventajas de usar este tratamiento es que no causa dolor al afectado en ningún momento y funciona de una manera muy simple: el paciente se expone repetidamente a una serie de olores (anís, ahumado, rosa, vinagre, limón y el eucaliptus; todos olores que solo se encuentran en el kit español, pues los odorantes varían según el país) y los intenta identificar. Dicha exposición se suele alargar hasta los 20 segundos por frasco, y se realiza dos veces al día, durante al menos tres meses. Al final, se estima que a través de estos ejercicios, entre el 30-50% de los pacientes mejora la capacidad olfatoria.

La ausencia de tratamiento de la disfunción olfativa puede dar lugar a dificultades para realizar actividades diarias como cocinar y la evaluación de la higiene personal, así 
como verse afectadas las relaciones interpersonales (familia, pareja) del paciente; también se ha demostrado que los que lo padecen son más susceptibles a la depresión, accidentes por fugas de gas doméstico, e intoxicación alimentaria. En la consulta de la doctora Izquierdo han llegado a aparecer casos “incluso con desórdenes alimentarios”. 

De hecho, una serie de casos publicada en la revista British Medical Journal, ya advertía en 2013 de que este tipo de desórdenes conducen al paciente a sufrir anhedonia, aislamiento social, dificultad para gestionar el olor corporal, y accidentes por exposición a químicos extremadamente tóxicos. El estudio también habla de situaciones en las que el paciente ha sufrido porque el profesional médico ha trivializado en consulta su condición. Por eso, se recomienda que el especialista, en este caso un alergólogo u otorrino, sea muy cercano, consciente del problema y asesore al paciente durante todo el proceso: “Empatizar, explicar muy bien en qué consiste el tratamiento y acompañarlos durante todo el proceso”, concluye Izquierdo.