¿Educación sanitaria? O… ¿educación?


  • Editorial Univadis
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Ya suena a tópico, en cualquier ámbito de la medicina, recomendar “mejoras en educación sanitaria”. Que hay muchos diabéticos… educación sanitaria. Que los pacientes abusan de los servicios de urgencias… educación sanitaria. Que la Atención Primaria se usa inapropiadamente… educación sanitaria. Que aumentan las muertes por riesgo cardiovascular… educación sanitaria. Parece que la educación sanitaria sirve para todo, como si se tratara del bálsamo de Fierabrás.

El legendario bálsamo de Fierabrás curaba dolencias de todo tipo, hasta enfermedades incurables. El milagroso mejunje tiene su origen en las leyendas carolingias, las cuales narraban que cuando el rey sarraceno Balán y su hijo, el gigante Fierabrás, conquistaron Roma robaron en dos barriles los restos del bálsamo con el que fue embalsamado el cuerpo de Jesucristo. El bálsamo tenía el poder de curar las heridas a quien lo bebía.

Cuando don Quijote le dice a Sancho Panza que con sólo una gota del bálsamo de Fierabrás se ahorran tiempo y medicinas, Sancho le pregunta qué clase de bálsamo es ese: "Es un bálsamo -respondió don Quijote - de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna". Los ingredientes de la pócima eran aceite, vino, sal y romero. Tras hervirlo, se rezaban 80 padrenuestros, 80 avemarías, 80 salves y 80 credos. Sin embargo, no era tan infalible: al ingerirlo, don Quijote padeció vómitos y sudores y después de dormir recuperó la cordura; Sancho, por el contrario, sólo sufrió una desagradable diarrea. 

Si la educación sanitaria se ha convertido en tópico es porque verdaderamente resulta trascendental en muchas facetas de la medicina, pero no es una varita mágica, que vale con agitarla. La educación sanitaria no es el bálsamo de Fierabrás, el cual, por otro lado, tampoco valía para todo: sólo curaba a caballeros.

Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), educación, del latín educatio, tiene cuatro acepciones. Las tres primeras hacen referencia a la acción docente y a la enseñanza que se da a los más pequeños (niños y jóvenes), mientras que la última se refiere a "cortesía, urbanidad". La educación tiene como objetivo adquirir determinados conocimientos o habilidades. Una persona educada en un ámbito ha adquirido la formación suficiente para poder manejarse y ser autónomo en dicho ámbito.

En sanidad la educación es esencial. Tener una población educada ayuda a mejorar la adhesión terapéutica, a que se utilicen mejor los recursos sanitarios (urgencias, Atención Primaria, antibióticos, antiinflamatorios, etcétera) y mejora la salud individual y comunitaria, con efectos económicos también positivos. Conceptualmente, la educación para la salud pretende que las personas cambien conductas y estilos de vida poco saludables, y que así mejoren sus parámetros sanitarios actuales o futuros. La educación sanitaria busca cambios en comportamientos, aumentar las capacidades individuales (empoderar), para mejorar la salud en un sentido global. No hay que confundir educación sanitaria con información sanitaria (por ejemplo, los datos expuestos en las cajetillas de tabaco advirtiendo de los riesgos de fumar); ni con la promoción de la salud (campañas para mejorar resultados sanitarios). La educación sanitaria pretende cambiar la disposición del receptor, el cual, al ser consciente de la importancia de la salud, modificará su comportamiento para que tanto la salud propia como la de su comunidad sean prioritarias. Una buena educación sanitaria incrementa conocimientos, mejora habilidades y cambia actitudes.

Se trata, por tanto, de capacitar a las personas para que inicien estilos de vida más saludables, algo extremadamente dificultoso, ya que los cambios de comportamiento, aunque producen resultados positivos en términos sanitarios, son los más difíciles. La educación sanitaria es difícil, por lo que tiene que entenderse como un proceso continuo, dinámico y planificado de enseñanza-aprendizaje a lo largo de toda la vida y en diferentes entornos. Dicho proceso debe implementarse con el trabajo de profesionales de la salud. Para una adecuada educación sanitaria es trascendental contar con los sanitarios, ya que son quienes mejor pueden identificar necesidades, crear estrategias y dar recomendaciones que permitan un abordaje educativo integral, el cual debe incluir estrategias clínicas, formativas, políticas e investigadoras.

La educación sanitaria puede abordarse de dos maneras: a través de campañas específicas sobre problemas concretos de salud o facilitando una educación global en salud. Sobre lo primero existen cantidad de estudios que manifiestan la utilidad, por ejemplo, de que los familiares de los enfermos con Alzheimer estén bien formados, sobre la importancia de la educación para prevenir los eventos cardiovasculares, determinadas enfermedades infecciosas, el alcoholismo o la obesidad, o sobre cómo una campaña educativa bien diseñada durante las epidemias de gripe ayuda a evitar el colapso de los servicios de urgencias.

Hemos señalado que la educación sanitaria, aunque no es el bálsamo de Fierabrás, es esencial en medicina y que las campañas educativas sobre cuestiones concretas, si están bien diseñadas, son muy útiles. Lo realmente difícil es el primer enfoque: proporcionar una educación sanitaria global. Una cuestión sobre la que, además, es difícil obtener pruebas: ¿cómo sabemos que una población está mejor educada en sanidad? Por otra parte, si fuera posible saberlo, tampoco es sencillo obtener resultados en términos de beneficios sanitarios.

¿Tenemos los españoles una buena educación sanitaria en un sentido global? Para responder hay que recurrir a la cuarta acepción del diccionario de la RAE, la educación como "cortesía, urbanidad". La educación sanitaria en un sentido global es, sencillamente, educación; tener en cuenta que vivimos en sociedad y que somos uno más; comprender que en urgencias no tenemos más derechos que los demás; o que, si el médico de familia tiene la consulta saturada y nos atiende con retraso, no debemos pagarlo con él. Esta educación sanitaria, o sencillamente educación, no se arregla con una campaña puntual, sino educándonos como ciudadanos desde la más tierna infancia. Tener una población educada nos hace mejores; también en sanidad.