Detectar signos de demencia… analizando las operaciones bancarias.


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Que vivimos en una era en la que la economía se mueve gracias a los datos no es discutible. Todos los usuarios de teléfonos móviles u ordenadores (es decir, la mayor parte de la humanidad) han tenido alguna vez la sospecha de que lo que hacen con ellos está controlado y sirve para que grandes empresas conozcan muchos aspectos de la vida íntima de las personas que a continuación utilizarán para asaltarles comercialmente. Todos nos hemos sorprendido por cómo encontramos en la pantalla del teléfono un anuncio sobre un objeto del que hablábamos minutos antes, casi como si fuera magia. 

En realidad, es bien sabido que ofrecemos a la red información a cada minuto, y transparentamos más de lo que creemos nuestra vida e intereses. Ni  siquiera hace falta que lo hagamos activamente. Una búsqueda de un producto en la web en un momento de aburrimiento se transforma de inmediato en un incisivo anuncio de ese mismo objeto (o su competencia) en cuanto nos demos una vuelta por Facebook o Instagram. A veces basta que nos paremos ante un escaparate a mirar algo, pasivamente, y el sistema de geolocalización se encargará de promover que horas más tarde nos llegue una atractiva oferta de lo que hemos visto. Si usamos Netflix, en algún sitio sabrán el tipo de series que nos gustan y las horas a las que nos ponemos ante el televisor, incluso si paramos un momento para ir al baño. Con todo ello se compondrán nuevas recomendaciones y criterios para seguir produciendo esas series, como su temática o duración.

Todo gira en torno a un modelo en el cual la publicidad se segmenta y le aparece a quien más proclive puede ser a ella. Quienes analizan los rastros de información que vamos dejando no son otras personas que tengan la malsana actitud de cotillear lo de los demás, sino sistemas computacionales que trabajan de manera casi autónoma. No sería posible que hubiera plantillas humanas dedicadas a distribuir la publicidad, y en realidad todo está mucho más automatizado de lo que podemos imaginar. Al final, el paradigma impuesto es el de que el precio que tenemos que pagar por usar servicios útiles y habitualmente gratuitos (como un correo electrónico, una cuenta de Instagram o el Google Maps) es la moneda de los datos que será pasto de algoritmos de análisis.

Pero estos ejemplos en lo cotidiano pueden tener traslación a otros muchos campos en los que se comprueba que el análisis de la información masiva es capaza de traducir aspectos de la realidad vital y el comportamiento de las personas. Por ejemplo, se dice que en las entidades bancarias pueden saber si una pareja está en trance de separación sólo con analizar los patrones de sus movimientos en cuenta. La dinámica de gastos e ingresos puede cambiar, y la experiencia (esto es empirismo puro) ya ha demostrado que ese tipo de trances suponen modificaciones detectables sobre el comportamiento habitual. 

 

 

Hay quien se ha preguntado que, si dado que algunas pautas de comportamiento se trasladan a realidades evaluables como la dinámica de uso de las cuentas bancarias, sería también posible utilizar esa información para detectar algo más que un divorcio. Por ejemplo, un trastorno del comportamiento que hiciera sospechar de las primeras fases de una demencia. 

El doctor Eric Chess es director de la llamada “Iniciativa de Seguridad Financiera y Salud Cognitiva” del Instituto Knoebel para el Envejecimiento Saludable de la Universidad de Denver. Hace unos días escribió un artículo en el medio sanitario Stats News en el que hablaba precisamente de esto. Según su razonamiento, una pieza fundamental que falta en el rompecabezas de la enfermedad de Alzheimer y otros tipos de demencia es cómo detectarlos a tiempo. Como es sabido, algunos investigadores están trabajando en determinar biomarcadores -por ejemplo, los niveles de proteína beta-amiloide en el líquido cefalorraquídeo- o también signos de cambios en el cerebro detectados mediante técnicas de imagen.

Pero según Chess, puede haber otras señales más fáciles de captar. Para él, los primeros marcadores clínicos de deterioro cognitivo no se encuentran en la biología del cerebro, sino en la cuenta bancaria. Las decisiones financieras anómalas, representativas del inicio de una demencia, pueden aparecer, incluso, décadas antes que otros signos o síntomas tradicionales, como la pérdida de memoria evaluable.

Estos primeros signos de demencia que se manifiestan financieramente pueden ser mayores o menores. Es ya conocido que las personas con este tipo de deterioro son particularmente vulnerables a la explotación financiera y las estafas, y probablemente representan un mayor porcentaje de víctimas de fraudes. Pero además, puede haber cambios en múltiples decisiones financieras cotidianas, como administrar tarjetas de crédito o generar gastos innecesarios. 

El doctor Chess argumenta al respecto que ha mantenido conversaciones con empleados de banca que le ofrecieron ejemplos muy concretos de decisiones impulsivas e irracionales de inversión y gasto que señalaron un cambio con respecto a los patrones financieros previos en personas con algún tipo de alteración. Hay también casos de familiares de personas de edad que notan cambios, a veces sutiles, sobre cómo se administra el dinero. De hecho, el propio derecho español ha creado figuras de protección ante estas situaciones, como cuando ante un juez se demuestra la prodigalidad de una persona mayor y se solicita su inhabilitación para administrar su patrimonio.  

 

Incluso una decisión financiera común es una tarea cognitiva relativamente complicada. Implica evaluar riesgos, tiempo, planificación, contexto, análisis, consecuencias, emociones... Las decisiones financieras cotidianas activan múltiples áreas del cerebro simultáneamente, haciendo que cambios sutiles que se producen en el intelecto y que inciden en ellas adquieran probablemente más notoriedad en las primeras etapas de la discapacidad.

Eric Chess ha promovido un equipo de investigación amplio y multidisciplinario para estudiar la relación entre el manejo del dinero y enfermedades como el Alzheimer u otras formas de demencia. Colabora con numerosos departamentos académicos de la Universidad de Denver, junto con instituciones financieras y algunas agencias públicas para desarrollar una prueba de detección que alerte de un posible deterioro mental temprano en usuarios de servicios bancarios. Según Chess, “no estamos haciendo mucho para identificar los primeros signos de demencia. No tenemos una evaluación estándar para un conjunto de enfermedades que posiblemente sea el desafío de salud más importante en todo el mundo. Algunas pruebas sencillas y accesibles basadas en los planificadores financieros podrían usarse para detectar signos tempranos de discapacidad mental o cognitiva”.

Estamos, de nuevo, ante un dilema: ¿Es aceptable autorizar el análisis del comportamiento que tenemos con las cuentas bancarias a cambio de que nos digan que en un momento dado algo anómalo pasa en nuestra mente?