Distopía del sistema público de salud

  • Dr. Miguel Álvarez Deza

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Tres mentiras sobre la sanidad española: que es insostenible, porque eso en realidad es una decisión política; que no nos podemos permitir financiar la sanidad a los inmigrantes en situación irregular, y que tenemos la mejor sanidad del mundo.

Los sistemas públicos de salud son un lugar donde confluyen diferentes conflictos políticos, económicos, sociales y morales. Desde dónde construir la definición de salud hasta qué papel ha de desempeñar la individualidad frente a la colectividad a la hora de atribuir responsabilidades en el desarrollo de la enfermedad, qué papel han de tener el Estado y lo público en el cuidado de salud de la población, de qué manera se han de financiar los sistemas públicos de salud y qué repercusiones tiene la elección de un modelo determinado, entre otras cosas.

Lo que hacen los sistemas públicos de salud es priorizar el uso de los recursos que se tienen aplicando criterios de equidad y eficiencia para, en última instancia, tratar de mejorar la salud de la población de la manera más justa posible.

Los mayores recortes presupuestarios desde 2010 han recaído en los centros de atención primaria y en los servicios de salud pública, a los que, cuando ha llegado la crisis pandémica, se les ha exigido una respuesta anticipada y con capacidad para detectar y controlar el aumento de casos. Sin recortes, habríamos tenido más capacidad para reducir el daño.

Es injustificable e inadmisible la discordancia que existe en las inversiones en sanidad entre las comunidades autónomas, como por ejemplo que la diferencia entre el País Vasco y Andalucía sea de 600 euros por habitante y año, lo cual repercute directamente en la asistencia que reciben los pacientes y en la situación de los profesionales sanitarios.

Una de las principales amenazas del sistema público de salud es la universalidad. Hay que blindarla, hay que garantizar su acceso a toda la población y erradicar los mutualismos para que todos colaboren con la hucha común y disfruten de los beneficios del sistema público.

Tenemos que pasar a una sanidad enfocada en la promoción de la salud: favorecer que la gente lleve a cabo una vida lo más saludable posible, en un entorno lo más sano posible, en unas comunidades lo más cohesionadas posible, que pongan el concepto de los cuidados en el centro de la colectividad.

En los últimos 10 años se ha adelgazado lo público y se ha confiado en lo privado como complemento de lo público, pero el sistema sanitario privado tiene una capacidad limitada. Por otra parte, el sistema sanitario público español ha tenido sus recursos humanos viviendo siempre al límite de sus necesidades, de modo que la gestión de los profesionales ha sido uno de sus grandes fallos.

La coexistencia de sistemas públicos y privados dentro de un mismo país perjudica el sistema público de salud. Mientras dejamos de invertir para que lo público se mantenga y sea independiente, nos gastamos el dinero en que lo privado haga lo que satura lo público, las urgencias, las pruebas diagnósticas o las listas de espera. Durante ese tiempo en que lo público está pagando a otro proveedor para que preste un servicio, no está invirtiendo en renovar su infraestructura, su aparataje diagnóstico, en generar una capacidad adecuada para la demanda que tiene.

En España, la gente que tiene un seguro privado no lo tiene como sustituto de la pública, sino para ahorrarse la lista de espera.

Todas las decisiones políticas acaban influyendo en la vida de la gente, como demuestran los datos sobre desigualdad o esperanza de vida que tienen los distintos barrios de una misma ciudad. Las políticas deben estar dirigidas a la mejora de las condiciones socioeconómicas y medioambientales que son las que construyen verdaderamente la igualdad. 

Desmedicalizar la problemática social es otro de los grandes retos futuros de nuestro sistema público de salud. La soledad hoy en día se considera un problema de salud pública.

La sostenibilidad del sistema no debe basarse tanto en un cambio en la financiación o provisión, sino en un rediseño de lo político, que suponga poner la sanidad, y la sociedad en general, al servicio de la salud colectiva. La pregunta correcta no es si el sistema es sostenible. Lo que debemos preguntarnos continuamente es cómo lo vamos a hacer sostenible.

“Este virus que no muere ni nos mata .Este hacerse mayor sin delicadeza. Este valle de fábricas de tristeza…” (Cerrado por derribo, J. Sabina).